La , no es un hecho menor. Ocurre en medio del esfuerzo de Donald Trump por sostener un relato que justifique la agresión militar iniciada contra Irán semanas atrás y que, a la luz de los hechos, carece de fundamentos plausibles.
La teología política detrás de Donald Trump: el "gran Israel"
El problema es evidente: cuando la política se convierte en teología aplicada, la democracia deja de ser un límite y pasa a ser un obstáculo.
La pregunta es incómoda, pero inevitable: si no hay razones evidentes, ¿qué motiva esta actitud beligerante del Presidente de los Estados Unidos?
En la modernidad, cierta élite ilustrada se convenció de que la religión debía ser confinada al ámbito privado. Tras ello, confundieron sus deseos con la realidad objetiva, creyendo que el mundo moderno se regía —por fin— por la razón y la racionalidad. Craso error, pues la religión continuó siendo parte de la esfera pública, movilizando los sueños y anhelos, miedos y frustraciones de millones de seres humanos. Tanto es así, que hoy no solo habita la esfera pública: influye, financia y decide.
En el caso de Trump, su política exterior no puede entenderse sin una clave incómoda para el racionalismo contemporáneo: la teología política. Como se ha señalado en la columna precedente, su imaginario se sostiene en el dispensacionalismo apocalíptico. Una visión que no solo espera el fin del mundo, sino que lo desea. Que interpreta guerras, pandemias y catástrofes no como fracasos de la humanidad, sino como señales alentadoras de que el “plan” avanza y el fin esperado se acerca.
Bajo esa lógica, Medio Oriente deja de ser un problema geopolítico complejo y se transforma en un escenario profético. Entonces, la guerra deja de ser un riesgo a evitar y pasa a ser una condición que cumplir. No estamos ante una simple estrategia internacional de condiciones económicas o geoestratégicas, sino ante una narrativa de “destino manifiesto”.
Aquí entran en escena los verdaderos arquitectos de este imaginario: las élites económicas que coquetean con discursos pseudo-escatológicos mientras acumulan poder. No es casual que figuras influyentes del mundo tecnológico como Peter Thiel (dueño de Paypal y Palantir), promuevan ideas donde el apocalipsis, el anticristo y la “salvación” conviven con mercados digitales y promesas de libertad total. El resultado es una mezcla inquietante: misticismo, capital y poder político operando en la misma dirección.
Pero el panorama se vuelve aún más nítido cuando se incorpora el nacionalismo a esta ecuación. El «gran Israel» aparece como un sueño geopolítico del sionismo judío, sostenido en la antigua promesa de un territorio determinado por la divinidad para cumplir el pacto entre el Creador y Abraham. «De río a río», reza el ideal de dominio de los sectores más radicales del Estado creado en 1948 por la ONU, ideal que se encuentra incluso simbolizado en su bandera: la estrella de David protegida entre dos líneas horizontales que evocan esos ríos fronterizos del sueño sionista.
En ese contexto, el “gran Israel” deja de ser una consigna marginal y se convierte en una pieza central. No hablamos solo de un proyecto territorial, sino de una convicción teológica: la idea de que existe una promesa divina que debe materializarse en la historia, cueste lo que cueste.
Es necesario advertir que, algunas ideaciones conspirativas de los anti sionistas suelen deslizarse hacia el antisemitismo o antijudaísmo, que peligrosamente adquiere tintes propios de uno de los monstruos más horrendos que ha conocido la humanidad, el nazismo. No obstante, también es cierto que la historia ha dado un giro paradójico: en el seno de aquel pueblo humillado y llevado casi al exterminio, ha surgido hoy una ideología sostenida en odio racial y fundamentalismo religioso que poco se aleja de ese mismo paradigma.
Lo más inquietante es que este imaginario no actúa en solitario. Encuentra un espejo perfecto en el excepcionalismo estadounidense, esa vieja idea del “Destino Manifiesto” reciclada en clave contemporánea por movimientos como MAGA. La convicción es la misma: no somos un país más, somos el país llamado a cumplir un rol providencial en la historia.
Cuando estas dos narrativas se encuentran —el nacionalismo religioso israelí y el excepcionalismo estadounidense— el resultado es explosivo. Ambas comparten una certeza peligrosa: la creencia de que están del lado correcto de la historia… porque creen ser la historia misma.
En ese marco, conceptos como el “gran Israel”, Sion o la nueva Jerusalén que se encuentran en el lenguaje habitual de cristianos y judíos, dejan de ser metáforas religiosas y se convierten en proyectos políticos concretos. Ya no se espera el paraíso: se intenta construir por la fuerza. Ya no se aguarda la intervención divina: se la acelera y colabora en su consecución.
Y cuando se piensa así, el costo humano pierde relevancia. Las muertes, las guerras, la devastación: todo puede justificarse si se cree que se está contribuyendo a un desenlace cósmico. El problema es evidente: cuando la política se convierte en teología aplicada, la democracia deja de ser un límite y pasa a ser un obstáculo.
Lo más perturbador es que esto no es una teoría extravagante ni un delirio marginal, son ideas propias de Likud, el partido del primer ministro Benjamín Netanyahu. Lo que se despliega es una fuerza real con millones de adherentes y con influencia directa en las decisiones de los países con la mayor capacidad militar del planeta.
En definitiva. Mientras algunos celebraban destapando el champagne tras la supuesta victoria de la razón secular, otros ocuparon ese espacio con relatos más simples, más emocionales y, por lo mismo, más efectivos.
Quizás ahí radica el verdadero problema: no en la existencia de estas creencias, ni en la esperanza escatológica de las grandes mayorías del mundo, sino en la ingenuidad de quienes las quisieron diluir por la mera voluntad. Porque mientras brindaban por el fin de la religión en la política, los poderosos aprovecharon el vacío, y lo usaron para reescribir el mundo.