Desde los salones del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), el mismo espacio que la acogió en 2023 con Soñar el agua, su primera retrospectiva individual en Chile en más de cincuenta años, Cecilia Vicuña conversó con El Desconcierto. La artista y poeta —Premio Nacional de Artes Plásticas 2023 y primera latinoamericana en recibir el León de Oro a la Trayectoria en la Bienal de Venecia (2022)— repasó los ejes que marcan cinco décadas de obra: el arte precario, los quipus, el erotismo y la crisis clímatica. Y no eludió el presente: para Vicuña, la humanidad enfrenta hoy una amenaza existencial que las fuerzas políticas dominantes se empeñan en negar.
Cecilia Vicuña: "La humanidad se va a extinguir a menos que evolucione hacia otro estado mental"
Desde el Museo Nacional de Bellas Artes, la artista y poeta Cecilia Vicuña reflexionó con El Desconcierto sobre los orígenes del arte precario, el erotismo como resistencia y la crisis climática. La Premio Nacional de Artes Plásticas 2023 no esquivó el presente: "Nos hemos convertido en una humanidad suicida", advirtió sobre la crisis civilizatoria global.
Cambio de paradigma
— El Museo Nacional de Bellas Artes acogió su primera retrospectiva en Chile en décadas. ¿Cómo le tomó ese reconocimiento?
El hecho de que pudiera existir esa exposición, después de tantos años, fue muy significativo para mí. Mi última exposición individual acá había sido en 1971, entonces entre ese año y 2023 son varias décadas en que hubo cero interés en Chile por lo que mi obra podía hacer. Cero interés. De pronto hubo un cambio en las esferas de pensamiento: llegó Varinia Brodsky al museo y también el anterior director, el arquitecto Fernando Pérez Oyarzun, y ellos ya tenían la visión de que mi obra tenía que volver a Chile. Fue un cambio de perspectiva de la institución misma lo que hizo posible que yo llegara.
— ¿Un cambio de paradigma, quizá también generacional?
Claro. Y eso no había sido posible antes, porque prevalecían perspectivas desde las cuales lo que le ocurre a la Tierra y a los seres humanos no tenía demasiada relevancia.
El arte precario: Concón, 1966
— Su obra se remonta a 1966, en Concón, cuando usted tenía 17 años. ¿Cómo surgió la idea del arte precario?
Es casi increíble que haya sucedido así. Hay que dar vuelta la noción de dejar huella: esa idea de una huella visible, perenne, material, es una idea de la cultura occidental, de la cultura colonizada. Hay muchas otras formas de dejar huella.
En ese momento yo había terminado el liceo y había sido admitida a la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Chile. Mis sentimientos apuntaban a imaginar una arquitectura que pudiera cambiar la sociedad, benéfica hacia la tierra y hacia los seres humanos. Un día sentí que el viento, el mar y la luz me sentían. Tuve un cambio de conciencia: comprendí que mi conciencia era posible porque todo a mi alrededor era consciente.
— Lo canalizaste de cierta manera.
Lo sentí. Sentí la necesidad de bajarme, como se dice en el campo, a la tierra misma y a la arena. Toqué la arena y había un palito. Lo recogí y lo planté al borde de las olas, como para decirle a las olas, al sol y a la luz: sí, te veo. Con ese acto entré en una relación de diálogo y conversación con el mar, con el viento, con la luz.
Estaba también regresando a escuchar la huella que habían dejado los pueblos anteriores en ese lugar. Porque en Concón, hasta donde sabemos, hay cultura humana de al menos 10.000 años. Esa es la huella borrada. Yo estaba recuperando un sentido de comunicarme con una huella de amor, de reverencia. La desaparición como regeneración de la vida. Es lo contrario de la desaparición que se instituye con la violencia, con la extinción.
— Tiene una idea circular también.
Una basurita al desaparecer vuelve a la vida: se sigue disolviendo, se sigue regenerando, da vida. El arte precario desaparece para dar más vida, más posibilidades.
— Y en ese proceso hay una conexión con el pensamiento de los pueblos ancestrales.
Lo esencial es que no fue una idea. Sucedió en la interacción: con el viento, con la luz, con el frío, con estar presente. Eso es un modo de existir. El arte precario es un modo de existir en relación, en cuidado, en sentir que uno está siendo sentido por los elementos. Eso es la médula del pensamiento indígena de todo el planeta. Los seres humanos llevamos en nuestras células una memoria antiquísima. La cultura destructora, en cambio, no tiene ni 10.000 años.
El erotismo como forma de existencia
— En 2023, Ediciones UDP reeditó su Diario Estúpido, obra que también nació en 1966. ¿Cómo surgió?
Me gusta que lo saques a luz en el contexto del arte precario, porque ambas cosas nacieron el mismo año. El arte precario fue en enero del 66 y el Diario Estúpido comienza el 4 de diciembre de ese mismo año.
Estaba haciendo una siesta y de pronto desperté como si algo me agarrara por la nuca y me pusiera frente a una máquina de escribir. Yo oía las frases ya compuestas.
— Te lanzaste.
Es decir, yo veía, oía las frases ya compuestas. La primera decía: Bagdad y las personas que cantan Bagdad. Muchos años después supe que la melodía que llegó a España a través de los árabes se había iniciado en Bagdad. Hay un tono que habla en nosotros, que aunque hablemos en español, está tocado.
Cuando ese dictado comenzó, supe que tenía que seguirlo sin intervenir. Porque si tú admites los pensamientos que se dirigen hacia las mujeres en esta cultura, son opresivos. Yo quería liberar esa capacidad de decir exactamente lo que estaba saliendo, lo que se estaba diciendo a través de la línea que escribía a toda barra. Por eso uno de los libros se llama así: A toda barra.
PALABRARmas: el lenguaje como resistencia
— En 1974, después del golpe, usted comienza a trabajar con las palabras armas. ¿De dónde viene esa noción?
El arte mío consiste en estar vacía, en no pensar, en estar en un estado receptivo en que ves con total intensidad. La neurociencia hoy llama a eso metacognición: conocer el conocer, observar el propio pensamiento. Esa niña ya sabía eso.
Todo comenzó cuando yo tenía tal vez 17 o 18 años, en mi dormitorio. Una noche de verano sentí como que una palabra entraba, como si fuera un ser. Miré esa palabra y vi que se abría y me mostraba su metáfora interior. Esa noche entraron 60 palabras. Las llamé adivinanzas, porque cada una contiene una pregunta y una respuesta al mismo tiempo. La primera fue enamorados: enajenados de color morado.
Pasaron unos años y llegó el golpe militar, y vi que la mentira se había enseñoreado de Chile. La mentira estaba destruyendo los cuerpos, la cultura, el conocimiento, las exploraciones, la confianza mutua, el derecho a ser. Estando en ese sentimiento, apareció la palabra verdad. La vi y comprendí: verdad quiere decir dar o ver. No imponer, sino dar la posibilidad de ver. Después vino mentira, que es tirarse la mente; vino solidaridad, que es dar sol. Y vino PALABRARmas, que se autonombró.
— Fuiste descomponiendo las palabras hasta su lenguaje mínimo, dándoles significado desde más atrás.
Exacto. Cuando ya vi que eso era un sistema, me puse a estudiar filosofía de la lengua, lingüística, todas esas cosas. Vi que Sócrates ya hablaba de que los creadores de las palabras eran los grandes poetas, porque cada palabra es una creación lingüística de alguien que resonó y que el otro repitió. La palabra verdad, que imaginemos que nació en Roma como verità, se convierte en algo que para nosotros es la diferencia entre la vida y la muerte. Han pasado más de dos mil años y esa palabra sigue resonando con la misma fuerza.
Una humanidad suicida
— ¿Cómo ve este momento político? La verdad y la mentira parecen superponerse de modo cada vez más angustiante.
El momento político no puede ser más trágico. La gente pensante de esta humanidad —los filósofos, los científicos, los artistas, los poetas, los pueblos indígenas, los sabios de las culturas orales— todos ven que hay una amenaza existencial para la humanidad misma. La humanidad seguramente se va a extinguir a menos que evolucione hacia otro estado mental.
Las fuerzas que se mueven hacia esa evolución están siendo canceladas y violentadas por otra fuerza que quiere negar esa amenaza: que pretende que no hay calentamiento global, que habrá agua al infinito, cuando el agua ya se está acabando rápidamente. Nosotros estamos destruyendo la capacidad del océano de crear oxígeno, la capacidad de los bosques, de los humedales y de los bofedales de crear agua y oxígeno. ¿Por qué estamos destruyendo lo que nos sustenta? Es como si nos hubiéramos convertido en una humanidad suicida. Y la inmensa mayoría del mundo está votando por quienes niegan la realidad de esa destrucción.
— ¿Hay un punto de encuentro entre esa amenaza y el origen de su obra?
Sí. Más o menos en 1965, cuando era adolescente y lo leía todo, leí que la vida en el planeta corría peligro. Entonces, cuando hice ese primer gesto en Concón, estaba pensando en la muerte del mar. Hay un punto de encuentro entre la poesía, el arte y la realidad que es misterioso, y que se produce cuando estás abierta a sentir esa doble realidad en que tu pensamiento forma parte de un pensamiento vivo a tu alrededor.
Esta amenaza existencial existe porque hemos cortado el vínculo con el sentipensar —como lo llamo yo— con lo que está pasando en nuestro cuerpo, con lo no humano, con los otros humanos también. Hay una científica chilena que admiro inmensamente, Cristina Dorador, en su libro Amor Microbiano habla de que somos parte de un universo microbiano en el que somos más ínfimos que una mota de polvo, porque toda la existencia es microbiana: no solo en nuestro planeta, sino cósmicamente. Lo que importa es la calidad de la relación, la justicia, el bienestar, la felicidad: ese tejido de relaciones que tienen conciencia de ser una relación, que tú cuidas, que tú acaricias.
La dimensión de un individuo como persona separada del resto de los seres humanos y de la naturaleza es imposible, porque los microbios nos vuelven una relación simbiótica. Un poeta indígena norteamericano lo expresó perfectamente al pararse frente al público al inicio de una lectura de poesía y decir: «Ustedes están respirando mi exhalación, y yo estoy respirando la exhalación de ustedes».
El quipu: 5.000 años de campo de conocimiento
— Los quipus son uno de los ejes centrales de su obra. ¿Cuándo los descubriste?
Creo que fui una niña supremamente afortunada porque crecí en una familia que tenía reverencia por los libros. Toneladas de libros en todas las casas. Me imagino que tendría 14 o 15 años cuando encontré un libro en casa de mi tía Rosa donde apareció un quipu. Pienso que ahí algo me pasó cuando vi esas curvitas: incomprensiblemente, sin pensarlo, empezaron a aparecer imágenes del quipu en mi poesía. Encontré hace poco un texto que escribí alrededor del 67 donde veo mis piernas como quipus.
Pasaron muchos años antes de que comprendiera que el quipu era un factor de resistencia poética. Los colonizadores lo prohibieron a fines del siglo XVI y dio la impresión de haber desaparecido. Pero hubo comunidades andinas que no solo lo mantuvieron en silencio, sino que lo siguen manteniendo. Me enteré de eso como 50 años después.
Desde los años 60, hubo un artista que empezó a convertir el quipu en un instrumento de la poesía. Jorge Eduardo Eielson comenzó antes que yo, pero yo no me enteré de su obra sino hasta 20 o 30 años después.
— ¿Cómo fue el aprendizaje?
El quipu es un campo de conocimiento que tiene 5.000 años de edad y en el cual han participado miles de inteligencias. Esas inteligencias están disponibles para quien se acerca con empatía, con apertura. El campo de conocimiento te empieza a instruir.
— Lo aprendiste haciendo.
Lo aprendí hilando. Lo aprendí anudando. El quipu fue como un gran maestro.
Después empecé a leer. Encontré el trabajo de Marcia Ascher y Robert Ascher —matemática y antropólogo, respectivamente— que publicaron Code of the Quipu a comienzos de los 80. Leyendo ese libro vi que Marcia propone que el quipu tuvo que haber nacido en el útero: una perspectiva femenina de la relación del hilo con el cuerpo como experiencia táctil. Me voló la cabeza. Todos los quipus menstruales que he hecho vienen de esa imaginación femenina, de ese gran campo de conocimiento.
Entonces cuando se presentó el quipu en el Museo Nacional de Bellas Artes, en este palacio francés, fue una de las emociones más grandes que he vivido. Era como decir: este palacio en realidad está en América, en nuestro territorio. El quipu es la fuerza que nos conecta con el pasado, con el futuro, con el presente. Es una energía divina, menstrual. He construido quipus monumentales en Shanghai, en Atenas, en muchos países. Y en todas partes la gente tiene esa respuesta visceral con el quipu.
Los quipus en ecosistemas amenazados
— Muchos de los quipus que has desarrollado los has instalado en lugares amenazados: glaciares, lagos, sitios en riesgo. ¿Qué relación tienen con esta idea de vida y de cuidado?
Es una pregunta muy fundamental. En el mundo andino, de las grandes tejedoras ancestrales, el hilo de agua y el hilo de vida son los mismos. Las antiguas tejedoras comprendieron que el agua había nacido en el espacio interestelar, y esa comunicación llegó a las pastoras altoandinas: al hilar la lana que aparece en la nube, ellas ven una nube cósmica. Antes, cuando había total oscuridad, las nubes cósmicas eran visibles a simple vista, sin necesidad de telescopios. Cuando toco la lana y entro en eso, veo que lo que estoy manejando es efectivamente una nube cósmica.
La primera vez que subí a hacer un quipu menstrual al pie del glaciar, estaba frente al glaciar del Plomo, disponiéndome a comenzar, cuando llegaron dos cóndores. Los cóndores viven en pareja para toda la vida. Uno se quedó en lo alto y el otro descendió y extendió sus alas sobre el quipu que yo estaba a punto de hacer. Mi amor James estaba filmando, y cuando se ralentiza la película, se ve la sombra del cóndor sobre el quipu imaginado. Cuando puse ese video por primera vez en el Palacio de La Moneda, vi a personas llorando frente a ese acto: los cóndores viniendo a hacer una sombra como para decir, yo me acoplo, yo participo en la creación de esta idea de que el glaciar, el agua y la sangre son una sola cosa.
Todo mi trabajo con el glaciar viene de ese momento. De sentir que o despertamos ahora a proteger las aguas, a proteger el derecho de las mujeres a participar plenamente en la producción de la tierra, o simplemente la humanidad va definitivamente hacia la extinción.
— Lo último, ¿qué mensaje le darías, no solo a las audiencias de hoy sino también a quienes vean esta entrevista en diez, veinte años más, a esa niña o ese niño que hoy tiene cinco años y que representa el futuro de todo lo que transmites?
Quisiera transmitir una idea que aprendí del pueblo guaraní: que el odio en realidad es amor bifurcado, es un amor desviado y distorsionado. Esa idea fue convertida hace poco en un eco por Bad Bunny en Nueva York, cuando dijo que lo único que vence al lenguaje del odio es el lenguaje del amor. Es un acto de amor total —por la tierra, por lo que somos como seres humanos y por quienes habitan todos los mundos— lo único que nos va a proteger y guiar en lo que se vive.