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Violencia en los estadios: Cuando el deporte pierde su esencia
Foto: Imagen referencial / Agencia Uno

Violencia en los estadios: Cuando el deporte pierde su esencia

Por: Belén Fierro Saldaña | 28.08.2025
La sociedad necesita que el fútbol -y el deporte en general- vuelva a ser lo que está llamado a ser: una escuela de ciudadanía, un espacio donde se aprende a respetar la diferencia, a celebrar la diversidad y a convivir con reglas comunes. De lo contrario, perderemos mucho más que un partido; perderemos la oportunidad de que el deporte siga siendo un motor de cohesión social y un vehículo de salud y bienestar.

Lo ocurrido el 20 de agosto de 2025 en Avellaneda, durante el partido entre Independiente y Universidad de Chile, vuelve a abrir una herida reciente: la violencia en los estadios. Las imágenes de enfrentamientos, destrozos y miedo colectivo no solo empañan un espectáculo deportivo, sino que contradicen, de manera frontal, los principios fundadores del deporte moderno y su contribución a la formación ciudadana.

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El deporte, entendido en su dimensión educativa y social, nació como una herramienta de encuentro, respeto y superación colectiva. Pierre de Coubertin, impulsor de los Juegos Olímpicos modernos, lo concibió como un espacio para cultivar la paz y la fraternidad entre naciones. No es casual que los valores de respeto, juego limpio y cooperación estén inscritos en toda política deportiva que busque fortalecer el tejido social. Sin embargo, cuando la violencia se toma la cancha y las tribunas, esos valores se transforman en meras consignas vacías.

La violencia en el fútbol no puede ser leída solo como un fenómeno aislado de ciertos hinchas desadaptados. Es, en realidad, un síntoma de algo mayor: la fragilidad de nuestra cultura cívica. El insulto al rival, el desprecio por la norma, el uso de la fuerza por sobre el diálogo son actitudes que se extienden más allá de los noventa minutos. Lo que está en juego no es únicamente la seguridad en un partido, sino la concepción del deporte como un espacio de formación integral para niños, niñas, jóvenes y adultos.

Por ello, los hechos ocurridos en Avellaneda deben ser leídos con seriedad. No basta con reforzar protocolos de seguridad o aumentar la presencia policial. El desafío es mucho más profundo: ¿cómo recuperamos el deporte como un espacio de encuentro ciudadano? ¿Cómo garantizamos que los estadios no sean sinónimo de miedo, sino de celebración colectiva?

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En este contexto, resulta relevante la decisión anunciada por Independiente, que identificó a 25 de los responsables de los incidentes y los castigó de por vida, expulsándolos como socios y aplicándoles el derecho de admisión permanente. Aunque esta medida constituye un avance importante y una señal de responsabilidad institucional, no resuelve por sí sola la raíz del problema: la erosión de la cultura cívica y del sentido formativo del deporte.

La respuesta pasa por políticas públicas decididas, pero también por un compromiso ético de dirigentes, clubes, jugadores, entrenadores, medios de comunicación y, por supuesto, hinchas. El deporte tiene un poder transformador innegable, pero solo si lo cuidamos y protegemos de quienes lo distorsionan con prácticas violentas.

La sociedad necesita que el fútbol -y el deporte en general- vuelva a ser lo que está llamado a ser: una escuela de ciudadanía, un espacio donde se aprende a respetar la diferencia, a celebrar la diversidad y a convivir con reglas comunes. De lo contrario, perderemos mucho más que un partido; perderemos la oportunidad de que el deporte siga siendo un motor de cohesión social y un vehículo de salud y bienestar.

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