El Chile más bello y profundo vive en la imagen de la madre escuchando por primera vez en vivo a Marco Antonio Solís, con un cintillo amarrado a la cabeza, un cartel nervioso recién confeccionado, y las lágrimas corriendo de pura emoción desatada, de la más pura y salvaje emoción. Eso es el buki en el corazón de una señora esta noche; un bálsamo violento, una mano cariñosa y tibia recorriendo con fuerza su pecho como lo hacía su madre muerta en los sesenta; una luz en los ojos humedecidos por los recuerdos vivos, frescos, de las salidas noventeras a las parrilladas, con el viejo que murió tan joven víctima de un cáncer; es un flechazo de los besos furtivos dados en vacaciones, mientras los niños jugaban en la arena, mientras el matrimonio intentaba dormirlos un sábado en la noche para luego tararear una canción junto a una copa de vino escuchando la Pudahuel.
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