Hay silencios que incomodan. Y este es uno de ellos. Desde que asumió el nuevo gobierno de José Antonio Kast, he estado atenta -como muchas personas- a las definiciones, prioridades y primeras señales. Pero hay un tema que, al menos para mí, ha estado ausente: la discapacidad.
¿Dónde está la discapacidad en la agenda de José Antonio Kast?
Las preguntas son inevitables: ¿Dónde está la discapacidad en la agenda del nuevo gobierno?, ¿se seguirá invisibilizando a millones de personas?
No he escuchado un pronunciamiento claro, una hoja de ruta, ni siquiera una mención sustantiva que permita entender hacia dónde se quiere avanzar. Y no es un tema menor. En Chile, más de dos millones de personas viven con algún tipo de discapacidad. No se trata de un grupo pequeño ni de una agenda secundaria. Se trata de derechos, de oportunidades y de dignidad.
Lo digo, además, desde la experiencia. Desde hace años trabajo en Fundación Tacal, impulsando la inclusión laboral de personas con discapacidad. Y desde ahí veo todos los días las brechas: talento que no encuentra oportunidades, empresas que aún no saben cómo incluir, políticas que no logran conectar con la realidad.
Si miramos el programa presentado en octubre del año pasado, encontramos algunos elementos que podrían vincularse al tema. Como candidato, el Presidente José Antonio Kast estructuró su propuesta en torno a la triada prevención–rehabilitación–cuidados, con un énfasis importante en las personas mayores. En ese marco, destaca el llamado “Plan Zero”, que pone foco en el diagnóstico precoz como herramienta para evitar discapacidades y complicaciones crónicas.
Sin embargo, aquí aparece la primera tensión: se habla de evitar la discapacidad, pero no de cómo viven, trabajan, participan o se desarrollan las personas con discapacidad hoy. Es decir, se aborda desde la prevención, pero no desde los derechos.
Algo similar ocurre con el “Plan Generación Dorada ”, que propone la formación de cuidadores como una herramienta de apoyo y dignificación. Sin duda, el cuidado es fundamental. Pero nuevamente, la mirada queda anclada en la dependencia, no en la autonomía. ¿Dónde está la vida independiente? ¿Dónde está la inclusión laboral? ¿Dónde está la participación social efectiva?
En educación, se plantea avanzar hacia una mayor flexibilidad curricular, lo que podría ser una oportunidad para reconocer distintos ritmos de aprendizaje. Y en cultura y deporte, se menciona la integración de personas con discapacidad. Pero en ambos casos, las propuestas se quedan en lo general: no hay medidas concretas, no hay financiamiento definido, no hay una política estructurada.
El riesgo de este enfoque es claro: seguir abordando la discapacidad desde una lógica asistencial, o en el mejor de los casos preventiva, pero no desde un enfoque de derechos. Y eso, en pleno siglo XXI, es insuficiente.
Porque la discapacidad no es solo una condición individual. Es también el resultado de barreras sociales, culturales, laborales y físicas que el Estado tiene la responsabilidad de eliminar.
Por eso, las preguntas son inevitables: ¿Dónde está la discapacidad en la agenda del nuevo gobierno?, ¿quién está pensando en accesibilidad universal, en inclusión laboral, en educación verdaderamente inclusiva?, ¿se seguirá invisibilizando a millones de personas?
No se trata solo de nombrar el tema. Se trata de hacerse cargo. De definir prioridades, de asignar recursos, de diseñar políticas públicas con las propias personas con discapacidad, no para ellas.
El silencio, en este caso, no es neutro. Y ya es momento de romperlo.