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Alérgicos a la libertad y a la ciencia

Cuando la ciencia se convierte en punto de sospecha y la evidencia se le etiqueta como ideología, lo que se erosiona no es solo una agenda ambiental, no son solo “seis arbolitos”, sino la propia capacidad de decidir en común sobre el futuro.
Por Felipe Valenzuela Escobar 23 de febrero de 2026 - 00:00

En Chile tenemos la persistente costumbre de reducir la política a “ismos”: los que siguieron a Bachelet son bacheletistas; y quienes seguían a Piñera, piñeristas. No todo es tan simple. Quien pretende encerrar ideas complejas en un cacique -recurso tan antiguo como poco riguroso- tan solo demuestra su retórica populista de simplificar, haciendo de todo una caricatura. El anterior caso se reaviva en nuestros tiempos, pero de una manera descarnada, José Antonio Kast llama a la defensa ambiental una mera ideología: un simple “ismo”.

Al transformar debates técnicos o científicos en etiquetas ideológicas, se deslegitima a quienes aportan evidencia, se banaliza el problema y se ofrece a la ciudadanía una falsa dicotomía entre “sentido común” y “doctrina”. El populista no busca comprender la realidad, sino reducirla a consignas de movilización. Crear desconfianza en las instituciones y en la ciencia, más la simplificación del conflicto y la identificación de culpables de un mal imaginado son los mecanismos clásicos del populismo, que hoy se encuentran en el discurso de José Antonio Kast.

Lo anterior no lo vemos solo en el presidente electo. Vemos las reiteradas desestimaciones de las evaluaciones ambientales por parte de Iván Poduje -quien asumiría el Ministerio de Vivienda y Urbanismo en el gobierno de Kast- trasladan esta lógica desde la retórica hasta la acción pública. Cuando los mecanismos destinados a equilibrar desarrollo y protección ambiental son catalogados como trabas ideológicas, lo que se debilita no es una visión política, sino la propia institucionalidad que busca compatibilizar crecimiento, criterios científicos y bienestar social.

Para que tengamos claridad con los niveles de discusión, y no reduzcamos como la retórica populista, conviene distinguir al menos tres niveles sobre este conflicto. Primero, el hecho científico: el calentamiento global, como otros factores que constituyen la crisis planetaria, tiene efectos que demuestran un fenómeno ampliamente documentado por la evidencia empírica.

Segundo, el diagnóstico político: la urgencia, magnitud y prioridades de la respuesta pueden ser objeto de legítima controversia democrática (aunque no del todo convenientes frente a la magnitud de la crisis). Y tercero, las políticas públicas concretas -impuestos verdes, regulaciones, incentivos a las empresas o planificación urbana- donde la diferencia ideológica no solo es posible, sino necesaria. Si llamamos “ideología” al primer nivel no se amplían los límites del debate: se sentencia.

Se vuelve realmente paradójico que esta negación de la evidencia climática sea avalada en nombre del liberalismo. La tradición liberal nunca se sostuvo únicamente en la libertad económica, sino también en la responsabilidad frente a los otros, en la legitimidad de las instituciones racionales y en el respeto por el conocimiento disponible.

El reduccionismo equívoco de la libertad como ausencia de regulación -ignorando los efectos materiales que hoy amenazan las condiciones mismas de la vida en común- no amplía el horizonte liberal: lo empobrece. Cuando la ciencia se subordina a una noción obtusa del mercado, lo que queda no es liberalismo, sino una caricatura. Y quienes se autodeterminan “liberales de derecha” parecen defender la libertad solo cuando coincide con el interés del poder económico.

En el fondo de todo esto, la disputa yacente no es entre ambientalismo y libertad, sino entre política basada en evidencia y política basada solo en discursos. Las democracias liberales contemporáneas no se sostienen únicamente en la competencia de intereses, sino también en la posibilidad de discutir sobre hechos compartidos.

Cuando la ciencia se convierte en punto de sospecha y la evidencia se le etiqueta como ideología, lo que se erosiona no es solo una agenda ambiental, no son solo “seis arbolitos”, sino la propia capacidad de decidir en común sobre el futuro.

Aquí reside el peligro de llamar “ismo” a la evidencia climática, puede rendir en la política inmediata, pero erosiona la deliberación democrática y vacía de contenido la idea misma de libertad. Sin conocimiento verificable no hay decisión informada, y sin condiciones materiales de existencia la libertad se transforma apenas en palabra. Defender la evidencia, en este sentido, no es una postura ideológica: es la responsabilidad elemental de aquellos que queremos construir futuro.

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