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Fulgor de las sombras en el Estallido Social chileno. Persona sin identificar (2025) de Verónica Jiménez
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Fulgor de las sombras en el Estallido Social chileno. Persona sin identificar (2025) de Verónica Jiménez

Por: Gonzalo Schwenke | 11.03.2026
El libro Persona sin identificar (2025) de Verónica Jiménez aborda el estallido social chileno a través de poemas que retratan la violencia institucional, los cuerpos sin identificar y la memoria de las víctimas, en una obra que mezcla crónica, testimonio y poesía.

A pesar de las condenas emitidas por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas en 2019, el gobierno de Piñera continuó desarrollando una política represiva que recordó los años más duros de la dictadura con apariciones de cuerpos calcinados, agresiones fuera de protocolo y abusos policiales. Lo mismo pasó en 1978 cuando Amnistía Internacional condenó a la dictadura chilena por crímenes de lesa humanidad.

Cuando se olvidan de los contextos en que se produce la violencia institucional son las personas quienes pierden el reconocimiento mínimo: una persona sin identidad se convierte en un sujeto que habita el anonimato absoluto. Es esta falta de validación jurídica y social la que termina por situar al individuo en un estado de limbo dentro del círculo de la vida.

En Persona sin identificar (Editorial Garceta, 2025) de Verónica Jiménez (Santiago, 1964) registra con crudeza el quehacer y la pérdida de vidas humanas durante el estallido social. Como señala el volumen, la tragedia de los detenidos desaparecidos durante la dictadura proyecta una sombra sobre el presente, y se repite tras las movilizaciones del 2019. El olvido de los cuerpos calcinados y asesinados que aún no aparecen es una repetición del contrato social que creíamos haber superado: el compromiso del “Nunca más”. Así, el texto denuncia el incumplimiento de esa promesa fundamental. Es decir, el “Nunca más” a las violaciones de los derechos humanos y, especialmente, el “Nunca más” a la imposibilidad de devolver la identidad a un resto óseo para darle sepultura según sus propias creencias.

 La obra está dividida en cuatro segmentos

 En los ocho poemas del segmento denominado “Prosecuciones”, el hablante femenino transita entre la crónica, el testimonio y la reflexión sobre la violencia estatal de Chile previo a la pandemia. Observamos una voz de mayor edad y que se diferencia de los muchachos que llegan de la protesta cargados de alcohol en sus mochilas. Mientras estos muchachos se divierten en un entorno doméstico, ajenos al significado  del toque de queda, la voz poética identifica la connotación histórica de los helicópteros que sobrevuelan Santiago: “había salido a comprar comida cerca del toque de queda y no regresó para reincorporarse a su turno”. Así, el hablante reivindica la belleza de la clase trabajadora que en sus brazos osa por un mejor futuro y es truncada por la represión estatal.

Frente al asedio policial, la micropolítica de los barrios se desarrolla al producir material tecnológico como imágenes y vídeos que pareciera ser una nueva forma de resistencia política. El archivo permite corroborar evidencia, convencer a los incrédulos y dejar una memoria histórica sobre las vulneraciones psico-económicas que este sistema aplica a los más desposeídos para prueba de las nuevas generaciones.

En la segunda parte “Invocaciones”, la violencia escenificada en los distintos barrios de la periferia santiaguinas deriva en la aparición de cuerpos sin identificar. Esto, que rememora los peores años de la dictadura, da cuenta de que esta deshumanización de la persona no solo intenta alcanzar de una manera perversa el alma sino también, constituir el cuerpo en una interrogante. Dicha figura significa un vacío de sentido y deuda histórica sobre la escala del olvido.

La presencia de las mujeres en versos: “Desgarraron también a las madres/ que buscaban y gastaban/ sus pasos y voces”, funciona como un aviso de que son las madres las que agotará el tiempo hasta encontrar a los caídos durante la subversión de los sentidos aún tenga que caminar por cárceles, hospitales y morgues.

Me parece relevante señalar los cierre de los poemas donde alcanza su mayor logro. La capacidad de condensar semánticamente los versos va más allá de una resolución cotidiana y cristaliza, logra que su mayor impacto ocurra antes del silencio. Los versos cortos y directos transforman el mensaje sobre la violencia institucional en una frase memorable y perturbadora.

El capítulo “Protocolos”, aunque breve, transita por una poética lúgubre que se apoya en la enumeración de exámenes forenses e instrumentos clínicos, erigidos aquí como testigos de cuerpos heridos y defenestrados. En estos versos, los muertos pierden su gloria, si es que alguna vez la tuvieron, para convertirse en restos que registran la violencia y la deshumanización contemporánea. De este modo, la mutilación y los daños físicos de los cuerpos hallados reclaman, desde el silencio mortuorio, la dignidad que la barbarie les arrebató.

En el último capítulo, “Expedientes”, los poemas abordan la institucionalidad convertida en una planilla de tecnicismos, así como la figura de las madres como portadoras de la memoria y el duelo incansable. Asimismo, el hablante revisita la historia reciente y critica la 'democracia de los acuerdos' como una careta que oculta los problemas bajo la alfombra. El “yo” lírico escribe para evitar que el olvido se imponga, es una poética rebelde que se niega a la reconciliación forzada y reivindica el derecho a la verdad frente a una historia que se pretende reescribir de forma higienizada.

En el último poema:

“Sucedió en octubre.

Imagina si la ciudad hubiese acobardado.

Imagina si sus poetas

No fueran capaces de golpear el acero

con sus puños de agua

Para dar cuenta

De sus muertos”

El hablante femenino reafirma su postura de que el arte debe ser político y se posiciona desde las micropolíticas y los cuerpos vulnerables, porque la palabra y el sentido estético deben ser parte de la resistencia de aquellos no escuchados, ni atendidos en sus precariedades y guardados bajo la alfombra.

Más que un libro de poemas, Persona sin identificar (2025) de Verónica Jiménez es un registro híbrido entre la crónica y el verso sobre el estallido social chileno. Su estructura progresiva de la pérdida de vidas y la vulnerabilidad de los cuerpos que resistieron con palos y piedras la represión institucional. Frente al olvido de quienes hoy reniegan de esa utopía, se denuncia que la ceguera es, en realidad, el lenguaje de la impunidad en Chile. Esto es, una marca indeleble en la piel de los jóvenes que este libro se encarga de no abandonar.

Verónica Jiménez. Persona sin identificar. Santiago: Garceta, 2025, 76 páginas.