El asilo contra el miedo: La oportunidad migratoria de Chile
Me gustaría compartir una opinión, basada en datos y en mi experiencia personal, sobre la inmigración, frente a tantas falacias y generalizaciones durante las elecciones y que ahora entran en foco para la nueva administración presidencial.
Es angustiante ver cómo la xenofobia y la desinformación se apoderan de la opinión pública sobre la realidad de la inmigración en Chile (también ocurre en Estados Unidos, Europa y, en realidad, en todo el mundo). Estos dichos se sienten como un destierro constante de mi país, con el que, con tanto esfuerzo, he seguido conectando.
Nos urge mirar a la inmigración como una oportunidad nuevamente, tal como lo ha sido a lo largo de nuestra historia: un hilo que une la historia familiar de tantos compatriotas, un fenómeno histórico que estamos desaprovechando por miedo.
Como migrante, quien en algún momento también fue un niño chileno extranjero -o como quieran definirlo o descalificarlo-, en Estados Unidos, y que hoy es ciudadano de mis dos patrias y profesional, refuto las políticas basadas en el miedo. Gracias a los esfuerzos de mi familia y los míos y a las oportunidades y, por qué no, privilegios y beneficios sociales que tuve la oportunidad de aprovechar, pude formarme.
No me puedo imaginar qué hubiese sido de mi desarrollo personal y profesional bajo propuestas de ley como “Chilenos Primero” o, en general, de las propuestas de la ultraderecha chilena que ponen fechas límite y restringen el acceso a los beneficios sociales para las juventudes migrantes que ya habitan el territorio nacional.
Es una aberración de los derechos humanos, un ataque contra todos los niños, niñas y familias del territorio. Limitar el acceso de los jóvenes migrantes a la educación y a la protección social no reduce la pobreza ni mejora las relaciones. En términos claros, un proyecto que solo logra sobresimplificar un tema complejo, con posibles repercusiones que no le desearía a nadie.
Tengo claro el contexto histórico de la inmigración en nuestro país: los aportes profundos que distintas comunidades han realizado a lo largo de nuestra historia, así como los desafíos reales que hoy enfrenta la sociedad en materia de inclusión, dados los escasos recursos disponibles para ello. Sé, además, que en su momento el Estado chileno desempeñó un papel clave al aportar recursos e impulsar el desarrollo mediante la inmigración.
Que ha otorgado no solo oportunidades, sino también enormes beneficios a quienes se han integrado exitosamente en distintas olas migratorias, colonias ibéricas y anglosajonas, asilados europeos y del Medio Oriente, programas de colonización primordialmente europea en la hoy zona macrosur y en la Patagonia, entre otras. El Estado se encargó de otorgar infraestructura y obras públicas, de realizar campañas de "pacificación" y de protección militar, y de agilizar la transferencia de terrenos estatales a los colonos.
Todo esto fue una inversión directa para fomentar un proceso de inmigración exitosa. Aunque los montos son difíciles de sumar, el total de estas inversiones, particularmente la colonización alemana del sur (Ley de Colonización de Terrenos Baldíos, 1845), incluyó costos implícitos y gastos fiscales directos de aproximadamente 144.000 a 456.000 pesos chilenos del siglo XIX, lo que equivale, en poder adquisitivo actual, entre 3 y 27 millones de dólares (Estimación de acuerdo a Memoria Chilena y estudios históricos sobre inmigración alemana en Chile).
Conociendo esta historia, ¿cómo no podemos ver lo arraigados que están el racismo y el clasismo en el trato hacia la inmigración contemporánea desde Latinoamérica? Porque históricamente, negar el derecho a migrar va en contra de nuestra identidad.
Hoy, con una demografía que envejece debido a la baja natalidad y una economía en desarrollo que exige reforzar nuestra fuerza laboral, la migración no es solo un tema que debamos “administrar”, sino una verdadera oportunidad para el desarrollo.
Necesitamos avanzar hacia una visión humanista y estratégica que recoja lo mejor de nuestra historia y de nuestra herencia inmigrante compartida, donde Chile pueda integrar, no solo asimilar, ordenar y aprovechar el talento que llega en beneficio del país entero. No podemos dar vuelta al reloj para afrontar la vejez, ni forzar a las familias a tener más hijos en estas circunstancias socioeconómicas que afectan a todos los países globalizados. Y menos aún considerar una regresión en los derechos sociales que brindan la seguridad necesaria para que las familias puedan surgir.
Necesitamos soluciones concretas que aborden los problemas de fondo, menos retórica, mayor inversión en educación y salud y recursos suficientes para la integración migratoria. La seguridad nacional y fronteriza sí es un tema relacionado, pero mucho más amplio y, además, debe abordarse mediante diversas iniciativas de resguardo en el marco de la ley internacional. El control fronterizo no resolverá nuestro bienestar ni el convivir; eso requiere de políticas públicas y también del aporte de todos por el bien común.
Después de algo como la pandemia del COVID-19, ¿cómo podemos seguir pensando que la falta de acceso a la salud y a la educación de unos no terminará afectando a todos?
Me planteo esto en un momento de transición política en Chile y en el mundo, y justo en torno a la celebración de las fiestas de fin de año, después de celebrar fechas como el Día de Acción de Gracias en Estados Unidos. Un feriado que conmemora la llegada de peregrinos migrantes perseguidos de Europa, recibidos por los indígenas.
También es un festivo complejo que deja heridas abiertas en las comunidades indígenas, un momento para contemplar todo lo que nos queda por hacer para integrarlas. Con la experiencia de la colonización en el retrovisor, veo claramente que los países que aprovecharon las migraciones son quienes, al fin, por bien o por mal, terminaron prosperando. Tenemos que resaltar esta realidad de la historia desde la bondad y seguir dando la bienvenida que nos define en todas las Américas.
La nueva etapa política debe centrarse en quienes planteen una visión seria de las oportunidades económicas en torno a la integración migratoria. Quien nos pueda plantear una visión de integración migratoria a futuro, un camino con propuestas claras, que no simplifique la experiencia humana, es quien debemos resaltar en la política.
La xenofobia no da espacio al desarrollo; nadie gana una carrera enfocándose en “enemigos”, y es nuestra responsabilidad dar la cara frente a quienes nos dividen, alimentan el miedo y olvidan que detrás de cada cifra hay una persona, un niño como el que tú, yo y todos fuimos, miles de historias familiares y los sueños compartidos de toda una patria.