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Depresión funcional: La velocidad como estancamiento
Foto: Agencia Uno

Depresión funcional: La velocidad como estancamiento

Por: Rubén Morgado | 13.01.2026
No hay recetas únicas, pero sí un camino común: salir de la depresión funcional implica, necesariamente, reducir la velocidad impuesta para encontrar el ritmo propio. Es un acto de rebelión contra el estancamiento que nos venden como progreso, y un pacto de humanidad compartida para reescribir, desde la pausa, nuestra propia narrativa.

Los manuales de diagnóstico, como el DSM-5, incluyen entre sus criterios para la depresión un "deterioro clínicamente significativo" en áreas sociales, laborales u otras. Esto puede crear la falsa imagen de que quien logra —a duras penas— cumplir con sus obligaciones, no estaría realmente deprimido. Y todos conocemos a alguien o incluso, lo experimentamos nosotros mismos, la sensación de funcionar mientras se lleva a cuestas una tristeza profunda y constante.

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Esa sensación de una desesperanza fundamental, una línea melódica en tono menor que acompaña todas las actividades del día. Es un filtro gris que despoja de sabor lo antes placentero, o esa alteración del sueño que nos hunde por exceso o por defecto.

Funcionamos, pero en piloto automático y sin conexión con el placer. Para lograrlo nos engañamos con un "ha sido una mala semana" que se repite por meses, o una "mala noche" que ya es la regla. El primer acto de coraje es, precisamente, decirse la verdad: "Hace tiempo que no estoy bien".

Es útil distinguir si este malestar tiene un origen claro: la pérdida de un ser querido, el fin de una relación, un despido. En esos casos, hablamos de un duelo, un proceso natural que, no obstante, puede ser tan abrumador como la depresión pero que presenta una lógica diferente.

La depresión funcional, en cambio, suele ser un malestar impreciso y ambiental. Una niebla que lo entristece todo y nada en concreto al mismo tiempo. Y el imperativo social es de estar en perpetuo movimiento, a alta velocidad. Las patologías nunca son únicamente individuales. Nuestra forma de sufrir se forja en un contexto social específico: uno que exige rendimiento constante, que convierte la felicidad en una obligación de consumo y apariencia, y que nos ordena seguir adelante, a toda costa.

Detenerse a sentir ese malestar se considera como una debilidad, como una falla en el engranaje productivo. O se establecen pausas tipos, tantos días de licencia, y después de eso a continuar; los tiempos muchas veces resultan insuficientes. Este imperativo de velocidad social es la que nos termina estancando en el sufrimiento, porque nos impide descubrir la lógica de lo que estamos viviendo.

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Más allá de los episodios la lógica de la depresión una pérdida indeterminada. Hasta que no nombramos lo perdido —un sueño, un vínculo, un sentido—, la sombra de esa ausencia recae sobre nosotros mismos. Y la paradoja perversa es que, al seguir funcionando desde ese vacío automático, a menudo recibimos elogios: "Admiro cómo sigues adelante".

¿Cómo salir de esta trampa? No hay tips simples. La salida exige cambios profundos. Primero, el valor de mirar de frente el estancamiento disfrazado de velocidad. Luego, buscar la lógica oculta del sufrimiento. Este no es azaroso: tu "funcionamiento en piloto automático" es la solución que encontraste para sobrevivir a un dolor de fondo. Comprender esa lógica es el primer paso para desarmarla.

Las causas pueden estar lejos —en la infancia, en mandatos silenciados— y, aunque los hechos no cambien, sí podemos cambiar su interpretación. La tragedia griega radicaba en la inevitabilidad del destino. Nuestra vida no es trágica: podemos reescribirla, pero requiere un trabajo artesanal y lento, tremendamente liberador.

Finalmente, si el síntoma no es solo individual, la cura tampoco lo es. El mayor riesgo de esta cultura de la velocidad es creer que debes salir solo. No es cierto. La psicoterapia es una herramienta poderosa (y el apoyo psiquiátrico, cuando es necesario), pero también lo son los espacios comunitarios, el contacto reparador con la naturaleza o la búsqueda consciente de un sentido.

Ese convivir que nos liga con la vida. No hay recetas únicas, pero sí un camino común: salir de la depresión funcional implica, necesariamente, reducir la velocidad impuesta para encontrar el ritmo propio. Es un acto de rebelión contra el estancamiento que nos venden como progreso, y un pacto de humanidad compartida para reescribir, desde la pausa, nuestra propia narrativa.

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