El domingo 10 de mayo, el Complejo Volcánico Laguna del Maule volvió a recordarnos una verdad incómoda: no todos los riesgos anuncian su llegada con estruendo. Un enjambre sísmico de más de 150 eventos, asociado al fracturamiento de roca en el interior del sistema volcánico, mantuvo la vigilancia sobre el macizo.
SENAPRED conservó la Alerta Temprana Preventiva para San Clemente, SERNAGEOMIN mantuvo la alerta técnica verde y se sostuvo el perímetro de seguridad en torno a la zona de emisión de CO. Nada indicaba una erupción inminente. Todo funcionó, en apariencia, como debía funcionar. Y justamente por eso conviene mirar con más atención.
Bajo la Laguna del Maule, la tierra se mueve sin pedir permiso. No lo hace con la claridad brutal de una catástrofe ni con la teatralidad de la lava descendiendo por una ladera. Lo hace mediante señales menos visibles: deformación del suelo, enjambres sísmicos, gases que ascienden, instrumentos que registran aquello que la vida cotidiana todavía no percibe. No hay que leer allí una profecía de desastre. Sería irresponsable. Hay que leer, más bien, una lección política: algunos riesgos no irrumpen; se acumulan.
El Complejo Volcánico Laguna del Maule no es solo un fenómeno geológico. Es también una metáfora incómoda del país. Desde hace años, la ciencia observa un sistema activo, complejo y persistente. El terreno se eleva, las fallas se mueven, los organismos técnicos monitorean, las alertas se ajustan. Nada de eso significa que una erupción esté cerca. Pero sí significa algo decisivo para una sociedad que convive con amenazas naturales: el riesgo no siempre se presenta como emergencia. A veces se presenta como advertencia.
Chile mantiene una relación ambigua con las advertencias. Hemos aprendido a mirar la tierra. Tenemos sismología, volcanología, meteorología, oceanografía, centros de monitoreo, mapas de amenaza, sistemas de alerta, protocolos, planes de emergencia y memoria. Sabemos más que antes. Mucho más. Pero el problema de fondo ya no es solo cuánto sabemos, sino qué hacemos con aquello que sabemos.
Porque gobernar el riesgo no consiste únicamente en medirlo, consiste en tomar en serio, a tiempo, las consecuencias públicas de ese conocimiento. Allí aparece nuestra dificultad más persistente. Mientras el riesgo permanece en lenguaje técnico, suele ser tratado como asunto de especialistas.
Mientras no hay humo, lava, agua entrando por las calles o casas destruidas, la advertencia parece exageración. El Estado toma nota, la autoridad coordina, el informe circula, la mesa técnica sesiona, la alerta se declara. Pero entre el dato y la decisión existe un territorio pantanoso donde se pierden demasiadas cosas: presupuesto, voluntad política, coordinación institucional, planificación territorial y sentido de urgencia.
La política suele sentirse más cómoda con la catástrofe que con la incertidumbre. La catástrofe ordena: produce imágenes, víctimas, responsabilidades visibles, autoridades en terreno, recursos excepcionales y discursos de unidad. La incertidumbre, en cambio, incomoda. Obliga a decidir antes de tener una fotografía completa. Exige invertir cuando todavía no hay ruinas. Pide modificar planes, revisar permisos, incomodar intereses, explicar probabilidades y sostener medidas preventivas que quizás nunca serán celebradas, porque su éxito consiste precisamente en que nada ocurra. Esa es la tragedia silenciosa de la prevención: cuando funciona, parece innecesaria.
Por eso la salida no está necesariamente en crear otra institución ni en redactar otro diagnóstico. Está en hacer que las señales tengan consecuencias. Una alerta técnica no debiera ser solo una información que circula entre especialistas, sino el inicio de una cadena verificable de acción pública: actualizar planes comunales y regionales, revisar rutas de evacuación, identificar población expuesta, realizar simulacros, informar con claridad, asignar recursos preventivos y exigir reportes de cumplimiento. La pregunta no es si Chile tiene instrumentos; los tiene. La pregunta es si esos instrumentos obligan a actuar antes de que la emergencia vuelva inevitable aquello que pudo hacerse con anticipación.
El riesgo bajo la alfombra no es solo volcánico. También aparece en la interfaz urbano-forestal, donde el fuego encuentra año tras año combustible, viviendas y abandono; y en la infraestructura eléctrica, donde cada temporal revela fragilidades descritas antes del apagón. En ambos casos, como en Laguna del Maule, el problema no es la ausencia total de señales, es la costumbre de tratarlas como antecedentes hasta que la catástrofe las convierte en evidencia.
Después del incendio, discutimos planificación territorial. Después del corte eléctrico, hablamos de resiliencia de infraestructura crítica. Después de cada desastre descubrimos, con una mezcla de estupor y cansancio, que muchas señales ya estaban ahí.
Chile ha construido una capacidad científica valiosa, incluso admirable, para observar su territorio. Pero esa capacidad queda incompleta si no se transforma en una cultura política de anticipación. No basta con monitorear volcanes, ríos, incendios, marejadas o sistemas eléctricos. Hay que preguntarse qué decisiones territoriales, presupuestarias, educativas e institucionales se siguen de ese monitoreo. De lo contrario, la ciencia termina convertida en testigo experto de una negligencia largamente anunciada.
El desafío no es vivir con miedo. Es exactamente lo contrario: vivir con lucidez. El miedo paraliza o exagera; la lucidez distingue, prepara y prioriza. Una sociedad madura no confunde toda señal con catástrofe, pero tampoco archiva cada advertencia en nombre de la tranquilidad. Laguna del Maule no nos dice que debamos entrar en pánico. Nos dice algo más sobrio y más difícil: que hay fuerzas actuando bajo la superficie, y que la tarea de un país serio es escucharlas antes de que sea demasiado tarde.
Gobernar el riesgo no consiste en esperar que la tierra grite. Consiste en escuchar cuando todavía murmura. Pero escuchar, en política pública, no es solo prestar atención. Es decidir, financiar, coordinar y rendir cuentas antes de que el desastre vuelva a enseñarnos lo que ya sabíamos.