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Cuando el fuego arde en el corazón

Necesitamos pensar y construir una ética de la justicia, en donde todos podamos vivir y proyectar nuestros futuros sin temer los riesgos y consecuencias de los negocios que puedan emprender otros. El fuego hace arder el corazón, cuando las instituciones que nos deberían ayudar a promover el bien común, y ser soporte ante situaciones de calamidad, se utilizan para egoístas intereses.
Por Michel Figueroa 26 de enero de 2026 - 00:00

Cuando arden las llamas, el fuego se lleva todo a su paso, bosques, plantaciones, casas, bienes y enseres. En los casos más catastróficos, incluso las vidas de quiénes están en los espacios circundantes. Pero hay algo que ningún siniestro se puede llevar, las decisiones e irresponsabilidades que se cometieron para que el desastre ocurriera.

Los incendios no son desastres naturales, son consecuencia de un modelo de desarrollo que privilegia el crecimiento, con instrumentos de planificación territorial débiles, con miradas en las que predominan las ventajas de los ciclos electorales y de procesos de gestión de viviendas que buscan la solución efectista del “construyamos donde quede espacio y moleste menos”. Lo que, sumado a una conciencia de gestión integrada del riesgo de desastre inexistente, generan que cualquier evento adverso termine convirtiéndose en un verdadero desastre.

Hoy los incendios han dejado en evidencia las desigualdades de respuesta y coordinación que tienen los municipios (recursos y capacidades), la ausencia de interfases de conexión entre zonas productivas y urbanas que no protegen a las personas ni la biodiversidad y la falta de visión de prevención y gestión de emergencias, que hoy se han convertido en una constante en nuestro país, agudizado por los cambios derivados de las condiciones climáticas.

Las brechas en el uso de las herramientas e instrumentos de gestión territorial y de desarrollo, no son un problema de crecimiento, sino una implicancia con efectos directos para quienes habitamos el territorio nacional.

Y es que el fuego deja de importar, cuando quiénes toman las decisiones y deliberan por el “bienestar” de todos lo hacen pensando mezquinamente en sus propios intereses, posibles beneficios electorales o ganancias económicas, en donde los problemas de las personas se reducen a cifras agregadas que nada dicen de las realidades que se viven a lo largo del país.

Valorar el heroísmo de quienes arriesgan sus vidas para proteger a otros o exaltar la solidaridad de las personas ante las necesidades, en nada compensan las consecuencias de catástrofes evitables por decisiones que no miran sistemicamente la realidad.

Necesitamos pensar y construir una ética de la justicia, en donde todos podamos vivir y proyectar nuestros futuros sin temer los riesgos y consecuencias de los negocios que puedan emprender otros. El fuego hace arder el corazón, cuando las instituciones que nos deberían ayudar a promover el bien común, y ser soporte ante situaciones de calamidad, se utilizan para egoístas intereses.

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