¿Las mujeres no quieren tener hijos o no puede sostener la idea de tenerlos? La pregunta abre discusión a un tema que va más allá del deseo individual de ser madre y apunta a las condiciones de vida que hoy atraviesan o merman proyectos de vida en familia en Chile.
¿Querer ser madre o poder serlo? La falta de redes de apoyo, tiempo y dinero que impacta la tasa de natalidad en Chile
Más allá del deseo de ser madre, las condiciones materiales, fragmentación de las redes de apoyo y la crianza en soledad han terminado influyendo en la decisión de tener hijos para miles de mujeres. Con la tasa de natalidad más baja de su historia, Chile se enfrenta a repensar los cuidados para hacerle frente.
La tasa de natalidad en nuestro país se encuentra en su punto más bajo de la historia —potenciada además por la reducción significativa de los embarazos adolescentes—, registrando 1,04 hijos por mujer en 2024, según datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE). Se trata de una tendencia que viene profundizándose desde 2010 y que, según distintas proyecciones demográficas, continuará disminuyendo en los próximos años.
Este fenómeno ya no es ajeno y responde a un contexto marcado por diversos factores como la precariedad económica, las crecientes dificultades para compatibilizar la maternidad con la vida laboral/personal, y la crisis de los cuidados.
Frente a este último punto, las mujeres cargan con la presión de una "doble" o incluso "triple" jornada, lo que repercute directamente en la salud mental, así lo explica la psicóloga y académica de la Universidad Mayor, Dominique Karahanian: "cuando no hay red de apoyo, todo eso recae sobre un mismo cuerpo y una misma mente, y la carga mental se vuelve potente (...) esa persona termina hipervigilante y con muy poca disponibilidad de descanso o de reparación emocional".
En ese sentido, la decisión de no tener hijos —independiente del deseo— puede leerse como una forma de "autocuidado". En el caso de quienes ya son madres, sumar un nuevo integrante a la familia "implicaría volver a postergarse, tensionar su vida laboral, afectar su salud mental o aumentar una sobrecarga que ya sienten difícil de sostener", explica la académica.
Redes de apoyo que se complejizan
Se ha percibido un cambio notorio de las redes de apoyo con el pasar de las décadas: se han "complejizado" indica María Beatriz Fernández, profesora sociología UC e investigadora del Instituto Milenio para la Investigación del Cuidado (MICARE).
Antiguamente las mujeres tenían más hijos y, pese a que la gran mayoría maternaba sola —incluso estando en pareja—, existía la vida en comunidad: ya sea con la vecina, la amiga, la abuela, hermanas o una familia extensa, niñas y niños muchas veces quedaban a cargo de otras personas de confianza, y en algunos casos, la responsabilidad incluso recaía en el mayor de los hermanos.
Pero hoy esta realidad se ha ido diluyendo. El aumento de la percepción de inseguridad en los barrios y la expansión de la viviendas verticales —entre múltiples factores— ha contribuido a debilitar el tejido social. Hoy niños y niñas crecen en edificios donde el sentido de comunidad se ha desgastado y ya no salen a jugar "a la calle", mientras las redes familiares y vecinales que antes sostenían parte importante de la crianza han ido desapareciendo o fragmentándose.
Un factor que responde a este fenómeno es el envejecimiento de la población. Mientras la tasa de fecundidad se mantiene en números rojos y las familias tienen menos hijos, por otro lado, la esperanza de vida en Chile es de 81,6 años, siendo el segundo país del continente con mayor expectativa de vida.
En ese sentido, en el siglo pasado la población era mas joven: "las personas que antes podían estar disponibles para cuidar hoy tienen mayor edad y, posiblemente, deben cuidar a su vez a sus propios padres con enfermedades crónicas o degenerativas como el Alzheimer", explica Fernández.
Pese a que el diseño urbano y los modelos de familia han cambiado con los años, la académica sostiene que en barrios tradicionales o populares el sentido de comunidad aún se percibe. "La pandemia lo demostró: las ollas comunes fueron evidencia de que, ante la vulnerabilidad, hay reactivación", ejemplifica.
Por otro lado, no es desconocido que la entrada al mundo laboral de la mujer repercuta significativamente en la tasa de natalidad. Antiguamente las familias se articulaban como un modelo tradicional donde el marido era el proveedor, pero en la actualidad, el número de hogares donde la mujeres asumen como jefas se ha duplicado alcanzando un 47,7%, respecto a 2006, según datos de CASEN 2022.
En consecuencia, las mujeres ahora "tienen que trabajar para sostener su hogar y, además, cuidar a sus propios hijos o a sus padres mayores". Por lo tanto, el tiempo dedicado a cuidados también se reduce.
Cuestionar o no si corresponde que otras personas participen en labores de crianza y cuidados de hijos "ajenos" no es el foco de este reportaje, pero sí evidenciar que existe un cambio profundo en las formas de maternar y de organizar los cuidados que repercute en la toma de decisión de traer hijos al mundo.
Un Estado que "maternaliza" sus políticas públicas
Desde un punto de vista institucional, a través de los años distintos gobiernos han trabajado en el fortalecimiento o la creación de nuevas redes de apoyo. En materia de cuidados, iniciativas como el Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados o el proyecto Sala Cuna buscan reducir la carga de las madres.
Sin embargo, Fernández es clara: "el gran ausente, por lo menos durante mucho tiempo, fue el Estado". En definitiva, "lo más evidente de esta crisis es la falta de una estructura política que responda a la redistribución de los cuidados".
Si bien los roles de las mujeres se han diversificado, este proceso ha ocurrido en paralelo a una estructura social que sigue dependiendo del trabajo no remunerado que ellas realizan. Pese a que exista el esfuerzo en la elaboración de las políticas públicas en materia de redes de apoyo, estas propuestas se "maternalizan" de forma inconsciente, explica la académica.
Este fenómeno se entiende porque "toda política que busque una transformación social se va a implementar en cierta cultura o sistema de valores", y en Chile históricamente los cuidados han recaído en las mujeres. Por lo tanto, iniciativas como el derecho al post natal de cinco días de los hombres o la posibilidad de que las madres cedan algunos días de este beneficio a sus parejas es más bien "marginal para cambiar culturalmente la relación que ellos tienen con el nacimiento de un hijo".
La tarea de las mujeres ya está hecha, pero ¿y los hombres?
El tema de los cuidados y las redes de apoyo está atravesado por una cuestión de género. En redes sociales es común encontrar discursos de mujeres que cuestionan la baja implicación de algunos hombres en la crianza, señalando la persistencia de una paternidad distante o intermitente.
En ese sentido, el cambio cultural también requiere del activismo del género masculino, sobre todo de quienes desean convertirse en padres. Fernández sostiene que aún "no se ha generado un movimiento inverso", es decir, "que los hombres habiten de mayor manera los espacios privados".
Por el contrario, las mujeres han logrado diversificar sus roles en la sociedad, así lo sostiene la psicóloga Karahanian: "las mujeres ya no nos definimos solamente desde un rol materno; construimos identidad también desde el trabajo, el estudio, la pareja y los proyectos personales".
En definitiva, este sistema que invita a las mujeres a un mayor desarrollo profesional "choca con la realidad" de que, si deseas tener hijos, "en tu hogar no vas a encontrar aún una corresponsabilidad compartida con el género masculino", sostiene Fernández.
En consecuencia, "si no están las condiciones estructurales, si no existe una nueva forma de organización social de los cuidados, las mujeres optan por no tener hijos para no afrontar la tensión de hacer todas las cosas a la vez", indica la académica.
Redes sociales: un espacio de apoyo
En redes sociales como Instagram y TikTok es habitual encontrar contenidos de mujeres que comparten y documentan su experiencia en la crianza de sus hijos. Ante una sociedad cada vez más individual, estos espacios también pueden configurarse como una red de apoyo digital.
Por ejemplo, estudios y documentación reciente han mostrado como grupos específicos de, por ejemplo, madres con hijos con discapacidad intelectual o física acuden a los grupos de maternidad formados en redes: "Una tesista trabajó recientemente el tema de madres con niños con neurodivergencia, y los grupos de WhatsApp o de Facebook eran relevantes porque les permitían compartir su experiencia sin sentirse juzgadas y recibir recomendaciones de otras madres que ya habían vivido esos procesos", sostiene Fernández.
Si bien existen distintos grupos de maternidades, "la pregunta es cómo se llega a uno que sea cauteloso, seguro y donde las personas no se sientan juzgadas".