El tema que ha copado la agenda, en los últimos tiempos, es la supuesta revolución que supone el desarrollo de la inteligencia artificial (en adelante, IA). Las universidades crean protocolos y fondos relacionados con su gestión e integración; la prensa especula sobre los avances que conllevaría, y apuesta por la obsolescencia que implicaría en ciertos campos. El debate público manifiesta, como nunca, argumentos que parecen sacados de la ciencia ficción.
Hace poco menos de dos meses, el hombre más rico del planeta profetizó en una entrevista auspiciada por Anthropic, que la IA traería abundancia absoluta, y la vida humana se redefiniría de formas inimaginables. Hace poco, por contraste, un excolaborador de estas compañías renunciaba públicamente, advirtiendo que, en el desarrollo de los sistemas de automejora recursiva, se abría un riesgo significativo de extinción masiva.
Esta manifestación estuvo acompañada de un preocupante llamamiento informal por parte de los CEOs de diversos desarrolladores, a ralentizar y controlar el desarrollo de estos modelos, lo cual fue descartado de plano por quienes dirigen a las mayores potencias del planeta. Homo homini deus.
No es mi intención evaluar estas argumentaciones, porque no tengo los antecedentes para hacerlo. No obstante, valga un rodeo para mencionar, adaptando una reflexión de los pensadores brasileños Viveiros de Castro y Danowski (2019), lo desolador que resulta que el fin de la humanidad sea más verosímil que el fin del desarrollo de estos modelos. Lo que me interesa, es que, más allá de los llamamientos a poner la técnica al servicio de la humanidad —por ejemplo, del Papa León XIV (2026)—, la misma parece convertirse en un fin en sí misma.
En su crítica a la sociedad industrial tardía, Marcuse (1993) nos muestra que el predominio de la técnica por encima de cualquier otra dimensión de la existencia no es inocuo, sino que produce una transformación alienante del ser humano y del proceso productivo. Esto conduce a una supresión del pensamiento crítico, junto a una banalización general de la existencia. Concuerda en ello León XIV, al señalar que cuando se impone lo útil a lo verdadero se avanza “lenta pero inexorablemente al totalitarismo” (2026: 134).
La aplicación de la IA en la vida cotidiana se ha vuelto omnipresente, reemplazando elementos esenciales de nuestra existencia. Como profesor, he observado que ha pasado a desempeñar funciones esenciales para el desarrollo de la formación profesional, como escribir o pensar. En este contexto, cuando es más necesario que nunca hacer frente a estas prácticas en el área del conocimiento, el gobierno decide priorizar el desarrollo de aplicaciones concretas, ojalá técnicas, en desmedro de áreas que promuevan la reflexión. Machina homini deus.
Hace dos décadas se estrenó la película Wall-E. En ella, un grupo de robots protagoniza la historia, mientras la humanidad espera pasivamente el desenlace. En una distopía, administrada por máquinas, la humanidad se ve reducida a una existencia cuyo único fin es saciar apetitos corporales. Las máquinas producen, sirven, interactúan y evitan que los humanos se aburran, mientras los humanos meramente existen irreflexivamente. ¿Es esa una posible redefinición de la humanidad que desencadene la IA, una humanidad unidimensional que solo promueva la saciedad instrumental?
La pregunta sobre lo que define a la humanidad ha sido planteada por distintos pensadores a lo largo de la historia. El espíritu, la norma, la capacidad de interpretación simbólica han sido opciones disputadas al respecto. Hay una dimensión, no obstante, que parece prevalecer en la antropología evolutiva y que pone atención en las dimensiones colaborativas de nuestra especie, más que en las que suponen competencia o excepcionalidad creativa.
Como señala Michael Tomasello (2009), posiblemente lo que distingue en realidad a la humanidad es su inclinación innata hacia la cooperación, y la interacción significativa. Lo que nos distingue es, entonces, nuestra capacidad de colaboración, de establecer vínculos recíprocos, de unirnos y pensar colectivamente en nuestro porvenir. Homo homini sacra res.
A finales de la década de 1980, la filósofa Donna Haraway nos invitaba a replantear nuestras categorías de pensamiento cuando nos declaraba ciborgs para romper esencialismos (1991). Al escribir estas reflexiones no del todo conectadas me gustaría hacer todo lo contrario: declararnos anti-ciborgs, pero no en contra de Haraway, sino del materialismo pragmático y utilitarista que nos toma como entidades aplanadas (por tomar prestado un concepto de la antropóloga Rocío Silva), cuyo único fin está en la preservación de la carne y la satisfacción de sus apetitos.
Vivimos épocas inciertas, en las que el culto a la técnica y una valoración de las dimensiones materiales de la existencia parecen volverse ortodoxia. Frente a esto, retomar los principios que definen realmente a nuestra especie, en su cabal complejidad, no solo es una suerte de resistencia, sino una determinación por la supervivencia.