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Más que monocultivos: La lucha por nuestra relación ancestral con el bosque en un mundo que nos niega
En respuesta a la opinión del presidente del Colegio de Ingenieros Forestales, Simón Berti, titulada "Plantaciones y pueblo mapuche: una esperanza de paz y entendimiento", quisiera compartir mi visión sobre el modelo forestal en Chile, sin pretender representar a todos los mapuche, pues nuestra diversidad es tan vasta como la de los bosques que habitamos.
Este debate no puede reducirse a una discusión técnica sobre monocultivos y certificaciones. Es un llamado a reconocer la diversidad en todas sus formas: la diversidad del pueblo mapuche, la diversidad de cada Az Mapu y su cosmovisión, así como la diversidad del bosque nativo, que es mucho más que servicios ecosistémicos, bonos de carbono, densidad, cobertura de copas, estratos, metros ruma o pulgadas madereras.
La mirada occidental y las escuelas de formación universitaria han reducido el bosque a un recurso económico, distanciándose de la profunda relación espiritual y comunitaria que mi pueblo, caminante ancestral de estos bosques, mantiene con él.
Para nosotros el bosque es un espacio vivo, interconectado, de reciprocidad y respeto, donde cada elemento material e inmaterial tiene un rol en el equilibrio de la vida. En contraste, el modelo forestal basado en monocultivos responde a una lógica extractivista que fragmenta y empobrece la biodiversidad. Para abordar este conflicto de manera justa, es esencial reconocer nuestra cosmovisión y la riqueza de nuestra relación con el territorio, algo que ha sido históricamente ignorado debido a la imposición de un paradigma occidental dominante.
La defensa corporativa del monocultivo forestal, como la expuesta en la columna ya mencionada, es un claro ejemplo de esta visión reduccionista. Proponer que los mapuche arrienden sus tierras para plantar pinos como una supuesta vía para la paz desconoce que nuestro vínculo con la tierra no es mercantilista ni utilitario, sino parte de un entramado de reciprocidad y equilibrio.
Además, este enfoque oculta aspectos fundamentales sobre el impacto del modelo forestal. No se trata solo de la reciente introducción de especies como el pino y el eucalipto (DL701), sino de un proceso más amplio de despojo territorial y destrucción del bosque nativo. Las plantaciones forestales han sido impuestas sobre territorios arrebatados, profundizando la desigualdad y convirtiéndose en los pilares del conflicto.
A nivel ambiental, han alterado los ecosistemas, generando empobrecimiento de la biodiversidad, escasez hídrica (por la relación indisoluble entre el bosque nativo y el agua) y un mayor riesgo de incendios forestales.
Es innegable que los monocultivos de pinos y eucaliptus, debido a su composición química, estructura continua y homogénea, además de sus grandes extensiones, crean condiciones óptimas para la propagación del fuego.
A pesar de los intentos de equiparar la inflamabilidad del bosque nativo con las plantaciones, los antecedentes son claros: los incendios más devastadores han ocurrido en zonas de monocultivo, como el incendio “Las Máquinas” en 2017, que consumió 159.000 hectáreas y Santa Olga, poblado en el que nací y se quemó completo, o el incendio “Santa Ana” en 2023, que afectó más de 64.500 hectáreas en la comuna de Santa Juana.
La propuesta de arrendar tierras mapuche para el monocultivo forestal no es una vía hacia la paz, sino una forma renovada de despojo disfrazada de integración económica. Esta idea no solo ignora nuestra identidad y el vínculo profundo que mantenemos con nuestro territorio, sino que también perpetúa un modelo forestal que contradice nuestras prácticas ancestrales basadas en el respeto y el equilibrio con la naturaleza.
Chile tiene la oportunidad de avanzar hacia un modelo que valore la diversidad en todas sus formas. En lugar de insistir en un modelo económico extractivista que ha demostrado ser destructivo y donde se han beneficiado unos pocos a costa de muchos, es fundamental restaurar los ecosistemas dañados, reconocer los derechos territoriales y construir junto y desde las comunidades modelos propios de desarrollo en armonía con la naturaleza.
Esto requiere eliminar la visión paternalista sobre nosotros, dejando atrás enfoques donde se nos pretende "civilizar" o volver productivos, que buscan asimilarnos a lógicas externas, y en su lugar, reconocernos como protagonistas en la construcción de futuros regenerativos en nuestros territorios ancestrales, porque insisto, caminamos estos bosques y tierras desde hace cientos y miles de años.
La verdadera paz se alcanza cuando se respetan plenamente nuestras visiones y formas de vida, permitiendo que nuestra relación con la tierra florezca como parte de una convivencia justa.