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Minería, relaves y crisis socioecológica planetaria

Nuestro país necesita con urgencia un cambio de paradigma sociocultural, una transformación radical del sistema económico imperante, para dejar atrás el extractivismo –rezago colonial, tercermundista, de siglos– y pasar a una fase productiva terciaria basada en la educación, los servicios, la innovación, la calidad de vida de la población, en el cuidado y restauración de la naturaleza en todo nuestro territorio.

Por Juan Pablo Orrego Miranda 25 de marzo de 2026 - 07:00

A veces, por necesidad urgente, no queda otra que reiterar información vital, que es obvia y evidente, pero que, sin embargo, por complejos motivos, es ignorada. En nuestro país los impactos negativos de las faenas mineras y sus depósitos de relaves se suman y multiplican con los de toda la esfera industrial que acompaña esta actividad extractiva: caminos, prospecciones invasivas, gigantescos rajos abiertos, instalaciones subterráneas, fundiciones, plantas de generación eléctrica (tales como termoeléctricas a carbón), líneas de transmisión, puertos dedicados, mineroductos (o concentroductos), desaladoras (con graves impactos en los ecosistemas costeros), campamentos, maquinaria de gran tamaño, flotas de camiones, transporte y acopio de combustibles, y más.

Cabe alertar que Chile, con su limitado y telúrico territorio, es el tercer país con más depósitos de relaves del mundo, 795, de los cuales 667 están inactivos o abandonados sin cierre. Son considerados los mayores “ pasivos” socioambientales de la minería. En base a sus gravísimos impactos en la salud humana y biodiversidad en general, hemos redefinido los depósitos de relaves como activos agresores socioambientales. Se puede afirmar entonces, que la esfera industrial minera en su conjunto es una de las actividades humanas que genera más impactos sociales y ambientales negativos en todo el orbe.

Así, es legítimo preguntarse cuánto de toda la minería que se realiza en el mundo es necesaria para el bienestar de la humanidad, sobre todo cuando se constata claramente que está perturbando el equilibrio de la actual biosfera, degradando la calidad de vida de toda la biodiversidad terrestre y marina. Al indagar con mayor profundidad se descubre que un porcentaje muy alto de los minerales extraídos a nivel global son utilizados para fines muy poco nobles.

Entre estos destaca la industria bélica. No hay guerra sin armas, y no hay armas sin minerales. Las armas –todas hechas de aleaciones entre minerales metálicos, no metálicos y tierras raras–, van desde una pistola automática, pasando por los inverosímiles fusiles para francotiradores, una variedad indescriptible de municiones de todos los calibres, cazabombarderos y bombarderos pesados, tanques, misiles, drones, submarinos, hasta el engendro bélico más masivo, un buque portaaviones, cuyo casco está hecho de 100.000 toneladas de acero. Algunos submarinos de ataque tienen cascos de titanio.

En base a la asombrosa cantidad de minerales visiblemente incorporados en todos estos artefactos bélicos, se puede deducir que la guerra ocupa uno de los primeros lugares en su consumo y que, por lo tanto, es responsable en gran medida de los innumerables impactos socioambientales negativos de la mega minería en todo el mundo. Sin duda alguna, este impacto es biosférico. Afecta la biosfera entera, atmósfera, aire, aguas, ciclos hidrológicos, suelos, biodiversidad –todo lo viviente, humanidad incluida– y el sistema climático.

Investigadores han demostrado que el departamento de defensa de EE.UU. –que aglomera el ejército, la armada, la fuerza aérea, la NASA y las agencias de “inteligencia”– es el mayor consumidor de petróleo y derivados, y, por lo tanto, el mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo. Esto demuestra con nitidez la directa relación entre minería, guerra, y crisis ecológica global, que incluye el cambio climático.

A los impactos de la minería, realizada para abastecer la guerra, se suman posteriormente los brutales impactos negativos de las guerras mismas –recordemos los 700 pozos petroleros ardiendo después de ser bombardeados en Kuwait–, algo que tenemos muy presente hoy en la retina con Gaza y el Medio Oriente en general, Ucrania, Sudán y un doloroso y muy largo etcétera bélico. Se descubre ahora que los restos de las bombas y sus componentes minerales incrustados en la tierra contaminan suelos y aguas con metales pesados y elementos químicos por largos períodos.

Con la guerra tenemos el peor ejemplo de un uso masivo de minerales –que explica en gran medida la proliferación de minas y sus consiguientes depósitos de relaves, entre otras múltiples instalaciones– que no solo es innecesario sino absolutamente destructivo. Nos preguntamos: ¿de toda la minería que se hace en la Tierra, cuál será el porcentaje destinado a la industria bélica?, ¿60-70%? Información muy difícil de obtener dada la increíble complejidad del sector armamentista, la cantidad de ejércitos y armamentos, la cantidad de subcontratistas y proveedores, y también por la falta de transparencia y todo tipo de ‘confidencialidades’ estratégicas que caracteriza a esta letal industria.

Otro sector intensivo en el uso de minerales es el automotriz, que no solamente produce vehículos de trabajo o para el uso familiar, sino también los innecesarios automóviles de alta gama y sobredimensionados –alimento para grandes egos–. La aviación comercial también hace lo suyo, consumiendo enormes cantidades de minerales, particularmente aluminio, siendo además un sector responsable de consumir cantidades asombrosas de combustibles y de emitir cantidades igualmente asombrosas de gases de efecto invernadero, que dañan de paso la capa de ozono. Claramente la humanidad está volando en exceso, en forma ecológicamente frívola. El negocio del turismo se ha transformado en un fenómeno tan masivo como compulsivo, que no toma en cuenta sus consecuencias socioambientales.

La construcción de ‘rascacielos’, estilo Torre de Babel, con inverosímiles estructuras hechas con incontables toneladas de acero y concretos, se ha transformado en una verdadera competencia entre países que quieren demostrar superioridad, sin ninguna consideración por los impactos de la extracción de todas las materias primas –en particular los metales– que se necesitan para levantar estas obras megalomaníacas que no le hacen ningún bien al mundo. Sin mencionar la enorme demanda de electricidad que instalan los ascensores, metálicos, por supuesto, que suben y bajan incesantemente a través de sus cientos de pisos –el más alto, en Emiratos Árabes Unidos, tiene 163 pisos–. Los yates de lujo son otro ejemplo de un uso absolutamente frívolo de metales.

Entonces es legítimo hablar de minería definitivamente destructiva –tanto en sus faenas como en sus usos– y de minería superflua, innecesaria. Así, es urgentemente necesario cuestionar la minería per se. Ciertamente una herejía en Chile y muchos otros países mineros del sur global. Se la promueve como sector “productivo”, cuando realmente, y realizada con tal intensidad como la actual –y en muchos casos con objetivos espurios–, es un sector destructivo social y ecológicamente. El punto es que el sacrificio –los ecocidios y sociocidios que está provocando la minería a nivel global– no se realiza para mejorar la calidad de vida de los seres humanos, de todas las otras formas de vida y de la biosfera en su conjunto, sino, en mayor medida, para todas las cuestionables actividades con fines de lucro mencionadas arriba, y hay muchas más.

Nuestro país necesita con urgencia un cambio de paradigma sociocultural, una transformación radical del sistema económico imperante, para dejar atrás el extractivismo –rezago colonial, tercermundista, de siglos– y pasar a una fase productiva terciaria basada en la educación, los servicios, la innovación, la calidad de vida de la población, en el cuidado y restauración de la naturaleza en todo nuestro territorio. Necesitamos ordenamiento territorial, valoraciones contingentes, evaluaciones ambientales estratégicas, estudios de capacidad de carga ecosistémica, y la elaboración, previa a cualquier emprendimiento, de líneas de base sociales y ambientales exhaustivas, para que el sistema no autorice proyectos que pueden causar graves impactos negativos, económicos, sociales, culturales y ambientales. Esta debería ser la tónica en todo el mundo.

La crisis ecológica global y el cambio climático están llevando a la humanidad a un abismo. Este dilema no es ideológico, es totalmente pragmático: de vida o muerte para la humanidad. La humanidad no podrá seguir explotando el planeta para hacer la guerra o producir artefactos para el capricho de millonarios, como lo está haciendo, por mucho tiempo más.

¿Solo un apocalipsis provocado por nosotr@s podrá ponerle fin a este ciclo tanático en el que parecemos estar atrapados? ¿No es posible proactivamente ponerle fin, con la inteligencia y voluntad humana? No tenemos muchas opciones: o asumimos con lucidez implacable la entrópica situación actual para hacer cambios radicales de rumbo… o seguiremos encaminados hacia el desastre total. Somos muchas y muchos que deseamos intensamente la primera alternativa, y que tenemos la convicción que es un desafío de alta complejidad, pero totalmente posible.

Ecologies of Power, Countermapping the Logistical Landscapes & Military Geographies of the U.S. Department of Defense, Pierre Bélanger & Alexander Arroyo, The MIT Press, 2016

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