Kast y El tiempo de un mundo acabado que comienza
No sería la primera vez que el mundo se acaba. Se acabó con la caída de Roma, cuando el orden imperial devino ruinas. Se acabó con la peste negra, cuando Dios abandonó al mundo. Se acabó en Auschwitz, cuando la técnica se emancipó de la moral, y en Hiroshima, cuando el fin de mundo adoptó la forma de mil soles sobre una ciudad arrasada.
Y se acaba hoy, no de una vez ni con un estallido final, sino de una forma más inquietante: por desgaste y por costumbre. Sin épica. Sin duelo. Y, aun así, seguimos aquí, convencidos de que gobernamos –y somos gobernados– por un mundo que todavía se sostiene.
Después de Auschwitz, Hannah Arendt comprendió algo con lucidez: el mal moderno no necesita fanáticos ni monstruos, sino sujetos normales que cumplen órdenes, funcionarios que obedecen procedimientos y fragmentan su responsabilidad.
La “banalidad del mal” no consiste en la ausencia de horror, sino en su normalización técnica. Hoy esa lógica persiste cuando bombardear, bloquear o “neutralizar” se presenta como una operación necesaria, no como una decisión moral. El daño se administra con eficacia bajo el argumento de conveniencia particular.
El siglo XXI no vive el colapso repentino del orden internacional, sino su deterioro progresivo. No es que el derecho internacional desaparezca. Más bien se diluyen o se aplica selectivamente. La ley no muere: se suspende cuando estorba. Ucrania, Gaza y Venezuela condensan esta lógica.
Rusia invadió Ucrania invocando seguridad estratégica y esferas de influencia; Israel respondió a los atentados de Hamas con una ofensiva que organismos como la ONU, Human Rights Watch y Amnistía Internacional han calificado reiteradamente como una masacre totalmente desproporcionada; Estados Unidos, justifica una incursión militar en Venezuela como una acción legítima contra el narcoterrorismo. Escenarios distintos, mismo patrón: la excepción convertida en norma.
Carl Schmitt lo formuló sin ambigüedades: soberano hoy es quien decide sobre el estado de excepción. Giorgio Agamben nos hizo ver cómo en las democracias contemporáneas, la excepción dejó de ser una anomalía para convertirse en una técnica habitual de gobierno. No se destruye la legalidad; se la pone en pausa. Pero cuando la pausa se vuelve permanente, la ley deja de ser un límite y se transforma en escenografía.
La consigna pro patria mori reaparece, entonces, como coartada moral. Putin, Netanyahu y Trump —cada uno desde registros distintos— apelan a la seguridad nacional como justificación última. Al respecto, Mearsheimer, nos ofrece una lectura incómoda: las grandes potencias tienden a maximizar su poder y asegurar sus esferas de influencia, aun a costa del derecho. Pero el problema no se agota ahí.
Como advirtieron Kindleberger y Gilpin, cuando una potencia hegemónica pierde la capacidad o la voluntad de sostener reglas comunes, el sistema entra en una fase de inestabilidad. El multilateralismo no cae porque sea inútil, sino porque ya nadie quiere pagar su costo.
En el mundo actual, no hay gobernante en el mundo actual encarne mejor la política como espectáculo y la decadencia del poder que Trump. Marcuse lo anticipó: las democracias avanzadas no necesitan abolir libertades para volverse autoritarias. Basta con administrar el consenso democrático y la represión en favor de la productividad incesante.
Debord describió ese proceso como la sustitución de la experiencia por la representación. Bauman agregó que, en la modernidad líquida, nada es estable: la política ya no promete futuro, administra ansiedad. Byung-Chul Han llamó a este escenario “violencia neuronal”: saturación informativa, agotamiento moral, indignación permanente…autoexplotación. Trump no es un ideólogo ni un estadista; es un empresario que trata la política como una negociación hostil.
En este escenario Kast y su trayectoria ideológica es bien conocida: afinidad con Trump, Milei y Meloni, sobre todo, quienes, en parte, fueron sus estandartes simbólicos de campaña. Sin embargo, su discurso tras la victoria sorprendió por su tono moderado. Se advirtió la distancia entre el Kast candidato y el Kast presidente electo.
El problema, es que su gobierno arribará en un mundo distinto al de cualquier presidente chileno anterior: un mundo de una política de extremos, donde el derecho internacional se debilita y los aliados ideológicos son volátiles. Trump no cree en socios permanentes; exige alineamientos útiles, inmediatos y transaccionales. Y Chile, con su tradición legalista y multilateral, podría enfrentar una tensión inédita.
Chile posee cobre, litio, agua dulce y mar. En un planeta atravesado por crisis climáticas, energéticas y geopolíticas, esos bienes dejan de ser solo recursos económicos para convertirse en activos estratégicos. Hoy la soberanía no se pierde con invasiones, sino con pérdida de contratos y alza en los aranceles de importación.
Cuando en 1931 Paul Valéry escribió la frase “le temps du monde fini commence”, en su libro Regards sur le monde actuel, no hablaba de catástrofes súbitas, sino del agotamiento de una ilusión: la de un progreso lineal garantizado por instituciones racionales.
Valéry definía “el fin” como el mundo del burócrata, el mundo donde todo sería visto con la lógica de un gran inventario, donde todo tendría dueño y no quedarían lugar en el mapa sin bandera. El mundo se volvería una disputa, pero no por ideologías políticas ni mucho menos religiosas. Todo redundaría en una simple pero continua disputa económica entre intereses particulares.
¿Cuánto del Kast que gobierne será el candidato y cuánto el presidente electo moderado? ¿Cómo lidiará con la motosierra de Milei y con la, hasta ahora, simpatía de Trump? Lo de Kast sigue siendo una incógnita, tal vez incluso para él mismo. Pero en un mundo que vuelve a acostumbrarse al poder desnudo, esa ambigüedad ya no es psicológica: es histórica, es política, y ningún gobierno ambiguo navega bien en aguas revueltas.
Porque gobernar después del fin no consiste en negar los problemas —la desigualdad, la carencia de alimento a nivel mundial, los conflictos armados, el calentamiento global, las islas de plástico en el mar, el narcopoder, la crisis migratoria—. No. No consiste en negar que estamos parados sobre las ruinas de un tiempo acabado que comienza, sino en decidir —con lucidez y coraje— qué tipo de mundo se intentará reconstruir sobre ellas.