La seguridad se ha instalado como la principal preocupación de la ciudadanía durante el último tiempo, y justamente este nuevo ciclo político ha comenzado con la promesa de reducir la inseguridad. Sin embargo, ¿de qué hablamos cuando hablamos de seguridad?
Cuando la violencia de género es también un tema de seguridad
Reducir la seguridad al control del delito no solo es insuficiente, sino que invisibiliza las múltiples formas en que la violencia afecta la vida de las mujeres.
Los resultados de la Encuesta de Percepciones de las Mujeres sobre sus Condiciones de Vida y el País 2025, realizada por Corporación Humanas y el Observatorio de Género y Equidad ofrecen una radiografía clave del país para ampliar esta discusión desde la experiencia de las mujeres.
Para las mujeres, la seguridad no es una excepción: es una experiencia cotidiana. La teoría feminista ha demostrado que la violencia de género no es un problema aislado, sino una manifestación estructural que atraviesa la vida social. En esa línea, un 56% de las mujeres considera que la situación de la violencia ha empeorado, mientras que un 47% percibe que es más frecuente que otros delitos de alta connotación social.
Lejos de limitarse al espacio público, esta violencia se expresa también en la vida privada, siendo el hogar uno de los principales escenarios donde se manifiesta. Según cifras actualizadas del Ministerio Público, durante el 2025, solo en la Región Metropolitana ingresaron más de 78.100 denuncias por el delito de violencia intrafamiliar y en 2024, a nivel nacional, se registraron más de 182 mil delitos en dicho contexto.
Pero la inseguridad no se reduce a la violencia física. También se construye a través de patrones discriminatorios, exclusión y violencia simbólica. Hoy, el 85% de las mujeres considera que la discriminación es alta o media, identificando el espacio laboral como su principal expresión (57%).
A pesar de los avances normativos de las últimas décadas -fruto de la acción colectiva de los movimientos de mujeres-, la experiencia laboral sigue marcada por brechas salariales, penalización de la maternidad, acoso laboral y desvalorización del trabajo feminizado. Todo ello configura un escenario de inseguridad que limita la autonomía económica.
El carácter estructural de la violencia también se proyecta en el entorno digital. Las redes sociales son percibidas como espacios de desinformación (76%) y hostigamiento hacia las mujeres (63%), muchas veces orientadas a silenciar sus voces y restringir su participación en el debate público. En un contexto de expansión tecnológica, avanzar en políticas de seguridad digital no es accesorio: es una condición para garantizar la democracia donde las mujeres puedan participar libremente.
Hablar de seguridad es también hablar de salud sexual y reproductiva. Según la encuesta, un 48% de las mujeres está de acuerdo con permitir el aborto sin causales hasta las 14 semanas, lo que da cuenta de una demanda social relevante en materia de autonomía reproductiva. Porque decidir sobre el propio cuerpo también es una condición básica de seguridad: sin autonomía reproductiva no hay libertad real y sin libertad no hay seguridad posible. La seguridad, en este sentido, también es justicia social.
Reducir la seguridad al control del delito no solo es insuficiente, sino que invisibiliza las múltiples formas en que la violencia afecta la vida de las mujeres. La seguridad es poder vivir sin violencia en todos los espacios, es contar con condiciones laborales dignas, es participar sin miedo en entornos digitales y es decidir libremente sobre el propio proyecto de vida.
El desafío para las políticas públicas en este nuevo ciclo político es claro, se trata de incorporar esta mirada integral de la seguridad. De lo contrario cualquier otra estrategia que se impulse seguirá siendo parcial y dejará fuera la experiencia cotidiana de más de la mitad de la población.