Salmones en Chile: Historias de una industria polémica y millonaria
Según todos los pronósticos, la acuicultura se perfila como una de las principales soluciones alimentarias en el mundo para el 2050. A pesar de ello, la salmonicultura continúa siendo fuertemente criticada en Chile. Una acumulación de desastres ambientales y sanitarios han puesto en duda la imagen de la industria salmonera en Chile.
La industria del salmón se ha convertido en un factor clave de la economía chilena. Clave pero también polémico. Hoy, Chile es el segundo productor mundial de salmones después de Noruega y el salmón es el segundo producto más exportado en ese país después del cobre. En 2018, 829 000 toneladas fueron enviadas, desde el país austral a más de 70 destinos entre los que destacan Estados Unidos, Japón y Brasil. Todo por un valor de US$ 5157 millones según información del Banco Central de Chile.
Diez son las principales empresas que participan de esta industria exportadora, que representa una importante actividad económica en las tres regiones más australes del país. Más de 70 000 personas trabajan en actividades vinculadas a esta actividad en las regiones de Los Lagos, Aysén y Magallanes, donde 1358 concesiones han sido destinadas para el cultivo de salmones, según datos de diciembre de 2018 de la Subsecretaría de pesca, el organismo en Chile encargado de regular y administrar la actividad pesquera y de acuicultura.Salmoneras en fiordos patagónicos, Chile. Foto: Vreni Häussermann
Sin embargo, a pesar de las grandes cifras, el crecimiento de la industria salmonera en Chile ha sido y es altamente cuestionado por sectores de la sociedad civil vinculados a la ciencia, organizaciones de pescadores, organismos de protección ambiental y habitantes de las regiones australes en las que estas empresas operan. A lo largo de varios años, la industria salmonera en Chile ha protagonizado diversos escándalos medioambientales y sanitarios que han perjudicado no solo los recursos marinos sino también la calidad de vida de los ciudadanos.
El primer episodio público salió a la luz en 2007 cuando la sobrepoblación de salmones en los criaderos provocó el brote del virus ISA. El hecho desencadenó la peor crisis sanitaria en la historia de la industria nacional y dejó sin empleo a más de 15 000 personas. En el año 2016, 9000 toneladas de salmones muertos fueron vertidos al mar de Chiloé intensificando la marea roja hasta niveles nunca antes vistos, lo que causó, a su vez, una mortandad de peces sin precedentes y una profunda crisis social y económica. En 2018, una fuga de casi 700 000 salmones, desde las jaulas de crianza, ocasionó un nuevo problema ambiental con consecuencias hasta ahora desconocidas pero que, según los pronósticos de científicos, podría poner en riesgo a las poblaciones de especies nativas.
Centro de cultivo de salmones. Foto: WWF Chile – Denisse Mardones.
Sumado a esos eventos, la industria salmonera ha sido criticada por el uso excesivo de antibióticos en los peces; por generar condiciones anaeróbicas en el agua, es decir, por consumir el oxígeno disponible impidiendo la existencia de la vida en el mar; y por extenderse sobre áreas prístinas consideradas importantes refugios para la biodiversidad marina en el mundo. Este último caso se relaciona con la actual instalación de salmoneras en la reserva de la biósfera Cabo de Hornos por parte de la empresa Nova Austral S.A.