De fútbol en el partido inaugural entre Ecuador y Qatar, seamos francos, hubo poco. Qatar apenas puso un poco de ganas. Más ganas pusieron sus ultras, que para mí eran medio sospechosos por su orden inmaculado en el aplauso y el salto y porque en el segundo tiempo la mitad desapareció perdiendo su ultridad tan celebrada; y más ganas sin duda, le puso la mujer a mi izquierda, de cuyo rostro solo podía ver sus ojos negros, y que se enfurecía antes los fallos de los jugadores de Qatar –muchos—y festejaba sus aciertos –muy pocos-, supongo, porque no entendía una palabra pero las imaginaba por el énfasis de su voz y el movimiento de sus manos.
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