viernes 03 de abril de 2026

La lectura de un pensador protestante frente a la elección de Judith Marín como Ministra de la Mujer

Todo ciudadano tiene el derecho de ser representado y representar en una nación, ambas categorías se desprenden de lo que entendemos por democracia. Pero, la figura de Judith Marín como Ministra de la Mujer instala la inquietud (dada sus ideas personales) de si la cartera tendrá una impronta laica o cristiana, ya que, de resultar así, estaríamos a un paso de fosilizar el Estado laico en el territorio nacional.

2 de febrero de 2026 - 00:00

Hace algunos días se dieron a conocer los nombres del próximo gabinete del presidente electo José Antonio Kast, en este sentido, el nombre de Judith Marín aparece como la nueva figura para ocupar la plaza del Ministerio de la Mujer. Para muchos estamos frente a una conservadora, rígida y dogmática por excelencia, sin embargo, para otros ante la posibilidad de conducción y proyección de una vida pública garante de un servicio macado por la fe, cristianismo y servicio social. Tal vez, el arribo de Marín es sinónimo de promesa femenina, o bien, de una persona pública que podría verse tentada a menguar los fundamentos conceptuales de nuestro Estado laico chileno.

En primer lugar, Judith Marín tiene 30 años y fue una de las que colaboró activamente en la campaña presidencial de José Antonio Kast. Nació en diciembre de 1995. Se crió en la comuna de El Bosque, y estudió pedagogía en castellano en la Universidad de Santiago de Chile (USACH). Así, se convirtió en la primera universitaria de su grupo familiar. A los 20 años se casó, marzo del 2016. De origen popular, evangélica y enemiga del aborto, dijo el año pasado que la existencia del ministerio que encabezará había que “evaluarlo” y que podría “fusionarse” o “reenfocarse”.

Cabe señalar que resulta ser la más joven del gabinete y ha sido fuertemente cuestionada desde la izquierda por sus posiciones muy conservadoras, por ser una ferviente evangélica y por su oposición a leyes fomentadas por grupos feministas. Durante el 2017 participó activamente en la oposición al proyecto de ley de aborto en tres causales (en casos de violación, inviabilidad fetal y peligro de vida de la madre). Así la muestran registros de la época, videos del momento en que es desalojada del Congreso por Carabineros, donde alcanza a decir “¡Vuélvanse al Señor!”, portando una pancarta con mensajes similares.

En segundo lugar, los vínculos políticos de Judith Marín han tenido la presencia del diputado de Renovación Nacional (RN), Eduardo Durán, hijo de un conocido exobispo evangélico. Fue Durán quien apoyó a Marín -como militante de RN- en su candidatura como concejal por el municipio de San Ramón, en el sur de la capital, cargo que obtuvo en las elecciones del 2021. No obstante, poco después se sumó al Partido Social Cristiano. Tal vez, el fichaje de Marín también marca el aterrizaje al gabinete del PSC -partido con ascendiente en el mundo evangélico y que impulsó su llegada al gobierno-, tras apoyar a Kast en la campaña. 

En tercer lugar, la reciente elección de Judith Marín como Ministra de la Mujer sugiere varias reflexiones. Por un lado, que la idea de servicio público es propia de cualquier persona que desea participar y es electa democráticamente en un país, por tanto, no podemos encallar su designación como ministra en la absurda justificación de “fue escogida por ser evangélica, conservadora y religiosa”, de ser así, estaríamos despreciando su formación profesional y vocación respectiva.

A su vez, todo ciudadano tiene el derecho de ser representado y representar en una nación, ambas categorías se desprenden de lo que entendemos por democracia. Pero, la figura de Judith Marín como Ministra de la Mujer instala la inquietud (dada sus ideas personales) de si la cartera tendrá una impronta laica o cristiana, ya que, de resultar así, estaríamos a un paso de fosilizar el Estado laico en el territorio nacional. No podemos gobernar con la Biblia, no podemos dirigir un país con las denominadas Sagradas Escrituras, menos aún con axiomas valóricos que forman parte de la vida privada, sin duda, ello podría terminar dislocando el servicio público con viejas nomenclaturas teológicas, dogmáticas y propias del cristianismo occidental.

Ahora bien, tampoco es correcto (a priori) cancelar la figura de Marín, no obstante, podríamos estar frente a una luna de miel con diversas mujeres de Chile en el corto tiempo, o bien, ante un breve espasmo de romanticismo que podría degradar en intolerancia, por consecuencia, mutilando un intento de matrimonio cívico con todas las mujeres de nuestro país. Insisto, el desafío es grande, porque la ideología indudablemente penetra la política y lo valórico parece haberse puesto “de moda” en la discusión pública, olvidando que aquello le corresponde a las comunidades cristianas, es ahí donde se convence y persuade a las almas temblorosas de preceptos cristianos, en el servicio público se propone, delega y anula cualquier juicio privado de fe espiritual.

En cuarto lugar, surgen varias preguntas a modo de síntesis, ya que las interrogantes no se hacen esperar. De ahí que encontremos los siguientes acentos de interpelación y diálogo respectivo. ¿Es Judith Marín la mujer más indicada para ocupar la plaza del Ministerio de la Mujer? ¿Liderará la cartera con ideas racionales, heterogéneas y plurales en términos de diálogo y propuesta, o bien, ahogará tarde o temprano el espacio con lecturas teológicas? ¿Para qué grupo de mujeres conducirá el ministerio enunciado?

¿Qué tanto peso tiene la religión en la esfera pública? ¿Es Chile realmente un Estado laico que respeta sus bases conceptuales? ¿Podría darse que la juventud e impetuosidad de Judith Marín termine siendo un riesgo para el gobierno de José Antonio Kast? ¿Quiénes son los evangélicos en política, un grupo de profesionales en busca de servicio público y mejoras para la sociedad chilena, o bien, una segmento cristiano que intenta gobernar con la Biblia a rajatabla?

Tal vez, el arribo de Marín a la cartera del Ministerio de la Mujer es sinónimo de un avance significativo en materia de políticas públicas hacia la mujer, o simplemente, un error no forzado que podría costar caro al gobierno de José Antonio Kast, el tiempo nos entregará la respuesta, por ahora, menos prejuicio, más observación y permanente diálogo público con lupa y responsabilidad transversal.

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Cristian Rondanelli / regiondecoquimbo.cl

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