lunes 04 de mayo de 2026

La fragilidad del mar chileno ante los Parques Eólicos Marinos

Chile no es Dinamarca ni Escocia. Nuestra costa es un margen activo, estrecho y sísmico que requiere protección, no una industrialización forzada que ignora las leyes de nuestra propia geografía.

4 de mayo de 2026 - 05:00

Chile se enfrenta a una encrucijada energética que, bajo la promesa de sustentabilidad, oculta riesgos ecológicos y de seguridad pública sin precedentes. El avance del plan eólico marino para las regiones del Maule, Ñuble y Biobío, encabezado por el proyecto Ardenna frente a las costas de Chanco, junto con la avanzada tramitación de la línea de transmisión Hualqui-Itahue, nos obliga a cuestionar: ¿Es nuestra costa realmente apta para este tipo de industria? La respuesta técnica y geográfica sugiere un rotundo no.

El factor geográfico: Una plataforma continental que no ofrece espacio

A diferencia de los países del hemisferio norte que poseen plataformas continentales de cientos de kilómetros, Chile cuenta con una plataforma excepcionalmente delgada (30 a 40 km. en zona central). Debido a la colisión de las placas de Nazca y Sudamericana, el fondo marino cae abruptamente hacia la fosa oceánica a muy corta distancia de la playa.

Esta característica física impone una restricción fatal: los aerogeneradores están obligados a instalarse muy cerca de la costa. En el caso de Ardenna, el primer proyecto en estudio, las torres se ubicarían a tan solo 14,5 km, lo que en términos oceánicos es equivalente a instalar una zona industrial en el antejardín de nuestro ecosistema marino más productivo.

La Zona Nerítica: Un ecosistema bajo asedio

Al situar las turbinas a esa distancia, se interviene directamente la zona nerítica. Esta se define como la franja de agua que cubre la plataforma continental desde la orilla hasta los 200 metros de profundidad. En Chile, esta zona es el epicentro de la biodiversidad; es donde la luz solar y los nutrientes de la Corriente de Humboldt permiten la vida de peces, moluscos y microorganismos esenciales.

Instalar infraestructura masiva aquí arriesga un impacto sistémico. Dada la geografía alargada y estrecha de nuestra plataforma, esta funciona como un corredor biológico crítico. La instalación de campos de aerogeneradores actuaría como un "tapón" o cuello de botella para el desplazamiento natural de norte a sur de cetáceos, lobos marinos y aves migratorias que viajan hacia el hemisferio norte, fragmentando un hábitat que ya es geográficamente reducido.

El riesgo sísmico: El peligro de las torres flotantes

Debido a la gran profundidad que alcanza el mar chileno a pocos kilómetros de la costa, las turbinas no pueden anclarse al fondo de forma fija, sino que deben ser tecnología flotante. En un país con la mayor actividad sísmica del planeta, esto es una temeridad.

Chile es zona de grandes terremotos y tsunamis devastadores, como el ocurrido en 2010 que impactó severamente a la Región del Maule. El riesgo de que un tsunami rompa los anclajes y desplace estas moles de acero hacia la costa es real. Una torre a la deriva o proyectada por un tsunami hacia zonas pobladas o caletas pesqueras representa un peligro inminente para la vida humana y la infraestructura costera.

¿Energía para quién? El costo de la exportación

Finalmente, debemos preguntarnos cuál es el objetivo real de sacrificar el mar del Maule, Ñuble y Biobío. Estos proyectos privados no buscan abaratar la cuenta de luz de los hogares chilenos; su fin es generar energía para la gran minería o la producción de hidrógeno verde para exportación.

Estamos ante un modelo donde el impacto ecológico, el riesgo vital ante catástrofes y la destrucción del corredor biológico marino se quedan en Chile, mientras que el beneficio económico y el recurso energético se trasladan al extranjero o a la industria extractivista. El plan de transmisión Hualqui-Itahue es el eslabón final de una cadena que prioriza el capital privado sobre la seguridad y el patrimonio natural de las regiones de la zona centro-sur de Chile.

Chile no es Dinamarca ni Escocia. Nuestra costa es un margen activo, estrecho y sísmico que requiere protección, no una industrialización forzada que ignora las leyes de nuestra propia geografía.

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