domingo 31 de mayo de 2026

Y los ilusos le creyeron

José Antonio Kast pasó años asegurando que el gobierno de Gabriel Boric no tenía plan ni estrategia en seguridad. El problema apareció cuando su sector llegó al poder y descubrió que la estructura que tanto despreciaba era exactamente la que necesitaba para gobernar.

31 de mayo de 2026 - 07:00

Durante años, José Antonio Kast convirtió la seguridad pública en una especie de plegaria política repetida hasta el cansancio. En cada entrevista, en cada debate y en cada aparición televisiva, el mensaje era idéntico: el gobierno de Gabriel Boric no tenía plan, no tenía estrategia, no tenía liderazgo y prácticamente tampoco tenía interés en combatir la delincuencia.

Kast repitió ese mantra con una disciplina admirable, casi litúrgica, entendiendo perfectamente que en política una mentira suficientemente reiterada termina pareciendo sentido común. Y para que la operación funcionara necesitaba algo fundamental: amplificación.

Ahí aparecieron los grandes medios de comunicación, convertidos desde hace años en una caja de resonancia perfectamente alineada con el discurso de la derecha. Matinales, paneles políticos, noticieros, portales digitales y programas de opinión funcionaron como una maquinaria de repetición permanente donde el relato de la inseguridad total se instaló como verdad absoluta.

Cada crimen se transformaba en símbolo del colapso nacional, cada delito parecía anunciar el fin de la civilización occidental y cada panel televisivo competía por ver quién lograba sonar más alarmista antes de ir a comerciales. La seguridad dejó de ser un debate serio para convertirse en un reality permanente del miedo.

Y claro, cuando durante meses o años le dices a las personas que viven en un país fuera de control, muchos terminan creyéndolo aunque la realidad no siempre acompañe el relato. Porque una cosa son las cifras reales de delitos y otra muy distinta es la percepción de inseguridad cuidadosamente fabricada desde pantallas y titulares diseñados para provocar angustia constante.

La sensación de caos terminó superando ampliamente la realidad denunciada, no porque la delincuencia no fuera un problema real —lo era y lo sigue siendo—, sino porque políticamente convenía instalar la idea de un país completamente desbordado para construir sobre ese miedo una alternativa de poder.

Y funcionó. Mucha gente terminó votando desde la desesperación, convencida de que Chile estaba a minutos de convertirse en una distopía latinoamericana donde el Estado había desaparecido y los delincuentes tenían más autoridad que el gobierno. El problema es que después llega ese detalle incómodo llamado realidad, especialmente cuando quienes gritaban desde la oposición tienen que sentarse a administrar el Estado.

Porque apenas el sector político de Kast comenzó a ejercer poder, ocurrió algo maravilloso: descubrieron que sí existía una Política Nacional de Seguridad Pública. Descubrieron que sí había planificación. Descubrieron que sí existía una estructura institucional funcionando bajo la Ley 21.730.

Y lo más divertido de todo es que decidieron mantenerla. No eliminarla. No reemplazarla. No refundarla. Mantenerla. Qué golpe tan cruel para la épica refundacional.

Después de años prometiendo una transformación radical, la gran revolución de la seguridad terminó pareciéndose bastante a una continuidad administrativa con tono más agresivo. Lo que antes era presentado como símbolo del fracaso absoluto hoy resulta suficientemente útil como para sostener el funcionamiento del nuevo Ministerio de Seguridad. Al parecer, aquello que supuestamente no existía ahora sí sirve. Qué ironía tan poco conveniente.

Porque aquí no estamos hablando de simples diferencias técnicas ni de matices administrativos. Durante años se insistió en que el gobierno anterior no había hecho nada. Nada. Cero. Vacío institucional total. Poco menos que los planes de seguridad estaban escritos en una servilleta olvidada en algún café universitario. Sin embargo, hoy las propias autoridades reconocen que la política impulsada durante el gobierno de Boric sigue vigente y será la base sobre la cual trabajará la nueva institucionalidad. Resulta difícil encontrar una contradicción más obscena.

Y quizás lo más impresionante es la naturalidad con que ocurre todo esto. Nadie parece demasiado avergonzado. Nadie siente la necesidad urgente de explicar por qué aquello que era inútil hace unos meses ahora aparece convertido en herramienta fundamental de gobierno. Porque en la política chilena moderna la coherencia dura menos que una tendencia en TikTok. Lo importante nunca fue describir la realidad con precisión; lo importante era instalar emocionalmente la idea de que todo estaba destruido para luego ofrecerse como la única solución posible.

Y para eso los medios jugaron un papel decisivo. No informando, sino amplificando. No contextualizando, sino dramatizando. Porque el miedo vende, el caos da rating y la indignación mantiene a las personas pegadas a la pantalla. Así se construyó durante años una sensación permanente de colapso donde la percepción terminó superando ampliamente la realidad objetiva. Chile parecía vivir bajo estado de sitio emocional aunque las cifras muchas veces fueran bastante más complejas de lo que mostraban los titulares catastrofistas.

Pero gobernar tiene una característica desagradable: obliga a abandonar los slogans. Ahí ya no basta con repetir frases sobre “mano dura” o posar con cara seria frente a una cámara. Gobernar significa trabajar con leyes, instituciones y políticas públicas concretas. Exactamente las mismas que antes fueron ridiculizadas para conseguir votos.

Y ahí es donde la prometida refundación empieza a parecer una gigantesca chambonada. Porque destruir discursivamente una política pública para después administrarla sin mayores cambios no habla precisamente de convicción ideológica. Habla más bien de oportunismo político y manipulación emocional.

Al final, la gran revolución de la seguridad pública terminó siendo algo profundamente chileno: mucho miedo televisado, mucho discurso apocalíptico, toneladas de frases repetidas como doctrina y una maquinaria mediática funcionando a toda velocidad… para finalmente descubrir que aquello que tanto criticaban era exactamente lo que necesitaban para gobernar.

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