-¿Qué pregunta le hubiera hecho usted al canciller?
Creo que faltó la pregunta más importante: el riesgo de una ideologización de la política exterior chilena en estos seis meses. Todos sabemos que hay una afinidad política e ideológica entre el presidente José Antonio Kast y el presidente Donald Trump, que es el jefe de esta ultraderecha internacional.
Ahí están Nayib Bukele en El Salvador, Javier Milei en Argentina y lo que fue Jair Bolsonaro en Brasil, condenado a 27 años de presidio por intento de golpe de Estado. Y sus sucursales en Europa, como Viktor Orbán, una persona muy cercana al presidente Kast durante muchos años, a quien fue a visitar en febrero por tercera vez en los últimos años.
Recordemos que Orbán, el primer ministro de Hungría, fue el verdadero autor y precursor de esta ultraderecha internacional. Partió en 2010 con Fidesz, su partido, y acuñó el concepto de democracia iliberal. Afortunadamente, fue derrotado electoralmente hace unos meses.
Pienso que el principal peligro para la política exterior chilena, entendida tradicionalmente como una política de Estado, es esta ideologización en la era Trump. Y eso estuvo ausente.
El rol de Chile Vamos
-Orbán fue derrotado por una derecha más democrática. Usted, que ha conversado mucho con la derecha tradicional de Chile Vamos, ¿está decepcionado? Ese sector adscribía a una mirada de Estado, menos ideologizada, en política internacional, pero hoy está bastante mudo.
Yo hubiese esperado de esa derecha tradicional o convencional de Chile Vamos algo parecido al rol del socialismo democrático en el gobierno del presidente Boric. Recordemos que Boric era inicialmente el candidato del Partido Comunista y del Frente Amplio, de Apruebo Dignidad.
La incorporación de Mario Marcel como ministro de Hacienda y, después del fracaso de la Convención Constitucional el 4 de septiembre de 2022, de Carolina Tohá como ministra del Interior le dio protagonismo al socialismo democrático. La jefa política del gabinete era del PPD y el jefe económico, del Partido Socialista. Jugaron un rol muy importante.
En cambio, fíjese en Chile Vamos ahora, la llamada "derechita cobarde". A propósito, esa expresión no es ninguna invención del Partido Republicano: la creó Santiago Abascal, de Vox, respecto del Partido Popular en España. Aquí nada es muy original.
Yo hubiese esperado un mayor protagonismo. Piense usted que, de 24 ministros, Renovación Nacional tiene uno, José García Ruminot. Y la UDI, otro: Claudio Alvarado. Eso es todo.
Hay 16 ministros independientes, técnicos. Es una vieja cuestión en la derecha chilena, desde Jorge Alessandri: el gobierno de los tecnócratas, de los gerentes. El primer gobierno del presidente Piñera tuvo algo de eso y debió hacer cambios a mitad de camino. Hay muy poca incidencia de Chile Vamos en este gobierno, que es el gobierno del presidente Kast y del Partido Republicano.
-Pero tienen una presencia importante en el Congreso.
Sí, y han sido bien leales en estos seis meses, a pesar de los muchos traspiés. La primera crisis de gabinete fue a los dos meses, cuando salieron la ministra de Seguridad y la vocera. Después salió la ministra del Deporte. Tres mujeres.
A pesar de todo eso, y de la crisis por la tramitación de la reforma constitucional sobre seguridad, que es aberrante desde el punto de vista jurídico, creo que Chile Vamos ha sido bastante leal. Pero tengo la impresión de que Renovación Nacional se está empezando a preocupar.
-En materia internacional hemos visto problemas de soberanía con Argentina y el tema del Escudo de las Américas. Y hay un asunto más amplio: el posicionamiento de Chile en un mundo en transición desde la hegemonía estadounidense hacia uno multipolar, con China, India y los BRICS. Uno esperaría que la mirada más tradicional de Chile Vamos ayudara a poner paños fríos.
Volvemos al tema de la ideologización. La apuesta de este gobierno en política exterior era que la afinidad política e ideológica del presidente Kast con Donald Trump y con Javier Milei iba a facilitar las cosas. Y miren lo que ha ocurrido.
Trump castiga a Chile y golpea su economía con una sobretasa arancelaria de 12,5%. Imagínese lo que habría pasado si eso hubiera ocurrido bajo el presidente Boric. Trump ha maltratado a Chile y a su amigo, aparentemente, José Antonio Kast de una manera brutal. Y eso, cuando Estados Unidos tiene superávit comercial con Chile y sus bienes entran al país con cero arancel por el Tratado de Libre Comercio.
Y en el caso de Argentina, ¿para qué decir? Llevamos tres o cuatro meses dando explicaciones y enviando notas diplomáticas de protesta por el Estrecho de Magallanes, todo mezclado con el Foro Madrid en Santiago. Esa resultó ser una apuesta muy equivocada.
En política exterior no se trata de afinidades políticas o ideológicas, ni de amigos o enemigos. Donald Trump ha sido bien honesto: ha dicho que no tiene amigos ni enemigos, que tiene intereses. Subordina y humilla al resto de los países, a Canadá, a Europa. Chile no escapa a esa realidad.
Espero que el gobierno del presidente Kast, especialmente en política exterior, que siempre tiene que ser una política de Estado, asuma este desengaño respecto de una falacia: que la afinidad política e ideológica o la supuesta amistad facilitan las cosas. Con esos amigos, yo no necesito enemigos.
Estados Unidos, Argentina y la capacidad disuasiva
-Hace unas semanas conversamos con Francisco Vidal, quien recordaba que Chile nunca debe perder su capacidad disuasiva, porque cuando hay crisis económicas en Argentina, Perú o Bolivia se tiende a mirar el conflicto con Chile como un factor que aplaca la convulsión interna. A Argentina no le está yendo bien. ¿Es correcto pensar que, en un eventual conflicto, Estados Unidos apoyaría más a Argentina que a Chile?
La relación entre Donald Trump y Javier Milei es mucho más sólida que la de Trump con Chile. Yo creo que Trump ni siquiera sabe dónde queda Chile. Le prestó 20.000 millones de dólares a Argentina y entiendo que ahora le está prestando otros 7.000 millones para un tema ferroviario, a cambio de soberanía.
Al presidente Milei no le está yendo bien en lo económico, salvo en la reducción de la inflación, que fue de 1% y algo más en agosto. Recibió de Alberto Fernández un país con 300% de inflación, tras 70 años de peronismo, proteccionismo y todo ese modelo fracasado. Hoy tiene una inflación de 30%, no de 300%, y superávit comercial y fiscal.
Pero la gente no come de superávit fiscal y comercial. El desempleo y la pobreza están terribles. Entonces Milei recurre al chovinismo nacionalista, tan típico en muchos países, con el tema de las Malvinas, para tratar de aumentar su popularidad. Lo ha hecho en las últimas dos semanas, y eso también repercute en Chile.
Es un escenario internacional muy complejo, sobre todo por Estados Unidos, pero también en lo vecinal. La situación geopolítica vecinal de Chile nunca ha sido fácil: dos de nuestros tres vecinos han tenido guerras externas en los últimos 50 años. Argentina, por las Malvinas, y Perú, con Ecuador, por el Cenepa en los años noventa.
Efectivamente, Chile siempre tiene que asentar su elemento defensivo y disuasivo. Pero esto no es solo sistemas de armamento. En 200 años, la política exterior chilena ha tenido dos vías convergentes: el elemento defensivo-disuasivo y el diplomático, desde Andrés Bello, a mediados del siglo XIX, hasta hoy. Esa ecuación no debe perderse.
-Como excanciller y también como profesor, ¿qué nota le pondría a este gobierno en esas dos líneas, la diplomática y la disuasiva?
Más que una nota, creo que hay más déficit que superávit. Y no es que yo esté mirando el vaso medio vacío. Usted sabe la cantidad de problemas que hemos tenido desde el 7 de marzo, cuatro días antes de que asumiera el presidente Kast.
Ese día fue la reunión del Escudo de las Américas en el resort de Donald Trump en Florida, donde reunió a 12 países amigos y nos metió en esta iniciativa, que es una expresión del afán hegemónico de Estados Unidos en América Latina. Entre Estados Unidos, Argentina y el Escudo de las Américas se ha ido buena parte de las energías de estos seis meses.
Bachelet y el valor de los expresidentes
-Ayer se realizó en el Teatro Municipal de La Pintana un importante acto para reconocer a Michelle Bachelet. Pero la diputada republicana Macarena Santelices llevó a Contraloría el uso del recinto, y lo calificó como un "premio de consuelo". ¿Cómo ve la situación de la expresidenta, apoyada por un amplio espectro de la oposición, pero cuestionada desde el oficialismo?
Siempre he pensado que los expresidentes de Chile, de cualquier color político, son un gran acervo del país. Son instituciones, y todos han cumplido un rol muy importante al servicio de Chile y de su posicionamiento internacional.
Yo fui parte del comité asesor de la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de Naciones Unidas, junto a otros excancilleres. Quiero resaltar la tremenda energía y generosidad que tuvo al aceptarla, porque fue más un tema de convicciones que de cálculo electoral.
Siempre supimos que era cuesta arriba, porque el tema de Estados Unidos estaba ahí. Y luego vino el retiro del patrocinio del Gobierno de Chile, algo que muchos países hasta hoy no entienden. Fue la candidatura de Brasil y México, que representan la mitad de la población y del producto de América Latina. Fue casi una candidatura de América Latina.
Ella lo dijo en una entrevista, y en nuestras conversaciones siempre estuvo presente: lo hacía por convicción, por la necesidad de levantar ciertas banderas. El apego al derecho internacional y a los tratados, la solución pacífica de las controversias, la paz y la seguridad, que es la razón de ser de Naciones Unidas desde la Carta de San Francisco de 1945, los derechos humanos y el desarrollo sostenible.
La primera pregunta que nos hacían todos los embajadores y cancilleres era: "Explíqueme por qué el Gobierno de Chile le quita el patrocinio a la candidatura de Chile". Nosotros guardábamos cinco segundos de silencio. ¿Qué íbamos a hacer? Había que decir que era una razón política.
Creo que este homenaje es muy merecido. Ella está plenamente vigente, es joven: acaba de cumplir 75 años y yo tengo 70, la siento de mi generación. Le queda mucho por delante, y es ella quien decide. Y el presidente Gabriel Boric tiene 40 años.
Fue también el caso de Sebastián Piñera, de lo que hizo Patricio Aylwin y de lo que ha hecho Eduardo Frei como enlace con el Asia Pacífico. Hay que cuidar a los expresidentes, porque tienen mucho que aportar al país.
*Recuerda que puedes ver la entrevitsa completa acá o en el canal de Youtube de El Desconcierto, donde nos puedes dejar tus comentarios y opiniones.