¿Por la razón o la fuerza? Hay que elegir
Mi última columna la dediqué a comentar el alcance que la muerte del abogado Pablo Rodríguez podía tener en el mundo del derecho. Sostuve que escasa. Y lo sostuve porque, en mi opinión, Rodríguez fue siempre un defensor de la violencia como método de resolución de los conflictos, actitud que, por cierto, nada tiene que ver con el derecho, de modo que este último no perdió gran cosa con su muerte.
En particular, en el ámbito académico y de la enseñanza del derecho, tampoco concedí mayor relevancia a un profesor de derecho que no cree en él, sino en la violencia. En esa columna quería defender al derecho como única forma racional o humana de resolver conflictos en caso de que una negociación directa o una mediación hayan fracasado.
Los golpes, las patadas, los cabezazos, los codazos, los rodillazos y las lesiones a través de puños o instrumentos contundentes revelan, por decir lo bajo, una mente básica y una seria deficiencia en la capacidad racional de quien los aplica o las causa. No se trata solo de la crueldad que tiene que definir el carácter de quien no duda en causar sufrimientos en otros, sino de la evidente falta de recursos intelectuales del que simplemente busca imponerse, en los hechos, a través de la violencia.
En una discusión por el límite de las propiedades usted puede tomar una pala y enfrentarse con su vecino que, a su vez, se ha premunido de un rastrillo, para ver quién se queda con los metros en disputa. El espectáculo del duelo de pala y rastrillo puede ser una imagen tan elocuente como una resonancia magnética de la materia gris de los contendores.
O pueden sentarse y conversar honestamente, esto es, sobre la base de los mejores argumentos y evidencia para convencer o dejarse convencer; o pedirle a un tercero que medie entre ustedes; o, finalmente, pedirle a un tercero, que llamamos árbitro, juez o tribunal, para que escuche los argumentos de cada uno, revise la evidencia y decida quién tiene la razón o la mayor parte de ella, comprometiéndose a acoger el veredicto (por eso es que la corrupción en tribunales es tan grave, porque no creer en ellos es la antesala de volver a la violencia).
De todas las opciones anteriores, las tres últimas requieren inteligencia y una formación moral sólida.
Pues bien, Hitler, Stalin, Putin, Mussolini, para nombrar solo unos cuantos mamíferos rabiosos, simplemente agredieron. La conversación, la mediación o el debido proceso son esfuerzos intelectuales que este tipo de gente no hace, porque no son capaces o porque no quieren, lo que los convierte en seres intelectualmente limitados o en sujetos moralmente deficientes, o en una lastimosa combinación de ambos.
Como sea, son seres peligrosos que acarrean miseria y tristeza. Otros pueden alegar que se defienden de una agresión anterior, pero, en realidad, se sobregiran en la defensa y dejan de lado toda racionalidad en la respuesta y se convierten, tras exceder una defensa o una respuesta, en agresores. Netanyahu es de esta clase y su brutalidad se observa en un hecho simple: ha asesinado niños, muchísimos niños; ha dejado mutilados a muchos otros. No hay forma alguna de justificar o intentar explicar esto. Maldad en estado puro.
Y por eso llegamos a Donald. Un sujeto mediocre, intelectualmente básico, con un ego catedralicio que no se condice con su pequeñez moral, quien simplemente ordena hacer estallar barcos en el mar que, dice él, transportan drogas hacia Estados Unidos. Nadie sabe si es cierto. Lo que sí es claro es que ninguna de esas personas pudo ir a un tribunal a presentar su versión; lo real es que fueron condenados a muerte sin juicio, sin abogados, sin jurado, sin tribunal. Eso se llama asesinar. No hay otro nombre.
Y capturar al presidente de otro país sin orden judicial competente – que solo podría haber provenido de un tribunal internacional, por cierto – se llama “secuestro internacional”. Sobre las imputaciones que se le hacen a Maduro es posible que haya verdad. O que no la haya.
Pero eso es lo que debería resolverse a través de un debido proceso ante un tribunal imparcial (y, por lo mismo, de carácter internacional). Un juicio debe afrontarse siempre con un espíritu similar a aquel con que la ciencia enfrenta sus desafíos: evidencia, pruebas, argumentos. Lo que creamos, pensemos, imaginemos, carece de importancia.
Pero en esta arena, el matón siempre es un cobarde. No se atreve a debatir. No se arriesga a quedar públicamente como un tonto ni a ser humillado intelectualmente, porque conoce sus limitaciones. Para él, lo mejor es sentarse en una habitación, bien lejos de la acción en todo caso, observando cómo se hacen estallar botes, cómo se proporcionan golpizas y cómo se despliega la violencia total. Y un tribunal nacional controlable.
Lo triste es que el derecho es más una opción ética que una realidad cuando las cosas son realmente importantes. No se tocan a las empresas realmente poderosas y países como Estados Unidos desprecian la ley casi sin pudor, anunciando incluso que gobernará Venezuela (bienvenidos al colonialismo abierto del siglo XXI, ya sin pudor) y que pondrá a sus empresas a cargo del petróleo.
No, no tengo propuestas. Ni muchas esperanzas. Menos cuando veo masas de votantes corriendo a apoyar a gente como Trump, Bolsonaro, Bukele o Kast, gente que se identifica más con los golpes de estado, las cárceles inhumanas, los procedimientos sumarios y los perdonazos a violadores de los derechos humanos.
No nos asombremos, en todo caso. Nuestro escudo es un huemul y un cóndor sobre la frase “Por la razón o la fuerza” (proveniente del latín Aut consilio aut ense, que en español se tradujo por el poco amistoso lema “O por consejo o por espada”). Una cosa amenazante, porque el lema sugiere que la capacidad de debate de los que siguen el lema es limitada y que si el consejo no es tomado el tajo hará lo suyo. A tajo limpio cuesta harto razonar.
Además, es una tontería consagrar en el escudo nacional a la fuerza como si estuviera a la altura de la razón, con perdón de cualquier huemul o cóndor que haya intervenido en ello. Pero si creemos en el derecho, deberíamos mostrar nuestro crecimiento civilizatorio y excluir esa frase por otra de moralidad superior y mayor claridad conceptual, que no normalice la violencia y menos pretenda ponerla en un pie de igualdad con la razón.
“Por la fuerza de la razón” o “Por la razón y no la fuerza” me parecen buenas opciones, especialmente para un país en donde la fuerza ha aplastado a la razón tantas veces.