En Chile ha accedido al poder del Estado el segmento de la clase política más ignorante de las conocidas hasta ahora, que, contra viento y marea, persiste en sus desatinos y aberraciones. Y lo seguirá haciendo porque es parte de su voluntad programática, incluso aunque sus comportamientos vayan en contra del sentido común, la moral compartida, la decencia, los derechos adquiridos y las recetas habituales del marketing político.
Las derechas y la destrucción de la opinión pública
No solo hay una ofensiva autoritaria, que no va a dudar en usar la violencia represiva, sino también una incapacidad de respuesta por parte de la izquierda y del liberalismo.
Estas derechas, como en todo el mundo, transforman la acción política en un acto de comunicación en sí mismo. A través de estrategias de shock, decisiones rupturistas y gestos deliberadamente provocadores, convierten la intervención institucional en escenas y espectáculos impactantes, dirigidos a producir miedo y adhesión a la vez.
En tiempos de hipervisibilidad y banalidad, las derechas rompen con la máxima de la apariencia política, es decir, con la simulación democrática y la disimulación autoritaria, y se muestran desnudas en sus intenciones hegemónicas y en su barbarie.
La acción política deja de ser solo un medio de gobierno y pasa a funcionar como un gesto de poder. El mensaje principal es: «esto y mucho más es lo que soy capaz de hacer». A su modo, es una siniestra «propaganda por la acción», muy eficaz dentro de la lógica del espectáculo dominante, donde todo es palabrería, ruido y banalidad trágica.
Estas derechas resisten y resistirán cualquier tipo de crítica que ponga en cuestión su asedio reaccionario a la vida, a la convivencia y a la igualdad. La opinión pública les importa como objeto de sumisión y control, no como interlocutor en un proceso dialógico democrático. Porque su objetivo no es construir y liderar mayorías electorales, sino construir y manipular mayorías culturales y sociales.
Los desatinos de estas derechas no son «errores comunicacionales», como ingenuamente piensan opinantes de toda clase y orientación política que se desviven por aconsejarles que rectifiquen, que cumplan sus promesas de campaña, que hagan caso a las encuestas o que simplemente sintonicen con la ciudadanía. Es decir, lo obvio en el viejo mundo de la primacía de la opinión pública, donde importaba el elector político y el receptor de mensajes a quien había que seducir y persuadir. Esto ya no es necesario porque ni siquiera «la realidad» es necesaria para su proyecto, salvo «su» realidad construida a base de repetir mentiras.
La propaganda reaccionaria no busca tanto convencer de sus ideas como lograr que una parte importante de la ciudadanía las tolere. No les interesa tanto ganar segmentos de fieles como ganar masas de indulgentes o condescendientes. Lo que importa es construir un marco interpretativo compartido y que se acepte, o por lo menos que no haya oposición explícita a lo que piensan y hacen.
Las extremas derechas en el mundo están en una fase de construcción y estabilización de liderazgos y expresiones partidarias. En cada país pueden ser varios los que compiten por expresar dicha base ideológica. Kast y Kaiser, por ejemplo, son perfectamente intercambiables entre ellos porque comparten un mismo ethos, una misma visión del mundo, tienen similar base social y apoyan y son apoyados por una misma clase empresarial, nacional e internacional.
Y este gobierno sabe que, si bien ha perdido circunstancialmente popularidad, las ideas y sentimientos que los han llevado al poder persisten en la ciudadanía. Sobre todo aquellas más crueles, como la expulsión de inmigrantes irregulares y la pérdida de derechos asistenciales de sus hijos. Apuestan por la normalización del espanto; es decir, que una parte de la ciudadanía apoye esas medidas y que otra mire hacia otro lado.
La opinión pública en las democracias liberales nunca ha sido de verdad un espacio de deliberación pleno; nunca ha habido equivalencia o equiprobabilidad en la expresión y consideración de las opiniones individuales; siempre ha sido asimétrica y clasista. Pero mantenía una ficción buenista que permitió avances importantes en derechos y libertades.
En Chile, el gobierno de Kast está tensando la cuerda y cuenta con recursos y previsiones para enfrentar dos escenarios: el primero es que la ciudadanía mantenga su actitud de sometimiento y pasividad frente al recorte de derechos y libertades; en este caso, seguirán su programa sin modificaciones. El segundo es que se abandone la obsecuencia y se active la impugnación al poder. Este último escenario abriría paso a prácticas represivas dentro de diferentes tipos de estados de excepción, lo que redundaría en una polarización social con derivas impredecibles.
La clase política liberal y la de izquierdas, por ignorancia de la historia del siglo XX, sigue cometiendo aquí, en Chile y en todo el mundo, la misma equivocación que cometieron en los albores del siglo XX: minimizar la amenaza autoritaria, considerarlos actores legítimos, dialogar con ellos y creer que el mecanismo electoral es el único activable para enfrentarlo. No solo hay una ofensiva autoritaria, que no va a dudar en usar la violencia represiva, sino también una incapacidad de respuesta por parte de la izquierda y del liberalismo, ambos sin proyecto de reemplazo del creciente orden autoritario.
Pero el conflicto político ya no puede leerse ni enfrentarse con los instrumentos clásicos de los regímenes liberales, porque las reglas del juego han cambiado, el capitalismo ha abandonado la democracia y la igualdad ha perdido centralidad social. Cuando la vía electoral no basta, la alternativa no es abandonar la política, sino expandirla más allá del ritual del voto. Eso supone reconstruir poder comunitario y tejido social para que la democracia no dependa solo de instituciones capturadas por la lógica del espectáculo o de mayorías momentáneas y veleidosas.