El reciente veredicto condenatorio contra el exconstituyente republicano Sebastián Parraguez González —docente, figura pública local y representante de una corriente que se proclama guardiana de los valores— pertenece exactamente a esa categoría. Pero antes de cualquier reflexión, están los hechos. Y los hechos, en este caso, son precisos, reiterados y difíciles de relativizar.
Sebastián Parraguez: El exconstituyente republicano condenado por abusar sexualmente de dos alumnas de colegio
Hay delitos que no solo destruyen víctimas, también pulverizan discursos. Y cuando eso ocurre, el caso deja de ser únicamente penal para convertirse en un espejo incómodo de la coherencia moral.
El Tribunal de Juicio Oral en lo Penal dictó un veredicto condenatorio tras un juicio que se extendió por seis jornadas, acogiendo la tesis de la Fiscalía Local de Alto Hospicio, representada por el persecutor Cristóbal Platero.
En esa instancia, se logró acreditar la responsabilidad penal de Parraguez por delitos de abuso sexual por sorpresa en carácter de reiterado, cometidos durante el año 2024 en la comuna de Alto Hospicio.
Los hechos ocurrieron mientras el imputado se desempeñaba como profesor en el Rupanic School, contexto en el cual —según acreditó el Ministerio Público— se aprovechó de su posición de autoridad para ejecutar conductas de connotación sexual en contra de dos alumnas.
El tribunal dio por establecidos tres delitos:
El primero y segundo afectan a una víctima de 15 años. El primer episodio ocurrió en marzo de 2024, durante la jornada escolar, al interior del establecimiento educacional. El segundo se produjo en junio del mismo año, en un centro comercial de Iquique, mientras un grupo de estudiantes realizaba compras para actividades vinculadas al aniversario del colegio. En ambos casos, el condenado realizó tocaciones de carácter sexual, aprovechando instancias de cercanía y confianza propias de su rol docente.
El tercer delito corresponde a una segunda víctima, de 17 años, y tuvo lugar también en junio de 2024, al interior de un aula del mismo establecimiento educacional. En esa ocasión, el profesor efectuó tocaciones sobre el cuerpo y la vestimenta de la estudiante.
Durante el juicio, la Fiscalía presentó un conjunto probatorio robusto: testimonios de las víctimas, de familiares y compañeros, además de peritajes psicológicos que dieron cuenta de una grave afectación emocional en ambas adolescentes. La reiteración de las conductas y el contexto de autoridad fueron elementos clave para configurar la agravante.
El Ministerio Público calificó los hechos como abuso sexual por sorpresa en carácter de reiterado y, considerando la circunstancia agravante de haber sido cometidos en su calidad de educador, solicitó la pena de seis años de presidio menor en su grado máximo. La lectura de la sentencia definitiva quedó fijada para el jueves 7 de mayo.
Aquí estamos frente a una fractura pública entre lo que se predica y lo que se hace.
El mundo republicano —inspirado en tradiciones conservadoras que remiten a pensadores como Edmund Burke— ha construido buena parte de su legitimidad sobre la defensa del orden moral, la familia y la autoridad. Esa autoridad, en su versión más noble, no es dominación, sino responsabilidad. Burke lo decía con claridad: la sociedad es un pacto entre generaciones, y ese pacto exige custodios, no depredadores.
Cuando quien debía custodiar traiciona ese rol, no solo delinque, corroe el fundamento mismo del discurso que decía encarnar.
Aquí es donde la crítica debe ser incómoda, no porque la militancia determine la culpabilidad —eso sería una barbaridad—, sino porque la coherencia sí importa cuando se construye capital político sobre la superioridad moral.
El jurista Luigi Ferrajoli ha insistido en que el derecho penal debe ser ciego a las identidades ideológicas. Y tiene razón, la condena debe fundarse exclusivamente en hechos probados. Pero eso no impide —ni debería impedir— el juicio político y ético posterior. Porque la sociedad no solo sanciona delitos; también evalúa relatos.
Resulta imposible no recordar la crítica de Slavoj Zizek a las ideologías que funcionan como “máscaras de la realidad ”: estructuras discursivas que proclaman orden mientras ocultan desorden, que exaltan la pureza mientras incuban lo que dicen combatir.
Pero aún hay otra dimensión, quizás más perturbadora. Un profesor no es simplemente un trabajador, es un puente entre el mundo y quienes recién ingresan a él. Cuando ese puente se corrompe, el daño no es solo individual... Es civilizatorio.
Hay preguntas más profundas, ¿qué ocurre cuando quienes levantan banderas morales, como los republicanos y su moral ultraconservadora, no están a la altura de ellas? ¿Se trata de excepciones trágicas o de síntomas de algo más amplio?
No hay una respuesta automática, pero sí una exigencia mínima, la misma severidad moral que se aplica hacia afuera debe aplicarse hacia adentro. Sin matices. Sin silencios estratégicos. Sin relativizaciones. Porque si algo que difumina más rápido la credibilidad que el error, es la hipocresía.