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Organización de las Naciones Unidas

La oportunidad latinoamericana en la Organización de las Naciones Unidas (ONU)

¿Por qué sigue siendo relevante la Organización de las Naciones Unidas hoy, a más de 80 años de su creación?, ¿por qué importa quién la lidere?

Por Esteban Zolezzi 26 de abril de 2026 - 11:45

La elección del próximo Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas no es un simple relevo institucional. A más de 80 años de su creación, es una decisión que definirá el rumbo del organismo en un momento de inflexión respecto a su capacidad para abordar los conflictos, su gestión interna y su rol en los objetivos de desarrollo a nivel mundial.

Michelle Bachelet, la costarricense Rebeca Grynspan y el argentino Rafael Grossi son las tres cartas de América Latina presentadas para suceder a António Guterres. Estos tres nombres han vuelto tangibles la posibilidad de que América Latina vuelva a liderar el principal organismo multilateral del mundo en un momento particularmente decisivo, pero a su vez han reactivado una discusión que va más allá: ¿por qué sigue siendo relevante la ONU hoy, a más de 80 años de su creación? y ¿por qué importa quién la lidere?

La ONU nació en 1945 sobre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, no solo para apostar por la paz, sino para construir un sistema internacional basado en reglas, cooperación y desarrollo compartido. El organismo internacional ha cumplido un rol central en la mediación, contención y gestión de conflictos, a través de misiones de paz en Corea, África y Medio Oriente. A su vez, ha tenido un rol en la coordinación humanitaria, con un despliegue determinante frente a desastres naturales como el Terremoto de Haití de 2010 y otros eventos climáticos extremos en América Latina.

En el terreno del desarrollo, la influencia de la ONU ha sido aún más profunda, aunque menos visible, a través de sus diversas entidades, comisiones y agencias. UNESCO ha impulsado políticas educativas, protección del patrimonio y cooperación cultural; UNCTAD ha acompañado a los países en estrategias de inserción internacional y comercio justo; CEPAL ha promovido enfoques estructurales sobre desigualdad, productividad y desarrollo; mientras que PNUD ha apoyado a gobiernos en la modernización del Estado, reducción de pobreza y el fortalecimiento institucional. Estos aportes no han sido protagonistas mediáticos, pero sí han configurado políticas públicas de la región.

Sin embargo, la ONU también enfrenta críticas legítimas. Su estructura responde a un equilibrio de poder de mediados del siglo XX, que no refleja completamente la realidad actual, y el resultado de sus intervenciones ha sido desigual, especialmente frente a conflictos recientes donde el sistema multilateral ha mostrado limitaciones evidentes. Esto ha llevado a una discusión sobre la reforma del organismo, la cual, si bien no es nueva, ha cobrado fuerza en los últimos años.

En este contexto, la posibilidad de que América Latina acceda nuevamente a la Secretaría General de la ONU es una oportunidad estratégica. La región ha sido históricamente receptora de cooperación y laboratorio de políticas públicas innovadoras, pero rara vez ha liderado la conducción del sistema internacional. La llegada de un liderazgo latinoamericano al máximo puesto de la ONU permitiría incorporar a las reformas una mirada desde el sur global, con experiencia en desigualdad, desarrollo social, institucionalidad democrática y gestión de crisis complejas.

Las candidaturas latinoamericanas comprenden esto. En sus Declaraciones de Visión, documentos disponibles en la página de la ONU que establecen los lineamientos de cada candidatura, todas coinciden en la necesidad de impulsar una reforma del sistema.

Rafael Grossi plantea una renovación orientada a resultados, con una ONU más eficaz en su acción en terreno, mejor coordinada y con menor fragmentación institucional. Rebeca Grynspan propone una agenda de renovación centrada en hacer a la organización más útil, ágil y responsable, fortaleciendo su capacidad de respuesta y su conexión con las necesidades reales de las personas. Por su parte, Michelle Bachelet plantea una modernización que combina continuidad y adaptación, reforzando la legitimidad del sistema, la eficiencia institucional y la centralidad de los tres pilares de la ONU: paz, desarrollo y derechos humanos.

Más allá de los matices, estas visiones reflejan un diagnóstico compartido: el sistema multilateral enfrenta una etapa de redefinición y América Latina tiene la posibilidad de posicionarse como articulador. Una Secretaría General con raíces en la región podría contribuir a que la reforma de la ONU incorpore con mayor fuerza las prioridades del sur global, fortalezca los mecanismos de cooperación y reduzca las asimetrías de poder que hoy limitan su eficacia.

Sin embargo, la tarea pendiente para las candidaturas latinoamericanas no es fácil. En estos meses comenzarán las entrevistas oficiales de ONU para presentar sus visiones, mientras en paralelo deberán construir apoyos y, sobre todo, evitar vetos. A lo largo del año se deberán someter a votaciones indicativas, conocidas como straw polls, para medir fuerzas.

En ese proceso el escenario sigue abierto y no puede descartarse el retiro de candidaturas ni la aparición de nuevas si no se logra un consenso claro. Nada está dicho aún, por ello es clave aprovechar la posición actual de la región en este proceso.

La ONU necesita cambios y no debemos perder de vista la importancia de este momento histórico. Estamos ante una posibilidad real de que América Latina vuelva a ocupar la conducción de una organización llamada a mirarse internamente y redefinir el futuro del multilateralismo global.

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