domingo 04 de octubre de 2026
Entrevista

Fernando Estenssoro: "Aliarse con Estados Unidos es aliarse con el Titanic: se está hundiendo"

El académico de la Universidad de Santiago de Chile, Fernando Estenssoro, analizó el fin de 500 años de hegemonía occidental en el contexto de su nueva publicación: "La caída del águila y el fin de Occidente. Los desafíos de América Latina y el Caribe en el nuevo orden mundial".

4 de octubre de 2026 - 09:00

El académico del Instituto de Estudios Avanzados (IDEA), Fernando Estenssoro, acaba de publicar La caída del águila y el fin de Occidente. Los desafíos de América Latina y el Caribe en el nuevo orden mundial. El libro está coeditado por CLACSO y la Universidad de Santiago de Chile (USACh), el que ya circula en formato digital y pronto llegará al papel.

Estenssoro conversó con El Desconcierto sobre su tesis central y cómo se traduce en la coyuntura regional, en un contexto nacional marcado por la adhesión de Chile al Escudo de las Américas y los cuestionamientos al canciller Francisco Pérez Mackenna, cristalizados en una interpelación inédita en el Congreso.

El fin de 500 años de hegemonía occidental

-¿Por qué decidió escribir este libro y qué pregunta quiso responder con él?

Tras años de proyectos de investigación, llegó un momento en que ya me había formado una idea. Tenía parte de la respuesta a la pregunta que me hice en un principio. Además, veía que los acontecimientos del planeta me estaban dando la razón. Por eso me enclaustré en todo esto que veníamos planteando, incluso en espacios de difusión en medios de comunicación como este.

Me di cuenta de que tenía todo un planteamiento y de que era importante ordenarlo y ponerlo por escrito. La pregunta fue esta: Se están produciendo profundas transformaciones en las relaciones de poder del orden mundial, cosas que antes no habíamos visto. ¿Qué pasa con nosotros en estas transformaciones? ¿Qué pasa con América Latina, con Sudamérica, con nuestros países? ¿Qué pasa con nuestros intereses y con nuestro destino?

-Partamos por la premisa del título: la caída del águila y el fin de Occidente. Plantea que esta no es una crisis más, sino el punto final de un periodo de 500 años. ¿Cómo caracteriza este periodo de medio mileno, y a partir de qué signos lee su fin?

Yo me sitúo entre los analistas que decimos que la decadencia de Estados Unidos no es relativa, sino absoluta. Y no tiene vuelta atrás, porque la historia no tiene vuelta atrás. No depende de nuestras intenciones, sino de fenómenos objetivos.

Pero esta decadencia es solo la punta del iceberg de un fenómeno mayor, que nunca habíamos experimentado. No lo vivió nuestra generación ni las pasadas. Tampoco quienes fundaron las escuelas de relaciones internacionales y de geopolítica, a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Por eso hay tanta incertidumbre, tanto desconcierto. Lo que está decayendo no es solo Estados Unidos: son 500 años de hegemonía occidental. Ese es el vértice del planteamiento que intento demostrar en esta obra.

Las relaciones de poder mundial siempre están cambiando. Pero durante mucho tiempo se mantienen relativamente estables, sobre todo cuando hay una potencia que manda y define las reglas. Llega un momento en que los cambios son cada vez más fuertes. Entonces empieza a desmoronarse un orden que creíamos eterno.

Algunos colegas sostienen que la supremacía de Occidente lleva solo 200 años. Según ellos, empezó con la Revolución Industrial y con el auge del liberalismo y del Estado nación. Desde mi perspectiva sistémica, eso no es así.

Para mi este ciclo parte con los viajes de conquista y descubrimiento de los europeos, castellanos y portugueses. Ellos buscaban hacerse del negocio de las especias, que estaban en Asia, en la India, en un mundo lejano. Ese comercio, muy lucrativo en Europa, pasaba por la ruta de la seda y por territorios controlados por los musulmanes.

Con la expansión europea, motivada por un capitalismo mercantil y por el afán de lucro: hacerse del negocio de las especias, ahí comienza también nuestra historia como América Latina. Colón se topa con América y cree que llegó a las Indias. Los portugueses bordean África, llegan al Índico y también se topan con Brasil.

Eran los dos grandes imperios católicos, las dos perlas del Papa frente a los protestantes que se estaban insurreccionando. Y empiezan a pelearse: ¿de quién es esto? Ahí viene el Tratado de Tordesillas, con el aval del Papa: hacia el oeste, para España; hacia el este, para Portugal. Después la línea la tuvieron que arreglar los cartógrafos españoles y portugueses. Pero el mundo quedó dividido en dos, porque el Papa no quería que sus dos principales aliados se pelearan.

Uno divide o reparte algo cuando considera que es suyo. En la mentalidad europea, el mundo era de ellos. Con su expansión estaban cumpliendo la labor de Dios: una parte era el negocio y otra, la evangelización. Finalmente conquistan y dominan todo el continente americano. Empiezan a posicionarse en África y en los países asiáticos en la medida en que pueden.

Al periodo portugués y castellano del siglo XVI le sigue la potencia del siglo XVII, Holanda. Los holandeses le quitan Pernambuco a Portugal , en Brasil, y sus colonias en África. Portugueses, castellanos y holandeses están en un proceso de expansión, conquista y colonización, y además de enriquecimiento. Pero en la India se topan con una tremenda dinastía. En Japón está el shogunato, una tremenda dinastía a la que no era llegar y pegarle.

Así que les pegan a los que pueden, a los chiquititos. Se apoderan de sultanatos pequeños, y los holandeses se quedan con lo que sería Indonesia. Las dinastías asiáticas eran muy cultas y muy ricas, pero no eran ellas las que se estaban expandiendo por el mundo. Los que se expandían eran los occidentales, los europeos.

En el siglo XVIII llega la Revolución Industrial y la nueva potencia europea hegemónica: el Imperio británico. Cambia la estrategia, porque ahora sí tiene poder, armas y cañones. Se mete en América del Norte y en África, y conquista la India. Los más duros que le habían salido eran los chinos, y en el siglo XIX los cañonea y los pone de rodillas.

A los japoneses no los pone de rodillas porque llega primero su socio, su hermano menor: Estados Unidos, ya independizado y en su propia época imperial. Los estadounidenses cañonean a los japoneses y los doblegan a cañonazos.

Este ciclo hegemónico nace en Europa con portugueses y castellanos y sigue en ascenso con los holandeses. Llega a su apogeo después de las guerras napoleónicas, con el Imperio británico. Esa etapa más brillante va más o menos de 1815 a 1945 y es un periodo anglosajón. Después de la Segunda Guerra Mundial, la hegemonía pasa de Gran Bretaña a Estados Unidos.

Estados Unidos ya había entrado al concierto de potencias europeas del siglo XIX. Por eso empezamos a hablar de Occidente y ya no de Europa: se incorpora a las potencias imperiales que se reparten el planeta. Ese apogeo dura hasta 1971, cuando Estados Unidos ya no puede mantener la paridad del dólar. Ese es el hito que empieza a marcar el declive de este largo ciclo, que tuvo nacimiento, desarrollo, apogeo, declinación y fin. Es un ciclo vital.

Hoy decimos que Estados Unidos es el último hegemón de Occidente, entendiendo por Occidente a Europa y la América anglosajona. Por eso la declinación de su poder es, a la vez, la declinación del ciclo hegemónico occidental.

Trump y la guerra interna de las élites

-¿Qué pasa con nuestro continente en un escenario tan convulso y tan nuevo?

Ese es el gran problema. Hablemos en simple: pensemos en los que tienen el poder económico en nuestros países, los que mandan. Desde chiquititos fueron a colegios donde les enseñaron alemán, francés o inglés. Y su mamá les dijo: "Si quiere triunfar en la vida, tiene que irse a Estados Unidos. Vea cómo lo hacen allá, vea cómo lo hacen en Europa". Ahí buscan la solución. Hoy se están despertando y descubren que ese modelo se está muriendo.

Por eso prefiero no analizar tanto la coyuntura, sino ver la tendencia. Están pasando tantas cosas que los árboles no nos dejan ver el bosque. Pero cuando uno une las piezas que parecen sueltas y arma el rompecabezas, se empieza a dibujar el panorama. El mundo occidental, la civilización cristiana occidental o como quiera llamarlo, está en caída en sus relaciones de poder y de dominio.

Es muy difícil aclarar esto, porque estamos en medio del torbellino. Hay que hacer un ejercicio de abstracción, porque nosotros también estamos insertos en este proceso. Mire lo que está pasando con el Escudo de las Américas.

¿Por qué aparece Trump? También lo explico en el libro. Trump responde a un proceso que vive Estados Unidos, y eso demuestra que la crisis es real, que hay datos objetivos. Al interior de sus élites gobernantes hay una suerte de guerra interna. Las élites que gobernaban desde 1945 también están quebradas, con republicanos, demócratas y sus distintas facciones. Cuando se dan cuenta de la crisis, después de la crisis subprime, no tienen una política clara.

Trump es el reflejo de esa guerra interna. Responde a un grupo que se dio cuenta de que la globalización neoliberal era una estupidez: pan para hoy y hambre para mañana, como decimos en Chile. Se dice que ese grupo ya se lo advirtió en los años 90 a Bush padre y después a Clinton. Les dijo que estaban empezando a sentir los síntomas del desgaste que viven todos los grandes imperios, que tienen nacimiento, desarrollo, auge, declinación y fin.

Pero, por otro lado, aparecieron los partidarios del fin de la historia. Traían esa suerte de mesianismo religioso presente en una parte importante de la cultura estadounidense: el pueblo elegido de Dios, el destino manifiesto. Eso funciona mientras las cosas van bien, pero deja de funcionar cuando empiezan a ir mal. En los años 90 y en la primera década de los 2000, criticar era de locos, porque había quedado una única potencia mundial.

En ese marco, muchos se arrimaban al poder, como siempre lo han hecho en América Latina. En el siglo XX, las élites, sobre todo las económicas, fueron todas proestadounidenses. Se aliaban con Estados Unidos, trabajaban para Estados Unidos y le vendían a Estados Unidos. Así ganaban dinero y administraban las parcelitas que tenían acá en Sudamérica.

El gran tema era la lucha contra el comunismo. Pero en América Latina no llegó a la presidencia ningún miembro del Partido Comunista, ni uno. Salvador Allende tampoco lo era. El tema de fondo era otro: que no vinieran los impuestos ni la redistribución social, que no les quitaran parte del pastel. Hablo en términos de poder y de geopolítica, no de filosofía política.

El problema es que ahora muchos se están dando cuenta de que el árbol al cual se arrimaron se está transformando en un arbusto. Esa es la gran confusión.

Por un lado, aparece la reacción violenta de un sector de esa élite, dirigido por Donald Trump. Ese sector dice que ya no le sirven el orden liberal internacional, la defensa de los derechos humanos ni las Naciones Unidas que inventaron en 1945, cuando estaban en la cúspide. Considera que la situación es demasiado grave. Entonces, nada de democracia: hay que actuar con la fuerza, que es lo último que les queda. Para nosotros, eso se traduce en algo grave: una política de recolonización.

La Doctrina Monroe existe desde 1823. La interferencia de Estados Unidos en los asuntos internos de América Latina la hemos tenido desde el siglo XIX y durante todo el siglo XX. Panamá es un país independiente porque Estados Unidos se lo quitó a Colombia.

¿Qué ocurre ahora? Trump dice: dejémonos de cuentos con la democracia y los derechos humanos, porque si seguimos así estamos perdidos. Hay que actuar, ocupando militarmente estos países, porque ya tenemos a los chinos metidos en nuestro patio trasero. Por supuesto, otros sectores de las élites estadounidenses dicen que eso no puede ser, y están peleados. Pero eso es producto de la declinación: la caída de Estados Unidos ha quebrado el consenso de sus élites en política exterior.

Recolonización y el Escudo de las Américas

-Le propongo una disyuntiva: ¿Estados Unidos es hoy el mafioso que les cobra protección a los almaceneros del barrio? ¿O ese barrio, con Noboa, Bukele o Milei, está pasando a ser directamente parte de la mafia que lo apoya? ¿Es una relación de extorsión o de adhesión?

Su pregunta tiene dos sentidos importantes. Primero, esta caída es un planteamiento teórico, pero el mundo no funciona en base a teoría, sino a política concreta. Lo que intento explicar es cómo este fenómeno se traduce en política concreta. La política exterior de Estados Unidos está cambiando por esta razón.

Trump dice: estamos arruinados, estamos quebrados, se me fue toda la industria. ¿Hacia dónde miran quienes lo apoyan? A China, a Oriente: ese es el peligro. Su razonamiento es este: yo he mantenido todo el orden liberal del que se han beneficiado los europeos, los japoneses y los surcoreanos. Pero estoy endeudado, no tengo industria y no tengo de dónde sacar plata. Más encima, los chinos crecen y en cualquier minuto me van a pasar la cuenta.

Entonces Trump está desesperado. Quiere recaudar, recaudar y recaudar, y a sus aliados y socios les dice: ahora ustedes me pagan. Es gangsterismo. Con sus aliados sudamericanos actúa igual. En el fondo no necesita aliados, sino empleados, literalmente. Les pide que no negocien con China y que negocien exclusivamente con Estados Unidos.

El problema es que Estados Unidos no puede comprar todo lo que se le vende a China. Tampoco tiene la plata para invertir lo que los chinos están invirtiendo acá. Lo único que tiene es deuda, y cada vez que emite dólares, el dólar se diluye. Algún día las abuelitas, como digo yo, se darán cuenta de que conviene más ahorrar en yuanes que en dólares. Ese día, Estados Unidos se transformará en un país del tercer mundo, sin plata para pagar su deuda. Estados Unidos vive de un sueño, y los economistas lo saben.

Ahora, se dice que Estados Unidos nunca va a reventar porque lo respaldan sus cañones, sus portaaviones y sus misiles. Pero los iraníes acaban de demostrar que, con unos avioncitos que valen 10 o 15 mil dólares, pueden poner en jaque a un portaaviones que vale 10.000 millones de dólares. Todos están mirando y concluyen que parece que ya no es tan fuerte como antes. Entonces piensan que a lo mejor no les conviene tener su platita en dólares.

¿Y qué pasa si los chinos deciden vender todos sus bonos de deuda estadounidense? Los grandes inversionistas también están mirando, y se están refugiando en el oro. Sacan sus dólares y compran oro. Eso es lo que estamos viviendo, y ya ha pasado en otras épocas de la humanidad.

-Y justamente, ¿como ve la posición de China en todo este escenario con América Latina y El Caribe?

Trump tiene a sus aliados porque está aplicando una política, pero no es para nada consistente. Bolsonaro también habló contra los chinos, pero mandó a su vicepresidente, que era un general, a negociar con China. Dependían de que los chinos les compraran soya. Milei dice lo mismo. Es medio esquizofrénico: habla una cosa y su política dice otra, porque con Milei el comercio con China ha aumentado de manera increíble.

¿Cuál es el problema que tenemos acá en Chile? ¿Por qué interpelaron al ministro de Relaciones Exteriores? Por el Escudo de las Américas. El Escudo de las Américas no tiene nada que ver con el narcotráfico: ese es el cuento para engañar a la gente. En el Escudo de las Américas, Estados Unidos dice a qué países Chile le compra y a qué países le vende. Si negociamos con China, Estados Unidos considera que atentamos contra su seguridad.

Eso es establecer un protectorado, como el que estableció en Venezuela, a la que recolonizó. ¿Cómo salimos del entuerto? Ese es otro problema, un problema político.

-¿Y que se puede proyectar al respecto en el corto plazo?

En nuestro día a día nos enfrentamos a una política exterior estadounidense absolutamente errática. No sabemos cómo va a continuar ni qué pasará si Trump pierde la elección de medio término. Tampoco sabemos si se le hará un juicio político o quién ganará la próxima elección: ¿un heredero de Trump o no? Por eso digo que, en tiempos de turbulencias tan profundas, hay que tener calma. No nos compremos los discursos, porque Estados Unidos también inventa discursos en su beneficio.

El problema lo tienen China y Estados Unidos. Nosotros no tenemos ningún problema con los chinos. Los chinos no le dicen a nadie que se haga comunista como ellos: con China es comercio y punto.

Lo que vivimos es producto de esta esquizofrenia política. Nosotros hemos sido países periféricos. Parte de nuestras élites políticas siempre ha visto a Estados Unidos como el gran líder. No alcanza a entender que ese gran líder del pasado es hoy un viejito con alzhéimer, arteriosclerótico y esquizofrénico, cuya mano izquierda pelea con la derecha. Aquí mucha gente todavía no entiende lo que está pasando. Cree que esto es como la Guerra Fría y que apoyar a Trump es como combatir al comunismo. Pero el comunismo dejó de existir hace décadas.

"Nosotros somos el menú"

-En el libro plantea que en toda este caos hay una oportunidad: avanzar hacia una unidad latinoamericana. Pero al mismo tiempo surge el Escudo de las Américas y aparecen en la región gobiernos iliberales o cercanos a lo iliberal. Mirando los grandes procesos más que la coyuntura, ¿cómo proyecta esa posibilidad de unidad?

Las crisis pueden ser malas para unos y buenas para otros. Una crisis es un periodo de cambio, de desajuste de un tipo de realidad. Va a depender de lo que hagamos nosotros: si la aprovechamos o si terminamos peor. Ese es el punto.

Efectivamente, fuimos privilegiados por la naturaleza con recursos naturales y biodiversidad. Además, somos pocos. Desde México hasta la Patagonia somos unos 600 millones, y en América del Sur somos solo 400 millones. No somos ni la mitad de China ni la mitad de la India. Somos poquitos en un territorio riquísimo, con mares riquísimos. Además, el Cono Sur es la región más cercana a la Antártica.

América Latina ya es un botín de recursos naturales y biodiversidad, y la Antártica es el último almacén intocado. Eso, en un mundo que crece, con una clase media asiática cada vez más demandante y con recursos que se están agotando. Más encima, tenemos minerales fundamentales para las nuevas tecnologías digitales. Somos riquísimos en eso, pero somos poquitos y estamos desunidos.

Fíjese en los aspirantes a este orden multipolar, los BRICS. Están China e India, los dos países más poblados del planeta, además de Rusia, Brasil y Sudáfrica. Para mí, las verdaderas potencias en torno a los BRICS son solo China, India y Rusia. Son Estados de tamaño continental, con mercados gigantescos, sobre todo China e India. Tienen desarrollo industrial acelerado y altamente tecnologizado, y suficiente armamento nuclear. El poder duro es clave para jugar en las grandes ligas. Por eso Brasil y Sudáfrica salen de esa ecuación.

Otros dos actores podrían integrar este orden multipolar si llega a consolidarse. Uno es Estados Unidos, que también es un Estado continente, riquísimo, y que ha sido la primera potencia del mundo. Está en declinación, pero seguirá siendo una gran potencia: lo que está perdiendo es la hegemonía. El otro es Europa, una Europa unida.

Si prima la racionalidad, estos cinco actores se pueden sentar a la mesa del poder y repartirse el pastel. ¿Y cuál es el pastel? Nosotros: América Latina, la Antártica y África. En geopolítica hay un dicho muy antiguo: cuando no estás invitado al almuerzo, es porque estás en el menú. Nosotros somos el menú. Ese es mi planteamiento.

Esos son los hechos objetivos, y no se arreglan haciéndose el buenito con A, con B o con C. Todos ellos necesitan nuestros recursos si quieren seguir escalando en el poder mundial. ¿Hay recursos en otros lados? Sí, en Asia. Pero es el continente más poblado y, además, ¿quién se va a meter ahí si tienen bombas atómicas? Acá, en cambio, es llegar y entrar.

Queramos o no, podemos transformarnos en el sur absoluto, la periferia permanente del nuevo orden multipolar una vez que se consolide. Hoy estamos en un proceso en que lo viejo no termina de morir. La hegemonía estadounidense está muriendo, pero no termina de morir. Un orden multipolar está naciendo, pero no termina de nacer. Y en ese interregno, como decía Gramsci, aparecen los monstruos.

Por eso los especialistas hablamos de un interregno hegemónico. Pero esto alguna vez se va a terminar, porque no se puede vivir eternamente en un interregno. Cuando se despeje la niebla, vamos a ver a estos grandes colosos, Estados de dimensión continental. Varios de ellos ni siquiera se consideran Estados nacionales, sino Estados civilización. China dice en su nuevo discurso que no es un Estado, sino una civilización.

La India dice lo mismo: que es una civilización antiquísima, que va más allá de sus fronteras, hacia Bangladés, Pakistán e incluso Estados Unidos. Los rusos se ven como la civilización ortodoxa, eslava y euroasiática. Estados Unidos y Europa se ven como la civilización occidental. Todas estas civilizaciones tienen áreas de influencia y se reparten el planetita por su seguridad. El problema es que nosotros somos el espacio repartido.

Unidad latinoamericana: "Podemos hacer una OPEP del litio"

Frente a esta situación, si la aprovechamos bien, tenemos lo que ellos necesitan. Moros y cristianos necesitan nuestros recursos. Lo importante es que sepamos defenderlos, negociar bien y usar esa negociación en función de nuestros intereses.

Pero ¿cómo vamos a hacerlo como países individuales, con ese ideal westfaliano con el que nacieron nuestras repúblicas? ¿Qué puede hacer Chile frente a estos colosos cuando todos se pongan como se está poniendo Estados Unidos? ¿Qué van a hacer Bolivia, Argentina o Perú? Incluso Brasil, el quinto país más grande del mundo, tiene una población importante, pero es un país subdesarrollado y desarmado. ¿Dónde están sus armas atómicas?

¿Cuántas veces han dicho, hasta los franceses, que les van a quitar la Amazonía? Les dicen que son unos bárbaros, que la están quemando, que la Amazonía es un bien público mundial. ¿Qué significa eso? Que se la quedarán los franceses. Y si no son los franceses, serán los británicos. Habrá una pelea por la Amazonía, y lo único claro es que no será de los brasileños. Esa es nuestra realidad.

Si no nos unimos, estamos perdidos: vamos a ser literalmente recolonizados. Mire lo que pasó con Venezuela y la lucha contra el narcotráfico. El propio Trump dijo que era una excusa y que el tema era el petróleo. Hoy Venezuela ni siquiera administra su petróleo: se lo vende a Estados Unidos, y Estados Unidos le entrega la plata que quiere. Eso es un protectorado, una recolonización. Ya no en sentido figurado: es literal. ¿Y qué dice el embajador de Estados Unidos? Nada de negocios con los chinos.

Pero si nos unimos, somos un poder importante. No digo que nos transformemos en un solo Estado, sino que nos coordinemos y defendamos nuestros intereses. ¿Por qué no podemos hacer una OPEP del litio? Los países petroleros hicieron la OPEP, y mire cómo crecieron. Nosotros podemos hacerlo con Argentina y Bolivia.

Con Perú podemos hacer lo mismo con el cobre. Nosotros somos los principales exportadores y Perú también es un gran exportador. Nos ponemos de acuerdo con los peruanos y empezamos a controlar el mercado del cobre. Brasileños y argentinos pueden hacer lo mismo con el mercado de la soya. Tenemos mucho que ganar si somos capaces de coordinarnos.

Divide y vencerás: los desafíos de una historia de conflictos

Lo relevante es cambiar esta mentalidad y entender que nuestro enemigo no es Brasil, ni Argentina, ni Perú, ni Bolivia. Las potencias y Estados Unidos van a tratar de hacernos pelear, según el viejo proverbio geopolítico: divide y reinarás. No lo harán porque seamos buenos o malos. Tampoco porque Milei o algún político chileno quiera caerle simpático a Estados Unidos. Lo harán porque tenemos recursos que los otros necesitan.

Lo que tenemos que hacer es entender esta situación, ver la tendencia y desarrollar políticas realistas de coordinación y unidad. Tenemos los mismos intereses y no competimos. Todos les vendemos a los mismos, y la demanda va a ir en aumento. Podemos aprovechar esta situación para salir más fortalecidos, y con esa plata desarrollarnos y avanzar. Pero es un cambio de perspectiva: tenemos que dejar de pelearnos.

Pero mire cómo nos hacen pelear. Con un decretito, un pinche decreto, un documento de segundo nivel, casi estalla la guerra por el Estrecho de Magallanes. Y el propio presidente Kast se mete en un lío porque su compadre Milei no le dijo nada del famoso decreto. Es como si alguien de un gobierno acá dijera que, de ahora en adelante, Córdoba es chilena. No es un tratado: es una declaración que no tiene ningún valor. El problema es lo que se origina a raíz de eso. Es evidente que nos hacen pelear.

¿Por qué? Porque chilenos y argentinos controlamos el acceso a la Antártica. Para llegar ahí hay que pasar por Chile o por Argentina: los barcos salen de Ushuaia y de Punta Arenas. Podemos prestarles servicios, podemos venderles. Deberíamos ser, literalmente, los mafiosos: aliarnos con los argentinos y decir "no, cabrito, me va pagando mil dólares solo por poner un científico en Punta Arenas, y dos mil si quiere llegar a las bases". Si los ingleses y los gringos hacen eso, ¿por qué nosotros no podemos?

Es un ejemplo exagerado, si usted quiere, pero se entiende. Tenemos todo, y no tenemos por qué seguir siendo los criados del mundo. Podemos aspirar también a ser parte de los pesados, de los que tienen el poder. Creámonos el cuento y empecemos a trabajar en función de eso. No va a pasar de la noche a la mañana, pero las cosas están pasando muy rápido.

¿Cuál es la alternativa? ¿Hacerse más amigo de uno, ser prochino o proestadounidense? Eso es absurdo. De partida, aliarse con Estados Unidos es aliarse con el Titanic: se está hundiendo, y uno se hunde con ellos. Y segundo, alguien va a ganar. A la larga, creo que van a ganar los chinos y los rusos, y después te van a pasar la cuenta.

Por eso, mantengámonos neutrales. A cada potencia le decimos: usted vela por su interés, y nosotros también; usted quiere vender bien sus productos, y nosotros también. Eso todo el mundo lo entiende. No somos agresivos con nadie, somos pacíficos. Pero nadie puede llegar y pagarnos lo que quiera. Si nosotros tenemos los recursos, nos pagan lo que nosotros queremos.

Mire lo que hicieron los árabes: es un ejemplo exitoso. Eran tribus que todavía vivían en un estado semifeudal, hasta que se organizaron en torno al petróleo e hicieron grandes fortunas. Hoy están entre los grandes inversionistas del planeta. Eso ocurrió en un orden más o menos ordenado, donde Estados Unidos ponía las reglas. Hoy la cosa se está desordenando. Pero en ese desorden, si lo leemos bien, tenemos grandes oportunidades.

En esta generación podríamos empezar a ver los resultados, si los tomadores de decisiones aplican políticas racionales. Eso no significa que renuncien a su ideología. Significa que empiecen a analizar lo que está ocurriendo.

Notas Relacionadas

Las más leídas

Últimas noticias