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La deuda latinoamericana frente a la crisis venezolana
Foto: Agencia Uno

La deuda latinoamericana frente a la crisis venezolana

Por: Esteban Zolezzi | 07.01.2026
Mantener la paz y la convivencia exige voluntad política, cooperación y responsabilidad compartida. En ese camino, la región requiere preguntarse: ¿Cómo fortalecer y mejorar el sistema integracionista latinoamericano para enfrentar la crisis actual y las futuras?

América Latina vuelve a enfrentar un escenario que creía superado: la presencia armada de una potencia externa. La crisis económica y política de Venezuela ha escalado al punto del despliegue militar estadounidense en un país de la región, pero más aún, ha expuesto la fragmentación del proyecto integracionista latinoamericano.

En los últimos meses hemos sido testigos de la incapacidad de los Estados de formar una respuesta regional ante la crisis, la falta de unanimidad en las declaraciones de los organismos regionales, y los aislados esfuerzos de mediación impulsados por algunos países de la región. Todo esto muestra que el sistema regional creado el siglo pasado con una vocación política compartida y resguardo de la paz, hoy se ha vuelto incapaz de articular respuestas colectivas frente a amenazas comunes como la migración masiva o el deterioro democrático.

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Si bien, las amenazas externas y de conflictos armados han estado presentes en la historia latinoamericana, su resurgimiento representa un retroceso. Por más de treinta años, desde la invasión a Panamá, América Latina no había enfrentado conflictos armados interestatales ni con potencias externas. Se había consolidado como una de las pocas regiones del planeta sin amenazas bélicas sostenidas durante las últimas décadas.

Este logro no era casual, sino el resultado de un trabajo sostenido orientado a construir una serie de organismos e instancias regionales en favor de la paz y la integración para evitar seguir en el escenario recurrente de guerras que dinamitaba el desarrollo en el pasado.

Desde la firma del Tratado Americano de Soluciones Pacíficas en 1949, pasando por la creación de la OEA, y el posterior desarrollo de distintos mecanismos de cooperación como FLACSO, el Mercosur, y la CELAC, América Latina apostó por resolver sus diferencias sin recurrir a la fuerza. Este entramado se construyó bajo un objetivo de promoción del desarrollo, la integración y la paz.

La situación venezolana refuerza los cuestionamientos respecto a las debilidades de los organismos regionales para responder de forma autónoma y coordinada ante crisis profundas. Si bien estas instancias han sido eficaces para evitar conflictos limítrofes o responder a desastres naturales, la falta de respuestas compartidas frente a los procesos electorales en Nicaragua, la invasión de la embajada de México en Quito o la destitución de Pedro Castillo en Perú, exponen las limitaciones estructurales de los organismos ante situaciones de deterioro democrático y crisis a nivel interno de los Estados de la región.

Los organismos e instancias regionales tienen como base el principio de no intervención, pilar de la diplomacia latinoamericana. Ahí radica la limitación actual: el principio que les ha permitido funcionar en contextos de diversidad política e ideológica, a su vez les genera un vacío de capacidades ante prácticas que dañan las democracias y la paz regional. América Latina bajo este nuevo contexto en Venezuela está obligada a hacerse la pregunta: ¿Cuándo la inacción frente a crisis internas puede pasar de ser prudencia diplomática a transformarse en la complicidad regional?

Esta pregunta adquiere mayor importancia considerando que la crisis de Venezuela adicionaba un agravante: su crisis interna ha generado una de las mayores crisis migratorias de la historia latinoamericana, con cerca de ocho millones de personas desplazadas, según estimaciones de ACNUR. La situación llamaba con urgencia a revisar cómo conciliar el principio de no intervención con el respecto a la democracia y la paz, cuando los efectos de la política interna de un país provocan una problemática regional a nivel humanitario, económico, político y de seguridad.

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Sin embargo, frente a ello las respuestas de los organismos regionales y los Estados que los componen fueron limitadas. Los miembros de la CELAC no lograron pronunciamientos conjuntos; en la OEA se creó en 2019 un Grupo de Trabajo sobre migración venezolana que apoyó políticas en países receptores, sin incidir en las causas estructurales del fenómeno; y la suspensión de Venezuela por parte de los miembros del Mercosur en 2017, no produjo cambios sustantivos en la política interna del país.

Tras las elecciones presidenciales de 2024 en Venezuela, los Estados de la región tampoco tuvieron una respuesta contundente ni unificada, en la CELAC no se logró pronunciarse sobre el proceso electoral ni sobre los conflictos sociales posteriores, mientras que la OEA emitió declaraciones sin contar con unanimidad, no fue autorizada a participar como observadora en el proceso, y no obtuvo los votos para suspender a Venezuela.

Las acciones realizadas por Estados Unidos en territorio venezolano son un recordatorio de que cuando América Latina no logra abordar y resolver sus crisis, otros llenan ese vacío. La nueva interpretación de la Doctrina Monroe, que la región creyó superada, reapareció en un momento en que la debilidad de los organismos regionales ha abierto el espacio para intervenciones externas.

Frente a los últimos hechos en Venezuela algunos Estados de la región han comenzado a pronunciarse, sin embargo, lo hace a través de diferentes declaraciones individuales o de grupos ideológicamente cercanos y no a través de los organismos creados, exponiendo nuevamente la fragmentación del proyecto integracionista latinoamericano.

El desafío de América Latina radica en hacer una autocrítica, convocar al diálogo mediante los mecanismos creados, fortalecerlos, e institucionalizar instancias de mediación regional. Sin capacidad de mediación efectiva ni de articulación que se superponga a las diferencias ideológicas, en cada crisis futura se facilitará las intervenciones externas que suplan el vacío de respuesta regional, erosionando continuamente la autonomía construida en las últimas décadas. Mantener la paz y la convivencia exige voluntad política, cooperación y responsabilidad compartida. En ese camino, la región requiere preguntarse ¿cómo fortalecer y mejorar el sistema integracionista latinoamericano para enfrentar la crisis actual y las futuras?

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