Mientras algunos pastores defienden una estatua dorada de Donald Trump asegurando que “no era idolatría”, miles de personas siguen muriendo bajo los bombardeos en Gaza y familias migrantes continúan siendo separadas por las políticas migratorias impulsadas desde Estados Unidos. La escena parece absurda, pero retrata con claridad una crisis moral y espiritual que hoy atraviesa a parte importante del mundo evangélico y conservador internacional.
Donald Trump, la fe y los nuevos becerros de oro
El becerro de oro de nuestro tiempo ya no es solamente una estatua. También puede tomar la forma del nacionalismo extremo, del culto al orden, de la obsesión por el poder o de líderes políticos transformados en figuras casi mesiánicas.
Porque el problema no es solamente Donald Trump: El problema es el tipo de cristianismo que comienza a construirse cuando la fe deja de incomodar al poder y termina rindiéndose ante él. Un cristianismo que habla constantemente de bendición, prosperidad, orden y valores, pero que guarda silencio frente al sufrimiento humano cuando este no encaja dentro de su relato ideológico.
Esa es quizás una de las mayores crisis de incoherencia de nuestro tiempo: se habla de amor al prójimo mientras se justifican guerras, expulsiones, bloqueos y discursos de odio. Se levantan las manos en oración por líderes políticos mientras se normaliza la muerte de niños, familias completas y pueblos enteros.
La imagen de pastores orando en el despacho oval o defendiendo públicamente una estatua dorada de Trump no es solamente una anécdota extravagante de Estados Unidos. Es el reflejo de algo mucho más profundo: la transformación de la fe en una herramienta de poder político, donde ciertos espacios religiosos comienzan a funcionar más como plataformas de obediencia ideológica que como comunidades de fe.
Parte de esta crisis también tiene raíces teológicas y políticas mucho más profundas. No se trata solamente de apoyo electoral o afinidad ideológica, sino de una forma de entender el poder casi como una misión divina. La idea de líderes “elegidos”, de naciones llamadas a “restaurar el orden” o de proyectos políticos presentados como defensas sagradas de la civilización termina construyendo un cristianismo funcional al autoritarismo y al miedo. Ahí la fe deja de ser una herramienta de liberación.
Y eso también tiene eco en América Latina.
En América Latina este fenómeno no aparece de la nada. Durante años, distintos sectores políticos han entendido el crecimiento del mundo evangélico como una herramienta de influencia electoral y disputa cultural. El problema es que, en muchos casos, la fe comenzó a ser arrastrada hacia discursos cada vez más duros, donde el miedo, la “mano dura” y la idea de enemigos internos terminaron ocupando más espacio que la solidaridad, la justicia social o la defensa de quienes viven en condiciones más precarias. El amor al prójimo se diluyó en el terror del prójimo.
Hoy existen sectores políticos y religiosos que han comenzado a construir un relato basado en el miedo, el nacionalismo extremo y la idea de “defender valores occidentales”, mientras se debilitan principios básicos de solidaridad, justicia social y dignidad humana.
En ese escenario, el evangelio termina reducido a un discurso moral utilizado para criminalizar la pobreza, convertir la migración en amenaza y justificar políticas que siguen empobreciendo a las familias más vulnerables.
Resulta profundamente contradictorio hablar de Cristo mientras se normalizan discursos que alimentan la exclusión, la indiferencia o el odio hacia quienes viven en los márgenes. Más aún en América Latina, un continente históricamente tratado como el “patio trasero” de las grandes potencias y marcado por profundas heridas de desigualdad, pobreza y exclusión.
El sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, uno de los principales referentes de la teología de la liberación, advertía que no se puede hablar de Dios ignorando el sufrimiento de los pueblos. La fe, decía, no puede vivirse desde la comodidad del poder ni desde la indiferencia frente a la injusticia. Y quizás ahí está una de las tensiones más profundas de este tiempo.
El becerro de oro de nuestro tiempo ya no es solamente una estatua. También puede tomar la forma del nacionalismo extremo, del culto al orden, de la obsesión por el poder o de líderes políticos transformados en figuras casi mesiánicas.
En medio de sociedades cada vez más fragmentadas, donde muchas personas viven atrapadas entre la incertidumbre, el endeudamiento, la soledad y el miedo al futuro, la fe todavía puede cumplir un rol esencial: volver a construir comunidad, solidaridad y esperanza allí donde el modelo solo ofrece competencia e indiferencia.
Porque mientras algunos siguen construyendo becerros de oro modernos alrededor del poder y el autoritarismo, el desafío del cristianismo latinoamericano hoy quizás sea recuperar una fe profundamente humana, capaz de acompañar el sufrimiento, defender la dignidad de los pueblos y volver a parecerse a Cristo. Una fe que vuelva a ser luz y esperanza en medio de un tiempo marcado por la indiferencia, el miedo y la crisis de incoherencia de nuestra sociedad.