
Seguimos explicando lo obvio: La igualdad es justicia
El 8 de marzo no es una fecha simbólica vacía ni una celebración. Es un día de conmemoración y reflexión sobre las desigualdades que persisten y la lucha histórica de millones de mujeres por derechos que deberían ser inalienables.
En Chile y el mundo, el empoderamiento femenino ha sido un motor de cambio. Sin embargo, para que este avance sea real y profundo, es fundamental que todas las personas, sin importar su género, se comprometan activamente con la equidad. En pleno siglo XXI, las mujeres siguen enfrentando grandes desafíos.
La brecha salarial en las empresas alcanzó el 9,4% en el nivel administrativo y medio, mientras que en el rango ejecutivo mostró una tendencia a la baja, pasando de 11,0% a 9,7% entre 2021 y 2024, según el VI Reporte de Indicadores de Género en las Empresas en Chile (2024). Esta realidad no solo afecta a las mujeres, sino a la sociedad en su conjunto, ya que la discriminación y la violencia tienen un impacto colectivo.
Las empresas desempeñan un papel clave en esta transformación. El desafío es claro: implementar medidas efectivas que vayan más allá del cumplimiento normativo y generen un cambio cultural profundo. Para avanzar en esta dirección, es fundamental visibilizar los sesgos inconscientes, pues muchas decisiones laborales están influenciadas por prejuicios que operan de manera automática.
Estos sesgos limitan el acceso de las mujeres a oportunidades de desarrollo y perpetúan la desigualdad en los espacios de trabajo. Reconocerlos es el primer paso para construir entornos más justos y diversos.
En este sentido, es esencial reconocer que un ambiente equitativo y plural no solo es un imperativo ético, sino también una estrategia empresarial inteligente. La diversidad enriquece la toma de decisiones, mejora la productividad y fortalece el desempeño organizacional.
Para facilitar este proceso, es clave que las organizaciones cuenten con comités de equidad y conciliación, diseñen planes de desarrollo inclusivos y establezcan protocolos claros en conformidad con la Ley 21.643 (Ley Karin) y la Ley 21.645 sobre conciliación laboral y familiar. Estas medidas no solo garantizan espacios laborales más seguros, sino que generan un impacto positivo en la cultura organizacional.
Sin embargo, la inequidad se vive en cada etapa de la vida de una mujer: en el acceso a la educación, en la dificultad para ingresar al mercado laboral, en la carga invisible del trabajo doméstico y de cuidados, y en la precarización de su vejez debido a las lagunas previsionales.
Y aún con estas barreras, somos las mujeres quienes debemos explicar, justificar y convencer de que la equidad es justa, de que la corresponsabilidad es necesaria, de que la sobrecarga de los cuidados es un problema social y no una "elección personal". El cambio cultural no es responsabilidad exclusiva de las mujeres; requiere una toma de conciencia real por parte de los hombres y de toda la sociedad.
Este 8M no se trata solo de conmemorar, sino de actuar. La equidad de género no puede seguir siendo una consigna, sino un horizonte hacia el cual dirigir la acción. Desafiar las estructuras patriarcales no es solo tarea de las mujeres, sino una responsabilidad colectiva que debe traducirse en políticas concretas, cambios institucionales y un modelo económico que deje de invisibilizar su aporte. Este cambio es colectivo y necesita el compromiso de quienes han ocupado históricamente los espacios de poder.