Recientemente, la bancada de la UDI encabezada por Sergio Bobadilla, presidente de la Comisión de Educación de la Cámara, ha propuesto modificar parte de la Ley General de Educación, particularmente, los alcances curriculares de la asignatura de Historia, Geografía y Ciencias Sociales. La moción busca añadir el estudio de nuestra historia reciente, entre el 2019 y el 2022, para poner en discusión lo acontecido en Chile desde la Revuelta de Octubre y el Plebiscito del Primer Proceso Constituyente.
Si bien es plausible valorar la puesta en marcha de una adormecida discusión curricular respecto a nuestro pasado reciente, también permite abordar los alcances históricos de la propuesta. Es trascendental, en tanto ejercicio cívico y ciudadano, no dejar pasar el tren de esta discusión, toda vez que comienza a perfilarse como un debate soterrado por la agenda dominante.
En primer lugar, cabe resaltar que la historia reciente se concibe, siguiendo a Marina Franco y Florencia Levín, “como hija del dolor”. Para el caso de América Latina, la experiencia traumática se perfila a partir de las últimas dictaduras de la región. Sin embargo, tales traumas, marcados por sistemáticas violaciones a los Derechos Humanos se han reavivado en torno a los recientes estallidos sociales en distintos puntos del continente, siendo el chileno uno caracterizado por los traumas oculares. Por lo tanto, es un campo complejo y controversial, atravesado por una dimensión moral y ética que se ve deslucida bajo el actual contexto global y local.
Este punto es aún más interesante si examinamos el relato de la UDI y partidos afines, respecto a estos temas. Repetidamente, la tienda de Suecia se encargó de banalizar las violaciones a los Derechos Humanos en dictadura, justificando el accionar militar y velando el carácter estructural de tales crímenes, al sostener la existencia de excesos de los bandos medios y al erigir un relato histórico marcado por crisis institucionales. Si vamos a nuestro pasado aún más reciente, son resonantes las declaraciones de la colectividad y de algunos militantes del sector que tienden a tergiversar la narrativa de algunos casos, justificar la violencia del Estado de fines del 2019 e, incluso, negar la sistematicidad de estos abusos.
Por tanto, ¿de qué forma se busca instalar en la discusión escolar esta coyuntura?, ¿qué relato se pretende concebir, en términos curriculares, al agregar estos temas y esta temporalidad al estudio de la Historia y las Ciencias Sociales? La bancada aseveró que la iniciativa no trataba de “imponer una interpretación ni de reemplazar una mirada ideológica por otra, sino de entregar todos los antecedentes para que sean los mismos estudiantes quienes conozcan los hechos, revisen lo que ocurrió” y saquen sus propias conclusiones.
Esta perspectiva “objetiva” y “desideologizada” oculta que, detrás de cualquier currículum, existe una ideología curricular que apunta a una formación específica de ciudadano/a, la cual se concibe a partir del consenso entre quienes se encargan de definir los parámetros de nuestros programas. Concebir el currículum sólo como un instrumento técnico y distante de cualquier ideal político, puede ser una potencial fantasía conjurada en torno a una propuesta que pretende instalar una forma de ver nuestra historia reciente.
Asimismo, es llamativo el corte temporal que se pretende incluir, cuyo cierre es el primer plebiscito de salida, donde triunfó el Rechazo. De esta forma, se invisibiliza el acontecer del resto del proceso constituyente, en tanto no se consideran, entre otros pormenores, el segundo proceso configurado por una Comisión Experta, un Consejo Constitucional Electo y un Comité Técnico de Admisibilidad.
A su vez, los parlamentarios enfatizaron que tal marco temporal significó un grave “riesgo institucional” atravesado por actos de “extrema violencia y vandalismo”. Por lo mismo, los diputados afirmaron que las futuras generaciones “deben saber lo que ocurrió durante una de las épocas más complejas y oscuras que ha enfrentado nuestro país en las últimas décadas”.
Si bien hubo un aumento generalizado de la violencia y la polarización, lo cierto es que la propuesta se instala con un sesgo que invita a pensar el período en categorías negativas y de ruptura institucional, más que un fallido proceso de soberanía popular, devenido de la institucionalización de las causas que configuraron el despertar social. La moción también se concibe bajo un relato que pretende situar la díada paz social-violencia como el eje del periodo, vaciando el carácter estructural de la violencia y de las violaciones a los Derechos Humanos, así como también el contenido político de la movilización social.
Muchas de estas discusiones académicas se pueden abordar desde las categorías y objetivos que propone la asignatura Comprensión Histórica del Presente. Sin embargo, ésta es electiva, razón por la que su impacto es limitado y oblitera estos debates para una buena parte del estudiantado, siendo que su inclusión tributa ampliamente a los propósitos conceptuales, procedimentales y actitudinales que establecen nuestros programas.
Así, la propuesta gremialista pone en la palestra los alcances y narrativas que se configuran detrás del consenso curricular. No solo invita a pensar en los lineamientos de la formación histórica y ciudadana de nuestros estudiantes, sino que también en los marcos temporales de nuestra asignatura, la cual concentra gran parte del estudio del siglo XX en solo un año académico, obliterando una rica cantidad de debates y reflexiones fundamentales para enriquecer nuestro tiempo y nuestra escuela.