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Humberto Maturana y una mirada crítica a la psiquiatría
Foto: Wikimedia Commons

Humberto Maturana y una mirada crítica a la psiquiatría

Por: Andrés Kogan Valderrama | 03.01.2026
Tomar en serio esta biología del conocer y del amor podría transformar no solo la psiquiatría, sino nuestra forma de habitar el mundo: desde el cuidado mutuo, la empatía y la aceptación del otro en su legitimidad. Solo así recuperaremos el horizonte de un vivir democrático y amoroso que Maturana soñó hasta sus últimos días.

En un mundo dominado por el paradigma biomédico, que reduce el sufrimiento humano a desequilibrios químicos o patologías objetivas, las ideas de Humberto Maturana Romesín siguen siendo una invitación radical a repensar no solo la biología, sino también cómo entendemos el malestar psíquico.

El biólogo chileno, creador junto a Francisco Varela de la teoría de la autopoiesis, nos legó una epistemología que pone en el centro la relación, el lenguaje y el amor como fundamentos del vivir humano, cuestionando implícitamente los enfoques tradicionales de la psiquiatría.

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Maturana nos enseñó que los seres vivos somos sistemas autopoiéticos, cerrados operacionalmente, que nos constituimos en la interacción con nuestro medio. La realidad no es algo “ahí fuera”, independiente del observador, sino que se construye en el dominio del conocer.

Aplicado al ámbito psicológico, esto implica que los llamados “trastornos mentales” no son entidades objetivas universales, localizables en el cerebro como una enfermedad física, sino experiencias emergentes de nuestras historias relacionales y emocionales.

Es desde esta “objetividad entre paréntesis” que Maturana critica el racionalismo moderno, ese que separa al sujeto del objeto y busca causas externas o biológicas absolutas para el sufrimiento. En la psiquiatría hegemónica predominan diagnósticos etiquetadores y tratamientos farmacológicos que “corrigen” supuestas anomalías, negando muchas veces el contexto vincular y emocional del individuo.

Para Maturana, en cambio, el dolor psíquico surge frecuentemente de la negación sistemática del otro y de sí mismo, de la pérdida de la “biología del amor”: esa aceptación mutua que es la base biológica de nuestra convivencia como seres sociales.

No por casualidad, sus ideas han influido profundamente en enfoques terapéuticos sistémicos, constructivistas y posracionalistas, donde la psicoterapia no impone una verdad objetiva, sino que acompaña al paciente en la recuperación de un convivir armónico. El cambio ocurre en la interacción conversacional, respetando el multiverso único de cada persona, guiando hacia el abandono de la negación y el reencuentro con el amor como emoción central.

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En mi experiencia personal, el intenso miedo al juicio de los demás —al ser evaluado, ridiculizado o rechazado en interacciones cotidianas— ha sido etiquetado por la psiquiatría como “fobia social” o “trastorno de ansiedad social”, una categoría del DSM que lo presenta como un déficit individual, supuestamente arraigado en desequilibrios neuroquímicos o predisposiciones genéticas que requieren corrección farmacológica y/o terapias cognitivo-conductuales.

Sin embargo, desde la mirada maturaniana, este malestar que he vivido no ha sido una patología objetiva localizada en mi cerebro, sino una emergencia dolorosa de mi historia relacional. Ese miedo al juicio de los demás no es un “trastorno” inherente, sino una respuesta autopoiética defensiva ante un convivir que exigía ocultamiento emocional.

Solo cuando comencé a explorar espacios terapéuticos relacionales, así como nuevas experiencias vinculares en mi vida donde pude ser acogido en mi legitimidad sin juicio y, a su vez, ver a los demás, ese temor se fue transformando en mayor flexibilidad y autonomía, sin necesidad de medicarme.

Dicho lo anterior, en tiempos de crisis ecológica, social y civilizatoria, donde el individualismo, la competencia y los mandatos masculinos absurdos agravan el aislamiento y el sufrimiento, retomar a Maturana significa cuestionar un modelo psiquiátrico racionalista, cerebrocéntrico, medicalizador y patriarcal que a menudo patologiza emociones legítimas, y que incluso acepta prácticas tan aberrantes como la terapia electroconvulsiva (electroshock). De ahí la importancia de elegir terapias más relacionales, empáticas y centradas en los vínculos de apego y en las emociones, que vean el malestar no como un defecto individual, sino como señal de un convivir dañado.

En definitiva, tomar en serio esta biología del conocer y del amor podría transformar no solo la psiquiatría, sino nuestra forma de habitar el mundo: desde el cuidado mutuo, la empatía y la aceptación del otro en su legitimidad. Solo así recuperaremos el horizonte de un vivir democrático y amoroso que Maturana soñó hasta sus últimos días.

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