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El Pastor Rocha: Bufón y profeta
Foto: Agencia Uno

El Pastor Rocha: Bufón y profeta

Por: Amador Sepúlveda | 02.03.2026
No todo humor es profético, ni toda crítica es justa. Sin embargo, la tradición judeocristiana enseña que Dios ha hablado muchas veces desde los márgenes y por medios inesperados. La risa puede ser uno de ellos.

Vivimos un momento de la historia nacional en que ciertos fenómenos culturales revelan dimensiones más profundas de nuestro presente simbólico. Expresiones políticas y sociales que parecían superadas por la modernidad racionalista han vuelto a ocupar el centro del debate público. Entre ellas, la fe y el lenguaje religioso reaparecen con una fuerza inesperada, no ya como simple asunto privado, sino como elemento constitutivo de la conversación nacional.

Cuando las instituciones se remecen —como ha ocurrido en Chile durante la última década— los paradigmas que sostienen nuestras certezas comienzan a tambalear. Reaparecen lugares comunes, se tensan las identidades y emergen voces que interpelan desde los márgenes. En esos interregnos históricos, como recordaba Slavoj Žižek evocando a Antonio Gramsci, surgen los “monstruos”: figuras que expresan las contradicciones de una época que aún no termina de morir ni de nacer.

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Este fenómeno no es nuevo. En la tradición abrahámica —judaísmo, cristianismo e islam— forma parte de su memoria constitutiva. La historia del pueblo del desierto, plasmada en los textos bíblicos, está atravesada por crisis políticas, exilios, corrupciones y restauraciones. En ese contexto surge el profetismo: hombres y mujeres que, desde los márgenes sociales o espirituales, denuncian la injusticia de su tiempo y anuncian una posibilidad diferente.

El profeta bíblico no es un adivino del futuro. Es, ante todo, un intérprete del presente a la luz de lo trascendente. Cumple una doble función: denuncia y anuncio. Denuncia la idolatría —que en términos bíblicos no es solo religiosa, sino también política y económica— y anuncia una renovación fundada en la justicia y la fidelidad a Dios, que ante todo es simplemente Amor. Señala aquello que el poder prefiere ocultar y, al mismo tiempo, abre un horizonte ético para la comunidad.

Siglos más tarde, en otro escenario cultural, las cortes medievales conocieron una figura distinta pero funcionalmente semejante: el bufón. Oficialmente contratado para divertir, el bufón gozaba de una licencia excepcional para decir lo que otros no podían. Mediante la sátira, la exageración y la parodia, revelaba las fragilidades del poder y exponía sus contradicciones. Su risa no era mera entretención; era una forma velada —y a veces no tanto— de crítica política.

La historia muestra que, con el tiempo, el bufón dejó de ser solo el entretenimiento de los privilegiados para convertirse en espejo incómodo de esos mismos privilegios. Al igual que el profeta, operaba desde el margen, utilizando recursos distintos pero con un efecto similar: desenmascarar.

Es en esa intersección —entre profecía y bufonesco— donde puede leerse el fenómeno de Santiago Endara y su personaje, el “Pastor Rocha”. Vinculado en sus inicios a la Iglesia de Dios Misiones Mundiales, Endara irrumpe en el escenario evangélico chileno no como teólogo académico ni como dirigente eclesiástico, sino como humorista. Sin embargo, su sátira no es neutral: apunta a tensiones reales del evangelicalismo contemporáneo. Lo que le costó alejarse de ese enorme conglomerado religioso, y ser despreciado por muchos pseudo representantes evangélicos más.

El mundo evangélico chileno ha experimentado una transformación significativa. De comunidades surgidas en sectores populares y marcadas por la marginalidad social, ha transitado hacia procesos de profesionalización y ascenso socioeconómico. Hoy cuenta con generaciones formadas en universidades, con presencia política y mediática. Este cambio es, en muchos sentidos, un logro histórico.

Pero todo ascenso conlleva riesgos. El evangelio que nació en los márgenes puede verse tentado por la lógica del prestigio, el consumo y la acumulación. La tradición cristiana —desde los profetas hasta el Jesús de Nazareth— ha sido particularmente severa frente a la idolatría del dinero y el poder religioso. El propio Cristo, que recorrió aldeas polvorientas y compartió mesa con publicanos y pecadores, advirtió sobre la tentación de convertir la fe en plataforma de estatus.

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El “Pastor Rocha” incomoda precisamente porque exagera esas tensiones. Su caricatura del liderazgo eclesial —anciano, ostentoso, distante— no es una descripción estadística, sino una hipérbole humorística que evidencia una pregunta de fondo: ¿hasta qué punto el liderazgo evangélico refleja la vida y el mensaje de su Mesías?

La incomodidad aumenta cuando quien realiza esta sátira es joven, migrante y parte del mismo mundo que parodia. La tradición bíblica insiste en el mandato de amar al extranjero; sin embargo, como en el resto de la sociedad chilena, la xenofobia y el clasismo también han permeado espacios religiosos. Que un foráneo irrumpa con humor crítico en estructuras jerárquicas envejecidas tensiona no solo sensibilidades doctrinales, sino también culturales.

El “Pastor Rocha” no predica desde un púlpito, pero comunica. No escribe tratados ni libros de autoayuda, pero interpreta signos. Mediante la risa, denuncia la posible mundanización de un evangelio que, en su origen, fue contracultural. Y, al hacerlo, anuncia implícitamente la necesidad de una renovación ética y espiritual.

No todo humor es profético, ni toda crítica es justa. Sin embargo, la tradición judeocristiana enseña que Dios ha hablado muchas veces desde los márgenes y por medios inesperados. La risa puede ser uno de ellos.

Tal vez por eso el personaje de Santiago Endara resulta tan incómodo: porque encarna, en clave contemporánea, esa figura ambigua del bufón-profeta que desestabiliza las certezas del poder religioso. Y aunque los asientos episcopales prefieran ignorarlo, su existencia recuerda que ninguna comunidad de fe está exenta del necesario escrutinio público.

En tiempos de crisis cultural y reconfiguración institucional, la sátira puede cumplir una función purificadora. No destruye necesariamente; a veces revela. Y al revelar, abre la posibilidad de volver a las fuentes.

Entre la risa y la denuncia, el “Pastor Rocha” se instala como un signo de nuestro tiempo: incómodo, exagerado, irreverente. Pero, quizá por eso mismo, necesario y profundamente profético, aun “cuando los suyos no le reciban”.

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