En el marco de una nueva celebración del Día de la Madre, desde el GTOP (Grupo Transdiciplinario para la Obesidad Pediátrica) de la Universidad de Chile, nos gustaría proponer un cambio de perspectiva necesario: “el bienestar del bebé es, en gran medida, un reflejo directo de la salud integral de su madre”.
Durante el postparto, la atención social y familiar suele volcarse exclusivamente al recién nacido, invisibilizando que la mujer atraviesa la etapa de mayor exigencia biológica, nutricional y emocional de su vida. Pero cuidar a quien cuida es una responsabilidad compartida y una estrategia de salud pública fundamental.
Para favorecer un óptimo estado nutricional, junto a un crecimiento saludable del bebé, el autocuidado debe basarse en pilares concretos, comenzando por una nutrición adecuada que cubra las altas necesidades energéticas y de nutrientes críticos en la madre. Más que comer mucho, el secreto está en nutrirse bien.
Es fundamental asegurar el aporte de calcio, presente en lácteos, brócoli o almendras, para proteger los huesos de la madre; zinc (carnes rojas o legumbres) y vitamina A (zanahoria, zapallo o espinaca) para fortalecer las defensas y la visión; junto al folato (legumbres y acelga) para la recuperación de los tejidos tras el parto.
Asimismo, la vitamina D, obtenida de huevos, pescados grasos y exposición a luz solar, y la vitamina E (aceites vegetales y nueces) son claves para absorber minerales y proteger las células. Por su parte, el Omega-3 (DHA) resulta vital para el desarrollo cerebral del bebé y el ánimo de la madre; este se encuentra en pescados como el jurel o el salmón, y puede reforzarse usando aceite de canola al cocinar. Por último, una hidratación abundante y constante, basada en agua, es el motor esencial que sostiene la lactancia y combate la fatiga innecesaria.
Este equilibrio nutricional debe complementarse con el movimiento guiado, siempre y cuando no existan contraindicaciones médicas. La Organización Mundial de la Salud recomienda realizar al menos 150 minutos semanales de actividad física aeróbica moderada, lo que en la práctica puede traducirse, por ejemplo, en realizar caminatas a un ritmo desafiante que eleve la frecuencia cardíaca, pero permita la recuperación.
Esta práctica es una herramienta poderosa que ayuda a perder el peso ganado durante el embarazo y mejora la salud cardiovascular, además de que mejora notablemente el ánimo, actuando como un factor protector frente a la depresión postparto.
Sin embargo, en esta etapa es necesario contar con la asesoría de especialistas en ejercicio postparto para realizar un trabajo de fuerza que evite la pérdida de masa muscular y, de manera vital, rehabilite el suelo pélvico. No debemos normalizar el dolor ni la incontinencia; fortalecer el periné es devolverle a la mujer la autonomía y funcionalidad sobre su propio cuerpo.
A este esfuerzo físico debe sumarse, de manera obligatoria, el descanso y el sueño. Dormir permite regular las hormonas que controlan el hambre y el estrés; sin descanso, el cuerpo entra en un estado de alerta que dificulta la recuperación metabólica. Por ello, darse espacios para una misma, ya sea para dormir una siesta, disfrutar del silencio o conectar con los propios intereses, no es restarle tiempo a tu hijo (a), sino recargar la batería emocional, necesaria para la crianza. Debemos derribar el mito del sacrificio total: el estrés crónico afecta el vínculo, mientras que una madre que cultiva su salud mental entrega un entorno de seguridad.
En definitiva, el mensaje es simple pero potente: “mamá feliz, bebé feliz”. El autocuidado materno es la base de una maternidad sostenible. Al elegir salud, nutrición y descanso, no solo te cuidas tú, sino que le entregas a tu hijo (a) la mejor versión de ti misma. Cuidarse es, esencialmente, la forma más profunda y generosa de cuidar a tu bebé. ¡Feliz día mamá!