Cada fin de año y a lo largo de todo el país, miles de trabajadores de la educación pasan sus últimos días laborales acompañados de una visita amarga y agraz. Fechas de celebración como Navidad y Año Nuevo se ven empañadas por una sensación de incertidumbre que no solo persiste, sino que, con el acercamiento de las vacaciones, escala y se transforma en una carga psicológica para quienes decidieron, en algún momento de sus vidas, elegir el camino de la educación.
Masacre a la educación pública chilena: ¿Podemos hacer algo?
Alrededor de 300 docentes podrían ser desvinculados en las comunas de Lota, Coronel, San Pedro de la Paz y Santa Juana, en la región del Biobío. Así lo publicaban los medios nacionales un día antes de Navidad.
Y es que todos hablan de lo importante que es la educación para el país, que esto y que lo otro; que bla, bla, bla. En cada programa, en cada discurso, en cada podcast, incluso en cada show de stand-up o rutina de humorista de Viña, siempre sale a la palestra el tema de la educación.
Y es que es imposible que no sea así: si hay algo que tenemos en común la mayoría de los chilenos es que fuimos a una escuela, tuvimos mejores amigos en un curso, nos mandamos alguna embarrada en el recreo o tuvimos un profesor que nos marcó más allá de la clase.
Esa experiencia común que nos une como nación, esa memoria compartida de la escuela como un espacio seguro, bonito y humano que hoy recordamos con tanto cariño, se ve amenazada por decisiones netamente administrativas que reducen algo tan significativo como la educación a números, planillas y ajustes de presupuesto.
Los despidos masivos de educadores a lo largo de todo Chile, sin considerar siquiera su trabajo ni su impacto en la comunidad, pueden ser el último golpe a un sistema educativo público que se tambalea con la guardia baja, en quizá el último de sus rounds.
Los despidos masivos en las municipalidades, corporaciones y SLEP a lo largo de todo Chile no son solo cifras en un comunicado adornado: son cursos que pierden continuidad, estudiantes una vez más vuelven a empezar de cero, son vínculos que se rompen abruptamente sin ningún sentido.
Porque cuando un docente es desvinculado, no solo se va un trabajador; se va una persona, un ser con sentimientos y lazos que conocía a sus estudiantes por su nombre, que entendía sus procesos, sus historias, sus alegrías y tristezas. Y eso, en educación, no es reemplazable de un año para otro.
En una batalla profundamente desigual, la educación pública se tambalea con la guardia baja, mientras el sistema empuja silenciosamente a las familias a buscar refugio en colegios particulares subvencionados y privados. No es una elección libre: es la consecuencia directa de un Estado que renunció a cuidar lo que dijo que era prioridad.
Y entonces la pregunta no es si podemos hacer algo, sino cuántas veces más estamos dispuestos a mirar hacia el lado mientras se sigue rompiendo lo único que alguna vez nos prometieron que era de todos.