En un escenario nacional marcado por el cuestionamiento al rol del Estado, el avance de discursos de ultraderecha y la persistencia de un modelo universitario que aún arrastra las huellas del neoliberalismo impuesto en dictadura, se evidencia que las universidades estatales no son espacios neutrales. Son, por el contrario, territorios de disputa democrática. En ese marco, los próximos procesos electorales de rectoría en la Universidad de Chile y la Universidad de Santiago de Chile (USACH) no constituyen eventos administrativos menores, son una oportunidad política para definir qué tipo de institución pública se quiere proyectar y, sobre todo, con qué comunidad se quiere gobernar.
Elecciones de rectoría en Universidad de Chile y USACH: Democratizar la universidad pública en tiempos de avance autoritario
Las elecciones en la U. de Chile y la USACH abren un debate clave sobre democracia interna, poder y rol público en un contexto de avance de la ultraderecha.
as universidades estatales han sido históricamente espacios de pensamiento crítico y de producción de conocimiento al servicio del país. Pero esa vocación pública no puede sostenerse solo en el discurso formativo si, al mismo tiempo, sus estructuras internas de gobierno permanecen cerradas y poco representativas de quienes las habitan. Una universidad que enseña democracia, pero no la práctica institucionalmente enfrenta una contradicción que tarde o temprano erosiona su legitimidad. Y son precisamente las asociaciones de funcionarias y funcionarios y la organización estudiantil las que, con mayor persistencia y consecuencia han mantenido viva esa exigencia, no como un reclamo sectorial, si no como una apuesta por una universidad que gobierne de manera coherente con los valores que declara.
El nudo más evidente de esa contradicción es el derecho a sufragio en las elecciones rectorales. La normativa vigente lo restringe exclusivamente al estamento académico, pero no a cualquier académico. Una élite dentro de la élite, las más altas jerarquías dentro de estos mundos, son las que deciden la conducción de instituciones que, paradójicamente, declaran servir al conjunto de la sociedad. Lo que se presenta como representación estamental es, en los hechos, el gobierno de una minoría calificada sobre comunidades amplias y diversas. Estudiantes, funcionarias y funcionarios no académicos, y egresadas y egresados actores que contribuyen de manera directa y permanente a la docencia, la investigación y la gestión institucional en ambas universidades quedan fuera de una decisión que los afecta en su totalidad.
Las organizaciones estudiantiles y de funcionarias y funcionarios han levantado históricamente esta demanda como una exigencia de coherencia democrática: si las rectorías conducen a la totalidad de sus comunidades universitarias, deben ser elegidas por ellas. Mientras eso no ocurra, la triestamentalidad seguirá siendo una declaración de principios sin traducción real en el poder institucional.
Si bien la implementación de nuevos estatutos orgánicos ha permitido avances concretos en diversas universidades del país como ocurre en la USACH donde estudiantes y funcionarios participan hoy en la elección de autoridades intermedias como decanatos y direcciones de unidades académicas este proceso presenta limitaciones significativas, particularmente en el caso de la Universidad de Chile. En ella, no solo la elección rectoral continúa siendo patrimonio de una élite académica, sino que el proceso de democratización institucional acusa un rezago evidente respecto de otras universidades estatales que ya han avanzado en la modernización de sus estatutos.
No se trata solo de una reforma pendiente: es un proceso que en la Universidad de Chile no ha logrado siquiera instalarse con la fuerza que su propia comunidad ha demandado por décadas. Esa asimetría no es casual; refleja la resistencia de los sectores más conservadores de la institución a cualquier transformación que distribuya el poder más allá del estamento académico consolidado.
La democratización, sin embargo, no se agota en los mecanismos electorales. Tanto la Universidad de Chile como la USACH requieren condiciones laborales dignas y estructuras transparentes que regulen las carreras académicas y el desarrollo profesional del funcionariado. La precarización del trabajo no académico, expresada en contrataciones precarias y trayectorias laborales sin proyección, es una deuda pendiente que ninguna de las dos conducciones puede seguir postergando. Y no es una deuda menor: es la misma lógica que concentra el poder en una minoría académica la que naturaliza la precariedad de quienes sostienen ambas universidades en su operación cotidiana.
El avance de la ultraderecha en Chile y en el mundo no es un telón de fondo inerte. Es un proyecto político activo que ha identificado a las universidades públicas como adversarios: cuestiona su financiamiento, impugna su autonomía, caricaturiza el pensamiento crítico como adoctrinamiento y promueve una visión de la educación superior reducida a su rentabilidad individual. No es casual que ese discurso haya encontrado eco en sectores que perciben a la Universidad de Chile y a la USACH como espacios de élite desconectados de la realidad. Una institución que restringe el sufragio a una minoría académica, que precariza a su propio funcionariado y que cierra sus estructuras de gobierno a la comunidad que la sostiene, ofrece argumentos involuntarios a quienes buscan deslegitimar la educación pública. En ese escenario, una universidad pública que no democratiza sus estructuras internas no solo es institucionalmente débil: es políticamente vulnerable. La fragmentación interna y la exclusión de estamentos son exactamente las condiciones que facilitan el avance de ese proyecto sobre las instituciones públicas. Democratizar la universidad no es sólo una exigencia interna: es parte de la respuesta política que ambas instituciones deben dar al momento que vive el país.
Es fundamental, en ese sentido, que las elecciones de la Universidad de Chile y de la USACH instalen no solo la necesidad de abrir estructuras democráticas hacia adentro, sino también la de posicionarse como actores relevantes en la discusión pública y política del país. La pregunta es legítima: ¿por qué debería una rectora o rector involucrarse en debates que trascienden su institución? La respuesta es simple: porque nadie más lo hará con la misma legitimidad. El mundo de la educación superior está cambiando de manera acelerada. El posgrado crece y gana centralidad. En el pregrado, si bien la Universidad de Chile y la USACH no enfrentan crisis de matrícula, la pregunta relevante no es qué ocurre en ellas sino qué ocurre en las universidades estatales regionales donde esa crisis ya es una realidad, y qué pasa con los estudiantes de instituciones privadas que cierran sus puertas sin que nadie garantice su continuidad educativa. Si en esas discusiones la Universidad de Chile y la USACH no plantean salidas, orientaciones ni propuestas, el mercado volverá a ocupar ese espacio: autorregulando, fragmentando y profundizando las desigualdades que el sistema arrastra desde la dictadura. Las principales rectorías del país no pueden darse el lujo de mirar ese escenario desde la comodidad de su propio prestigio.
Por eso, las candidaturas a la rectoría de la Universidad de Chile y de la USACH deberían ser evaluadas no únicamente por sus programas de gestión, sino también por su disposición real a transformar las estructuras institucionales de cada una. Las preguntas que estos procesos electorales deberían instalar son concretas: ¿están dispuestas las nuevas conducciones a ampliar el derecho a sufragio, incluyendo a los académicos hoy excluidos, a estudiantes y al funcionariado? ¿A establecer mecanismos transparentes de carrera académica y desarrollo profesional del funcionariado en ambas instituciones? ¿A asumir un rol activo en la discusión sobre el futuro del sistema de educación superior en su conjunto?
Defender estas universidades públicas hoy exige más que resguardar su financiamiento o su prestigio académico. Exige democratizar sus estructuras, desconcentrar el poder que hoy reside en una minoría, dignificar el trabajo de quienes sostienen ambas instituciones y garantizar que todos los estamentos participen en las decisiones que orientan su desarrollo. En un contexto nacional cada vez más adverso para las instituciones públicas, las organizaciones sindicales de la Universidad de Chile y de la USACH han sabido sostener esa exigencia incluso en los momentos más difíciles. Las elecciones que vienen son una oportunidad para que ambas instituciones estén a la altura de quienes las construyen día a día y del país que las necesita. Sería un error histórico reducirlas a una elección más.