sábado 04 de abril de 2026

Lo que el cuaderno de Calama nos obliga a leer

La violencia no comienza con actos como los de ahora, si no que comienza mucho antes, y nuestra tarea es aprender a leerla cuando aún está siendo escrita.

4 de abril de 2026 - 07:00

Un cuaderno donde, durante meses, el joven escribió, pensó, planificó. Donde bosquejó una idea que fue creciendo, mutando, radicalizándose. En ese cuaderno, que hoy forma parte de la investigación, no solo se describe un plan, sino también una interpretación del mundo: la idea de que la adultez es un espacio de sufrimiento, abandono y sin sentido.

Esa afirmación, brutal e inquietante, no puede ser leída únicamente como el delirio de un individuo, es también un espejo incómodo de nuestras formas de habitar hoy la adultez. En ella hay una interpelación directa al mundo adulto y a las condiciones sociales y educativas que hemos construido. Un mundo adulto que no leyó, que no escuchó, que no vio (o que no supo cómo hacerlo).

¿Qué adultez estamos mostrando?

¿Qué mundo estamos ofreciendo como horizonte?

Un acto como este tiene múltiples aristas y no podríamos responsabilizar de manera directa o única a la escuela, ni a la familia, ni a las políticas públicas. Pero sí debemos asumir que la violencia no aparece de la nada, se gesta en tramas relacionales, institucionales y culturales que muchas veces normalizan el malestar, minimizan las señales o reducen la convivencia a normas sin trabajar el sentido de las mismas.

“Se fijan más en los aros o piercings, pero no en situaciones más graves”, es uno de los testimonios tras los hechos ocurridos, que evidencia cómo la preocupación por lo "cosmético" invisibiliza los focos de violencia que pueden trascender de manera menos evidente y que suelen incubar episodios mayores de agresión.

La respuesta inmediata frente a hechos como este es la seguridad: detectores de metales, más vigilancia, protocolos más estrictos. Hay condiciones materiales que pudieran ser revisadas, pero reducir el problema a un asunto de control es no comprender su profundidad. La violencia no se resuelve únicamente con más control, se previene con más vínculo.

En ese sentido, la formación inicial docente adquiere un lugar estratégico. No basta con incorporar contenidos sobre convivencia o bienestar en el currículum, se requiere formar profesionales capaces de leer el malestar, de construir relaciones pedagógicas significativas, de sostener comunidades en contextos de alta complejidad donde el otro realmente importe.

Pero esto también implica reconocer un límite: la escuela no puede, por sí sola, hacerse cargo de todo. La convivencia educativa es una responsabilidad social más amplia que involucra políticas intersectoriales, sistemas de protección robustos y un compromiso efectivo con la salud mental de niños, niñas y jóvenes.

El cuaderno del atacante con sus páginas escritas durante meses es más que una evidencia judicial, es un documento político. Un registro de aquello que no fue escuchado, de lo que no logró ser significado en una comunidad que, probablemente, no contaba con las condiciones para hacerlo.

La Política Nacional de Convivencia Educativa 2024–2030 nos convoca a construir comunidades educativas basadas en el cuidado. Es clara al señalar que la convivencia y el bienestar no son dimensiones accesorias, sino condiciones fundamentales para el aprendizaje y la vida en común. Sin embargo, lo que este caso evidencia es la persistente brecha entre el marco normativo y las prácticas que efectivamente configuran la experiencia escolar. No se trata solo de un problema de implementación, sino de prioridades: seguimos subordinando el cuidado a la lógica del control.

Entonces debemos preguntarnos con honestidad: ¿qué condiciones estamos generando para que ese cuidado sea posible? Porque la violencia no comienza con la ejecución de actos como los de ahora, si no que comienza mucho antes y nuestra tarea como sistema educativo, pero también como sociedad, es aprender a leerla cuando aún está siendo escrita.

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