En la última columna sostuve que había libros que, al cerrarlos, nos habían transformado. Creo que los libros son, en cierto sentido, como las personas. Si te rodeas de la gente equivocada, te transformarás de mala forma: puedes hacerte violento, insensible, desleal y mediocre.
Si tu círculo lo componen personas sensibles, empáticas, inteligentes y bondadosas, seguramente cambiarás y te parecerás a ellas. Pues bien, los libros mediocres te hacen mediocre; los notables y superiores, hacen que seas mejor. Un biblionauta de bien dedicará su vida a recomendar libros notables, que hagan bien, que hagan del lector una mejor persona.
Así que vamos con las recomendaciones, que hago humildemente y entendiendo que en este reino gobierna la subjetividad. Hasta cierto punto, claro.
En fin, como sea, hoy navegaremos las páginas de un libro de una belleza y profundidad difícil de encontrar. Es un libro escrito, por lo demás, con la pluma suave y delicada de Rosa Montero, quien teje sus discursos con palabras que se entrelazan y se refuerzan con la naturalidad del viento que sopla entre los árboles para que unos y otros bailen sin estridencias. Rosa Montero es una escritora y periodista española, nacida en 1951.
Ya tiene, pues, unos 75 años. Publica columnas estupendas en el diario El País. En 1988 se casó con Pablo Lizcano, periodista como ella. Pablo falleció en 2009, debido a un cáncer cuyo sufrimiento se prolongó bastante. Él es uno de los protagonistas de este libro.
Nuestra autora tiene muchos libros, varios realmente excelentes. 'El peligro de estar cuerda' es fantástico. 'Historias de mujeres' ntiene la semblanza notable de varias escritoras, pensadoras o artistas. Pero si hay uno de sus libros que, al menos para mí, roza la total perfección, es 'La ridícula idea de no volver a verte'. Prácticamente le diría: no me siga leyendo, mejor vaya a la librería, compre este libro y siéntese a disfrutar. Porque eso es este libro: un goce espiritual e intelectual desde el principio al fin.
Cuando haya terminado de leerlo le ocurrirá lo que sucede con las obras maestras: sin darnos cuenta, hemos dejado de ser, al menos en algunas partes, lo que éramos. Nos hemos transformado. Hemos comprendido cosas que no entendíamos, hemos visto aquello que nos hacía desviar la vista, hemos sentido las emociones que hemos negado y hemos iluminado oscuridades que nos aterraban. Somos mejores, más adultos, más empáticos. Eso pasa con libros como este.
¿Y de qué va el libro? (solo para ponerme a tono con una expresión muy española que siempre me ha llamado la atención). Pues, sin arruinar la sorpresa y solo para que sepa más o menos con lo que se encontrará, le diré esto: no es una novela, no es un libro de historia, no es un sesudo ensayo. Es un poco de todo, con algo de autobiografía que tampoco es tan autobiografía, sino una colección de ideas basadas en las propias experiencias de la autora.
La estructura general del libro descansa sobre pasajes de la vida de Marie Curie. Es un relato sobre cómo esa mujer se atrevió a desafiar las limitaciones que, en su época, eran verdaderas montañas inaccesibles para las mujeres. Estudió, ganó el Premio Nobel dos veces y no escondió su inteligencia como tantas mujeres deben hacerlo para no incomodar a hombres inseguros.
Pero, insisto, no es un libro de historia ni una biografía de Marie Curie. Es una colección de miradas a momentos de su vida, una sucesión de pensamientos y reflexiones a propósito de esa vida que Montero, de manera inteligente y profunda, conecta con su propia vida y experiencias.
Si quiere que le dé un solo ejemplo de esa alma –lo digo a falta de una mejor palabra para hablar del “interior” o de la “mente” de una persona, no porque crea en las historietas del más allá– podría hacer un esfuerzo y escoger una de sus reflexiones. Ella no tuvo hijos. En alguna parte del libro, a propósito de un poema de Larkin que ella cita, explica que a veces lo lamenta. Y en apenas unos cuantos renglones nos explica por qué.
Lo notable de ella es que entiende el amor de los padres por sus hijos mejor que muchos papás o mamás. Es capaz de explicar esto con una belleza que emociona a los que hemos tenido hijos, porque habla de lo que no tiene ni siente con mayor claridad y poesía que la que podría haber en las palabras de los que sí sentimos sobre aquello que sí tenemos.
Esa capacidad de Rosa Montero de expresar con precisión cosas que sentimos y no sabemos bien cómo decirlas es, sencillamente, abrumadora. Lo hace de nuevo cuando habla del duelo y de la forma en que los demás nos miran cuando hemos perdido a alguien a quien realmente amábamos y cómo nos siguen mirando cuando ya ha transcurrido un tiempo. Además, el libro contiene fotografías de Marie Curie, de Pierre Curie, de su querido Pablo y de otras escenas, fotografías en las que uno se pierde observando los rasgos, las miradas, los significados.
En algún sentido también, y ya lo he adelantado, es un libro sobre el duelo y la pérdida y de cuán ridícula puede parecernos la idea de no volver a ver a alguien que amamos, sobre cuán poco conscientes somos de nuestras fragilidades, de la facilidad con la que gente con la que hoy conversamos mañana podrían tornársenos inalcanzables tras desaparecer merced a eso que llamamos muerte. No te habría amado más, le dice por ahí al Pablo ya ausente, pero sí mejor.
Y habría discutido mucho menos por tonterías y se habría reído más, agrega. Sospecho, y asumo que tengo razón, que la belleza con que escribe y piensa Rosa Montero es solo la natural visibilización de la intensa belleza interior que posee. Por eso ella se hace querible, además de admirable. Al cerrar el libro uno siente que se despide de una amiga que te ha conversado deliciosamente por horas junto a una copa de vino y al que uno no sabe cómo darle las gracias por eso.
Es un libro que, me parece, hará el mayor sentido a las mujeres, pero le hará el mayor bien a los hombres: a las primeras, porque seguramente encontrarán en esta obra una inspiración para seguir luchando hasta la completa igualdad y emancipación en una sociedad cuyo machismo aún se resiste a morir; y a los segundos porque si se permiten que los ojos se les humedezcan en varios pasajes y se conectan con la ternura de la que gustan renegar, serán más y mejores hombres.