Hoy 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, no es solo una fecha en el calendario. Es un recordatorio urgente de que la casa que habitamos —nuestro planeta— está llegando a sus límites, y de que las decisiones que tomemos hoy definirán el país que tendremos mañana.
Cuidar la casa común: Una decisión de país
Debilitar los instrumentos ambientales, relativizar su importancia o postergar decisiones clave puede tener costos irreversibles. No hipotequemos la casa común por soluciones fáciles o beneficios inmediatos.
Durante décadas hemos empujado el desarrollo apoyándonos en una lógica que ha tensionado al máximo nuestros ecosistemas. Hoy atravesamos por una triple crisis que se debe enfrentar con decisión: el cambio climático, la pérdida acelerada de biodiversidad y la contaminación que deteriora la salud de las personas y la naturaleza.
En Chile, estas consecuencias no son una amenaza abstracta. Se viven en los recurrentes incendios forestales que arrasan territorios, en la megasequía e inundaciones al mismo tiempo, en olas de calor cada vez más intensas, y en la pérdida de nuestras playas. A esto se suma un dato ineludible: de las 1.546 especies clasificadas, un 63% está amenazada, mientras que 10 de las 21 ecorregiones del país presentan algún nivel de riesgo. Y la contaminación del aire sigue siendo una causa importante de muertes prematuras en nuestras ciudades.
Negacionismo climático y la relativización de la ciencia: Un riesgo para nuestro futuro
Gabriela Cabezón Cámara, escritora: "El negacionismo climático es una postura política, no ignorancia"
"Respetar la institucionalidad": Senador Andrés Longton sobre proyecto Dominga y línea medioambiental del gobierno
Frente a esta realidad, en el país hemos construido —con acuerdos sociales y políticos— una institucionalidad ambiental que hoy es un activo estratégico: la Ley Marco de Cambio Climático, el Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP) y la Ley REP y normas y planes de decontaminación.
Sin embargo, el desafío actual es más profundo. No se trata solo de crear normas, sino de sostenerlas, fortalecerlas y defenderlas frente a presiones de corto plazo y decisiones antojadizas. Porque lo que está en juego no es un sector específico, sino la base misma de nuestro desarrollo.
En mis años como ministra, pude ver algo que pocas veces entra en el debate político: el poderoso vínculo que las personas tienen con su entorno. Desde el mar hasta la cordillera, hay una ciudadanía que reconoce su paisaje, su humedal, su bosque como propio y que está dispuesta a protegerlo. Ese vínculo no es un detalle; es una fuerza social que puede y debe ser parte de las decisiones públicas.
Como decía Adriana Hoffmann: no se cuida lo que no se quiere, y no se puede querer lo que no se conoce. Los chilenos conocen, quieren y cuidan.
Hoy corresponde tomar definiciones claras. Avanzar hacia un desarrollo verdaderamente sostenible implica asumir que dependemos de la naturaleza en todas nuestras actividades, y que protegerla no es un obstáculo al progreso, sino su condición básica.
Debilitar los instrumentos ambientales, relativizar su importancia o postergar decisiones clave puede tener costos irreversibles. No hipotequemos la casa común por soluciones fáciles o beneficios inmediatos. Cuidar la casa común es, en esencia, una decisión política. Una decisión sobre qué priorizamos como país, sobre qué legado dejamos y sobre qué futuro queremos construir.
Porque no hay desarrollo posible si erosionamos aquello que lo hace viable. Y porque Chile —y las generaciones que vienen— dependen de lo que hagamos hoy.