lunes 03 de agosto de 2026

Cuando la ciudad no absorbe las lluvias

Las recientes lluvias no deberían dejarnos únicamente más obras de emergencia. También deberían impulsar una transformación de fondo: pasar de ciudades que expulsan toda el agua a ciudades capaces de recibirla, administrarla y convivir con ella.

3 de agosto de 2026 - 05:00

Las recientes lluvias volvieron a mostrar una vulnerabilidad conocida: muchas ciudades chilenas tienen dificultades para recibir precipitaciones intensas en períodos breves. Los anegamientos, aumentos de caudal, interrupciones viales y daños en viviendas no dependen únicamente de cuánto llueve, sino también de cómo hemos construido y planificado nuestras zonas urbanas.

En julio, distintas estaciones registraron acumulaciones superiores a 200 milímetros, confirmando la necesidad de preparar las ciudades para eventos cada vez más variables y concentrados. El crecimiento urbano ha reemplazado suelos, vegetación y humedales por calles, estacionamientos, edificios y otras superficies impermeables. Como consecuencia, el agua que antes podía infiltrarse o almacenarse naturalmente escurre con mayor rapidez, sobrecargando sumideros, colectores y canales.

Cuando no existe una gestión adecuada de las aguas lluvias, parte de esta escorrentía también puede ingresar a las redes de alcantarillado de aguas servidas, ya sea por conexiones, infiltraciones o sistemas unitarios existentes. El aumento repentino de caudal puede superar la capacidad de las tuberías y plantas, generando rebases, descargas contaminantes, afectación de viviendas y riesgos sanitarios. Por eso, la gestión de la lluvia es también una materia de saneamiento urbano.

La respuesta tradicional ha sido evacuar el agua lo más rápido posible mediante colectores y canales. Estas obras seguirán siendo indispensables, pero tienen límites físicos y económicos. La experiencia internacional está avanzando hacia sistemas que, además de conducir, permiten retener, infiltrar, almacenar, depurar y reutilizar parte del agua dentro de la ciudad.

Parques inundables, jardines de lluvia, zanjas vegetadas, pavimentos permeables, humedales urbanos, techos verdes y áreas de biorretención pueden disminuir el volumen y la velocidad de la escorrentía antes de que llegue a los colectores. No son simples áreas verdes: son infraestructura que cumple funciones hidráulicas y que, al mismo tiempo, mejora la biodiversidad, reduce las islas de calor y crea espacios públicos.

La Unión Europea ya exige priorizar infraestructura verde y azul en determinados planes urbanos; Alemania promueve que las aguas lluvias se infiltren o gestionen localmente cuando sea posible; y el Reino Unido ha comenzado a exigir que los planes de drenaje informen cómo incorporarán soluciones basadas en la naturaleza.

La evidencia indica que estas soluciones no reemplazan necesariamente la infraestructura convencional. En muchos casos, lo más eficiente es combinar ambas. Naciones Unidas ha señalado que los sistemas verdes y grises pueden complementarse para reducir inundaciones, mejorar la calidad del agua y aumentar la resiliencia de las ciudades.

Chile ya reconoce las soluciones basadas en la naturaleza en la Ley Marco de Cambio Climático, el Código de Aguas y la legislación sobre infraestructura hídrica. Sin embargo, todavía falta traducir ese reconocimiento en la manera concreta en que planificamos nuestras ciudades.

Así, las recientes lluvias no deberían dejarnos únicamente más obras de emergencia. También deberían impulsar una transformación de fondo: pasar de ciudades que expulsan toda el agua a ciudades capaces de recibirla, administrarla y convivir con ella.

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