domingo 04 de octubre de 2026
Opinión

El peligro de abrir un libro

De las decisiones del gobierno de Kast a lo ocurrido en Prodemu, hay una pregunta que no se puede dejar pasar: ¿quién decide que algunos libros merecen ser leídos y otros deben quedar desterrados?

4 de octubre de 2026 - 07:00

Pensé escribir sobre el errático gobierno de José Antonio Kast, sobre sus cifras y sus promesas incumplidas. Pero estando en Barcelona, participando de LIBER (44 Feria internacional del libro de Barcelona), una gran fiesta del libro que conecta a Europa con América Latina, apareció un episodio que merece detenerse un poco más allá de la coyuntura política.

La decisión de la directora de Prodemu, Jessica Flores, de pedir que Simone de Beauvoir quedara fuera de una selección de autoras que serían destacadas por la institución, abrió una discusión que no debiera reducirse a una pelea de redes sociales. Prodemu aclaró posteriormente que los libros de Beauvoir continúan disponibles en su Biblioteca de las Mujeres y que no existe una prohibición de su lectura. La explicación entregada fue que se buscaba dar mayor espacio a autoras chilenas.

Hasta ahí, podríamos decir que se trata de una decisión administrativa. El problema aparece cuando sabemos que, según se informó, la revisión de Beauvoir se realizó a partir de antecedentes encontrados en Wikipedia. Y aquí surge una pregunta bastante más seria: ¿desde cuándo una institución vinculada al desarrollo y promoción de las mujeres determina la pertinencia de una autora sin entrar en la profundidad de su obra?

Porque Simone de Beauvoir no es una desconocida. Su pensamiento forma parte de la historia intelectual del siglo XX y abrió discusiones fundamentales sobre la condición de las mujeres, la desigualdad, la autonomía y los roles sociales. Se puede estar de acuerdo con ella, discutirla, cuestionarla y hasta estar radicalmente en desacuerdo con algunas de sus ideas. Para eso existen los libros.

Y precisamente por eso me parece especialmente contradictorio estar en LIBER mientras en Chile discutimos si una autora merece o no ser destacada.

Aquí, en esta feria, el libro es un puente. Autores, editoriales, agentes, distribuidores y lectores intentando que las obras crucen fronteras. Libros que viajan porque las ideas también necesitan viajar. El libro tiene algo que a ciertos poderes les resulta incómodo: no obedece.

Un libro puede hacer que alguien piense distinto. Puede hacer que una mujer descubra que aquello que le dijeron que era normal no lo es. Puede hacer que un trabajador cuestione una injusticia. Puede hacer que un ciudadano mire al poder y pregunte por qué. Puede incluso hacer algo tan sencillo y peligroso como despertar la duda.

Por eso no me interesa convertir este episodio en una caricatura de censura. Los libros de Beauvoir siguen estando allí. Pero sí me preocupa la lógica que aparece detrás: esa necesidad de seleccionar, filtrar y decidir desde arriba qué pensamiento merece visibilidad.

Y aquí vuelvo a Kast.

Porque mientras su gobierno habla permanentemente de libertad, seguridad, orden y responsabilidad, también debiéramos preguntarnos qué entendemos por libertad. La libertad no consiste solamente en poder elegir entre dos candidatos, comprar un producto o caminar por una calle. También consiste en poder acceder a las ideas, leerlas, discutirlas y construir una opinión propia.

Un gobierno puede equivocarse en una política pública y corregirla. Puede equivocarse en una cifra y rectificarla. Pero cuando el poder comienza a sentirse con derecho a administrar las ideas, entramos en un terreno bastante más delicado. No necesitamos quemar libros para empobrecer una sociedad. A veces basta con dejar de recomendarlos. Basta con sacarlos de la vitrina. Basta con decir que determinada autora resulta incómoda, inconveniente o poco apropiada.

En tiempos de la dictadura los libros se quemaron. Hoy, afortunadamente, las cosas son bastante más sofisticadas. A veces simplemente se intenta que no estén donde los lectores puedan encontrarlos. Y eso debería preocuparnos venga de la derecha, de la izquierda o de cualquier otro lugar del espectro político.

Por eso, desde Barcelona, después de participar en LIBER y volver a comprobar que los libros siguen siendo uno de los grandes puentes entre personas, países y generaciones, me quedo con una idea sencilla: ante estos absurdos, hay que leer más.

Lean a Simone de Beauvoir. Lean a sus críticos. Lean a sus defensores. Lean aquello que incomoda. Y, sobre todo, lean antes de opinar. Porque quizá ese sea el verdadero problema, que algunos pretenden decidir qué debemos leer sin haber leído siquiera lo que quieren excluir. Y ahí sí que estamos frente a una pobreza que ningún presupuesto puede maquillar: La pobreza del pensamiento.

Así que, frente a quienes quieren administrar nuestras lecturas, solo tengo una recomendación: Lean. Lean mucho. Lean justamente aquello que les dicen que no lean. Porque un libro no es peligroso porque piense por nosotros. Es peligroso porque nos enseña a pensar sin pedir permiso.

Notas Relacionadas

Las más leídas

Últimas noticias