La juventud latinoamericana y el giro conservador: Lo que la desigualdad sola no explica
Desde Buenos Aires hasta Quito, desde Santiago hasta Madrid, asistimos a un fenómeno que desconcierta a analistas y políticos progresistas: los jóvenes viran hacia la derecha, frecuentemente hacia su expresión más radical. La aparente sorpresa revela precisamente lo que no estamos viendo: este no es un fenómeno meramente ideológico ni generacional, sino la manifestación política de una fractura profunda en el contrato social del capitalismo democrático.
El dato que no podemos ignorar
En América Latina, solo el 45% de los jóvenes menores de 25 años prefiere la democracia sobre otras formas de gobierno, mientras que el 27% manifiesta indiferencia al tipo de régimen y un 21% expresa preferencias por opciones autoritarias. Esto en una región donde se ubica entre el 80-95% de las 50 ciudades más violentas del mundo, donde el 56% de los jóvenes que trabajan lo hacen en la informalidad, y donde las tasas de desempleo juvenil triplican las de adultos.
Pero el error sería detenernos aquí, en la descripción de la desigualdad y la precariedad. La pregunta crucial es: ¿por qué esta condición estructural se traduce hoy en apoyo juvenil a propuestas de derecha radical y no en movilización hacia opciones transformadoras?
La erosión cuádruple de la legitimidad
Proponemos que la alta concentración de ingreso y riqueza, combinada con el bloqueo de la movilidad intergeneracional, erosiona simultáneamente cuatro dimensiones de legitimidad democrática:
Legitimidad sustantiva: Cuando un joven colombiano enfrenta 15% de desempleo, o más del 60% de los jóvenes peruanos, chilenos, brasileños o argentinos trabajan informalmente sin acceso a salud ni pensión, la democracia deja de ser el sistema que garantiza bienestar. El Estado no entrega, el mercado expulsa, las instituciones no protegen.
Legitimidad prospectiva: Aquí reside lo más devastador. Durante el superciclo exportador (2003-2013), América Latina ofreció expectativas plausibles de movilidad. Los jóvenes vieron a sus padres salir de la pobreza, acceder a consumo, enviar hijos a la universidad por primera vez. Esa narrativa del futuro se quebró en 2014 y no se reconstruyó. Hoy, un joven percibe que tendrá menos que sus padres pese a estar más educado. Cuando el futuro deja de ser esperanzador, las instituciones pierden su principal argumento.
Legitimidad formal: Los jóvenes latinoamericanos apoyan la democracia como ideal abstracto pero desprecian sus instituciones concretas. El Latinobarómetro 2024 es brutal: bajísima confianza en partidos políticos, congresos y gobiernos. Las instituciones se perciben como teatros de corrupción, no como canales de representación.
Legitimidad normativa: Los jóvenes latinoamericanos crecieron en democracia, con discursos de derechos, igualdad y participación. Pero experimentan cotidianamente jerarquías abusivas, desigualdad en sus interacciones, promesas rotas. Esto genera una sensibilidad aguda al maltrato institucional que convierte el desencanto en desapego.
Por qué la derecha radical, por qué ahora
La condición estructural de desigualdad, precarización y bloqueo de la movilidad es de vieja data en la mayoría de países de la región. Entonces, ¿por qué se traduce hoy en apoyo a Milei, Bolsonaro, Kast o Vox?
Tres gatilladores convergen:
Primero, el progresismo institucionalizado dejó de ofrecer narrativas emocionalmente potentes. Cuando las libertades conquistadas se vuelven "paisaje" y no "lucha", cuando la participación es burocracia y el lenguaje inclusivo es normativa pero la desigualdad persiste, se abre un vacío de sentido. Los jóvenes buscan pertenencia y perspectivas de futuro. ¿A quién representan hoy los partidos progresistas: a los informales, a los desempleados, a los trabajadores de bajos ingresos? ¿Cuál es su arraigo popular?
Segundo, la derecha radical ofrece precisamente lo que las instituciones democráticas no pueden: claridad moral, chivos expiatorios identificables (migrantes, "la casta", feministas, "el sistema"), promesas de orden en contextos de inseguridad galopante, y sobre todo, el discurso del “emprendedurismo” como vía de salvación cuando las instituciones colectivas fallan.
Tercero, el ecosistema digital amplifica estos mensajes. En un continente donde la desinformación es endémica y la educación cívica débil, los algoritmos favorecen contenidos polarizantes que presentan la complejidad institucional como complicidad y la moderación como traición.
La polarización como síntoma, no como causa
La polarización creciente que vivimos no es la causa de la crisis democrática sino su síntoma. Cuando las instituciones no pueden procesar demandas contradictorias (más igualdad, pero también meritocracia; más Estado, pero también libertad; más seguridad, pero también derechos), la ciudadanía busca opciones que prometan romper el empate a cualquier costo.
Los jóvenes oscilan entre extremos—ayer Frente Amplio, hoy Kast; ayer Kirchner, hoy Milei—no por incoherencia ideológica sino por desapego profundo. El eje izquierda-derecha dejó de ser relevante cuando ninguna opción institucional genera expectativas plausibles de futuro.
El riesgo regional
América Latina enfrenta un riesgo que las democracias maduras apenas comprenden: nuestras instituciones son más frágiles, nuestra desigualdad más profunda, nuestra violencia más extrema, y nuestra capacidad estatal más limitada. Cuando la vulnerabilidad estructural se encuentra con gatilladores (crisis económicas, picos de violencia, liderazgos antisistema), la democracia puede mutar rápidamente.
El capitalismo puede sostener la democracia, pero solo cuando está regulado por instituciones que garantizan redistribución, movilidad y gobernabilidad. Si el mercado es capturado por élites, si la regulación es débil, si la desigualdad crece sin freno, el capitalismo erosiona la democracia.
Lo que deberíamos hacer
Se requiere reconstruir las cuatro dimensiones de legitimidad simultáneamente: entregar bienestar tangible, generar expectativas plausibles, fortalecer instituciones creíbles y reconstruir horizontes normativos compartidos.
Mientras los jóvenes latinoamericanos perciban que el sistema democrático no produce futuro, seguirán buscando alternativas disruptivas. El voto conservador juvenil no es traición generacional; es el síntoma de una democracia que perdió la capacidad de inspirar. Y sin inspiración, las instituciones no sobreviven.