Llevamos un mes y medio de gobierno y la agenda parece estar completamente copada. Múltiples anuncios, voces cruzadas y rectificaciones sobre dichos marcan el ritmo de los ministros del presidente Kast. En paralelo, en redes sociales, ciudadanos transitan entre un constante “ disfruten lo votado” y un “justamente lo que voté”.
Gobernar en modo campaña: Irritación, incertidumbre y lazo social
La pregunta no es si el gobierno seguirá ganando la agenda, sino si será capaz de transformar esa energía de campaña en una forma de conducción política.
La aprobación de los personeros va en descenso y, como han señalado algunos intelectuales de la plaza, el presidente parece seguir en modo campaña —modo Sin Filtros, dicen algunos— en vez de abrazar plenamente la investidura que amerita el cargo. Esto tiene consecuencias. La tesis de esta columna es que esta forma de comunicación no solo organiza la disputa política, sino que corroe el lazo social al intensificar la desconfianza y la incertidumbre. Aquí me gustaría explorar las consecuencias culturales de las estrategias que ha tomado el gobierno para dar un sello a su gestión durante estas primeras semanas.
Un primer elemento que llama la atención es la lógica polarizante. Esto no tiene que ver solo con la exaltación del propio bando. Más bien, la lógica que ha elegido el gobierno parece orientarse a una constante interpelación y sospecha hacia la oposición, muchas veces sin evidencia concluyente, sino más bien guiada por distancias ideológicas o afectivas. Se ha impulsado, por ejemplo, un plan de auditoría que hasta ahora no ha alterado de manera significativa la dinámica política.
A ello se suma la insistencia en la idea de un “Estado en crisis” heredado del gobierno anterior, así como declaraciones del propio presidente que sugieren irregularidades generalizadas. También se han instalado premisas discutibles como, por ejemplo, que el gobierno anterior no apoyó a Carabineros, pese a la existencia de legislación aprobada en ese periodo.
Finalmente, algunas decisiones parecen responder más a distancias políticas que a criterios técnicos, como la salida de Jeanette Vega o la falta de apoyo a Michelle Bachelet en su candidatura a la Secretaría General de la ONU.
Todo esto configura una lógica polarizada y antagónica. No se trata de hacer una defensa del gobierno anterior —un lector podrá encontrar ejemplos donde sectores del Frente Amplio han actuado de manera similar—, pero este gobierno llegó bajo la premisa de ordenar la casa en un contexto de emergencia. Mi impresión es que la lógica antagónica socava directamente ese propósito.
La instalación de una suerte de “cacería de brujas”, visible incluso en el clima que rodeó el cambio de mando, solo exacerba elementos que Kathya Araujo ha descrito como parte del circuito del desapego, en particular la irritación: una hipersensibilidad que tiene efectos directos sobre la convivencia cívica.
Las encuestas muestran hace años una caída sostenida en la credibilidad de la política. Esta postura de sospecha hacia el adversario solo alimenta la desconfianza y puede intensificar la irritación cuando el propio gobierno enfrente cuestionamientos que pongan en duda su rectitud moral, como ocurrió con el episodio del almuerzo de egresados de Derecho UC. El problema es que esa irritación no necesariamente encuentra canales institucionales claros para ser procesada.
Un segundo elemento es la estrategia de copamiento: llenar la agenda de anuncios sobre acciones futuras, muchas veces sin suficiente claridad respecto de su implementación. Algunos ejemplos son ilustrativos: se anuncia una persecución del CAE sin definir con precisión a quiénes afectará; inicialmente se habla de ingresos sobre cierto umbral, pero luego aparecen señales contradictorias; se comunica una eventual devolución de IVA en pañales y medicamentos, sin detalles claros sobre plazos o mecanismos; se anuncian expulsiones de migrantes que luego se matizan; se habla de descontinuar programas cuando en realidad se trata de reformularlos; se asegura que no habrá recortes sociales, pero luego se plantea que, para ordenar la casa, estos serán inevitables. Esta dinámica de anunciar, rectificar y volver a anunciar comienza a instalarse como patrón.
Lo anterior golpea directamente otra dimensión trabajada por Kathya Araujo: la desmesura, entendida como el efecto de vivir en condiciones de incertidumbre persistente. Los chilenos ya arrastramos una carga significativa en este sentido: trayectorias educativas inciertas, transformaciones tecnológicas aceleradas, presiones económicas crecientes y un contexto internacional inestable. La estrategia comunicacional del gobierno no hace sino exacerbar esa condición.
Un ejemplo elocuente es la discusión sobre eventuales cambios tributarios en el sector inmobiliario, que ha contribuido —junto a factores económicos más amplios— a frenar decisiones de inversión a la espera de mayor claridad. Sectores completos quedan así suspendidos en una lógica de espera.
El gobierno deberá evaluar si quiere simplemente cumplir las expectativas de su electorado o asumir plenamente la tarea de conducir el país. Esto último implica hacerse cargo de la distancia entre los ciudadanos, de la fragilidad del lazo social y de la acumulación de frustraciones. Resulta llamativo que un gobierno que se presenta como ordenador termine reproduciendo dinámicas que profundizan la incertidumbre.
El problema para Kast no es solo si logra imponer su agenda, sino qué tipo de sociedad deja mientras intenta hacerlo. Gobernar antagónicamente puede mantener movilizado al propio bando, pero también profundiza la sospecha, la irritación y la falta de certezas en una ciudadanía que ya vive al límite.
La pregunta, entonces, no es si el gobierno seguirá ganando la agenda, sino si será capaz de transformar esa energía de campaña en una forma de conducción política. Porque gobernar no consiste solo en derrotar adversarios: consiste también en producir un mínimo de mundo común.