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Entrevista

Marcela Mardones, autora de Prisionera: "La escritura fue una especie de salvavidas"

Después de años de clandestinidad y un período en prisión, Marcela Mardones Rojas publicó Prisionera. Breves relatos de encierro (Editorial Nunca Más), un libro gestado en los cuadernos que llenó durante su reclusión. "No hay ninguna realidad visible de las mujeres privadas de libertad más que la que muestran los medios de comunicación oficiales: la delincuente", afirma la autora.

Por Matias Rojas 3 de abril de 2026 - 07:20

Pasó décadas fuera de Chile y varios años como Marcela y como Patricia al mismo tiempo: una identidad en el exilio, otra en los cuadernos donde escribía lo que vivía. Cuando regresó al país para enfrentar la condena por el asesinato de Jaime Guzmán, llevó esa escritura consigo. . Hoy esos textos son Prisionera. Breves relatos de encierro, publicado por la editorial Nunca Más, cuyo equipo —encabezado por el muralista Alejandro "Mono" González — la convenció de que lo que había nacido como catarsis podía ser también un instrumento de empatía y cambio.

Marcela Mardones conversó con El Desconcierto sobre la escritura como salvavidas, las mujeres invisibilizadas en las cárceles y el proceso de reencontrarse con Chile.

La escritura como salvavidas

— ¿Cuándo y cómo nació la decisión de escribir sobre su experiencia de encierro? ¿Fue un proceso terapéutico, político, literario, o las tres cosas a la vez?

Tengo cierta resistencia a las definiciones. Pienso que terminan coartando la libertad, y creo que he carecido de ella en distintos aspectos durante mucho tiempo. He escrito toda la vida, desde niña: diarios, cartas... siempre sentí la necesidad de plasmar en el papel lo que vivía y sentía. Hoy puedo ver que eso podría definirse como un proceso terapéutico, porque al escribir iba descubriendo cosas, dándome cuenta, sacando conclusiones. El punto final siempre venía acompañado de más claridad.

Los años de encierro no fueron una excepción. Al contrario, la escritura fue una especie de salvavidas. Gracias a ella pude transformar los meses de aislamiento en una suerte de retiro que me ayudó a vivir la transición de mi regreso a Chile, a mi identidad. En esos meses escribí mucho: cartas firmadas como Patricia iban a México, y otras firmadas como Marcela retomaban vínculos truncos o desconocidos en esta tierra de la que había partido hacía media vida. Paralelamente, escribía en mi cuaderno reflexiones, pensamientos, deseos, catarsis... sin pensar que podría transformarse en material de edición.

La decisión de convertirlo en libro sucedió hace menos de un año, gracias a la confianza e insistencia de mi amiga y editora, Paulina Vergara. Entonces, sí: fue un proceso terapéutico, político y literario, aunque no premeditado.

— En el libro, ¿hay una tensión entre la persona que entró a la cárcel y la que salió? ¿Cómo trabajó esa distancia desde la escritura?

Hay una diferencia, por supuesto, entre la persona que entró a prisión, la que salió en libertad y también la que soy hoy, tres años después. Pero cuando estaba inmersa en el proceso no me daba cuenta; no había una conciencia. Es justamente la escritura la que me permite ver eso a la distancia: cómo pensaba, cuál era mi reflexión, cómo me paraba ante el mundo.

Este libro se está transformando en un hito en mi vida. Hasta antes de él yo estaba más volcada hacia adentro, sin poder hablar, sin querer compartir más allá de mi círculo cercano mis vivencias. Pero pensaba, en la cárcel, que de alguna manera esa experiencia tenía que servir de algo, a alguien, aunque fuera a una persona. Si todo lo vivido, todo ese dolor propio y ajeno compartido, servía al menos a una persona, ya valía la pena. Por eso la que soy ahora es también diferente a la que cruzó el portón hacia la calle, y continúo en el camino de transformación.

Las voces de las otras

— En Prisionera no solo habla usted: aparecen las voces de otras mujeres presas, su dialecto, su forma particular de nombrar el mundo. ¿Cuál fue la decisión detrás de eso?

Fue algo natural; no podía ser de otra manera. No me concibo fuera de ese contexto, fuera de lo que es la cárcel, la población penal. Era yo, Marcela, presa en medio de cientos de mujeres. Una más. Por lo tanto, escribir acerca de ellas era escribir sobre mí. Reconocí en sus historias la misma injusticia social que ha motivado las luchas de décadas en nuestro país. Éramos piezas del mismo rompecabezas.

Este libro no estaría llegando a la gente como lo está haciendo si solo hubiera hablado de mí. Hay un intento, en el micromundo de la cárcel, de mantenerte separada, dividida, egoísta; una manifestación del sistema social que nos rige. Mi historia no es solo mi drama, no es solo mi dolor: es el de todas, cada una con sus matices, pero es el mismo, un dolor compartido.

Por supuesto tengo cosas que contar sobre mí y creo que lo voy a seguir haciendo, pero nunca va a ser lo principal. No tendría sentido solo entretener o satisfacer curiosidades. Pretendo, con toda humildad, que esta escritura sirva de algo, que lleve a la reflexión, al cuestionamiento y a la empatía. Y si eso llegara a traducirse en acciones que cambien las condiciones de vida de las mujeres presas, o que se modifiquen los criterios con los cuales se las juzga y condena, podría morir tranquila.

— ¿Qué aspectos de la vida en prisión —y especialmente de la experiencia de las mujeres presas— cree que siguen siendo sistemáticamente invisibilizados?

No hay ninguna realidad visible de las mujeres privadas de libertad más que la que muestran los medios de comunicación oficiales: la delincuente. No se muestra la dimensión humana, la madre, la esposa, la hija... la niña de vida precaria que es víctima de un sistema que no le ofrece opciones.

El reencuentro con Chile

— Usted vivió años fuera de Chile antes de volver y tener que enfrentar la justicia. ¿Escribir este libro y hacer circular estas historias también fue una forma de reencontrarse con el país?

Este libro se escribió solo, porque estos textos fueron escritos durante mi tiempo de encierro sin pensar seriamente que podían convertirse en una publicación. Entonces, hacer circular estas historias es una forma de encontrarme con el país. Es lo que está sucediendo sin haberlo pretendido, porque el libro me está obligando a reencontrarme con Chile de una manera más activa. Me sacó del silencio, me hizo reencontrarme con mucha gente, más bien con quienes no había podido hacerlo. Fue como salir de un letargo.

Después llegó el interés de personas a las que no conocía y que se acercaron por el contenido del libro, por sus historias. El estar dando entrevistas, el alcance que esto pueda tener desde distintos ámbitos, es la parte que me importa. Me siento expectante de ver hacia dónde va esto, qué podemos hacer con esto.

— Su caso está asociado a uno de los episodios más controversiales de la historia reciente del país, el asesinato del senador Jaime Gúzman ¿Cómo convive con esa carga pública al momento de presentarse como autora, con nombre propio y voz literaria?

Regresar a Chile fue una decisión. Terminar con la clandestinidad fue una decisión.

Fui juzgada y condenada. Ya pagué, sigo pagando, pues mi libertad es aún condicional.

Hoy estoy aquí, escribiendo sobre mujeres prisioneras. Que yo lo haya sido y que pueda tener esta tribuna son consecuencias de lo anterior. Qué hago yo con todo esto es mi desafío, pero no hay conflicto en ello.

Prisionera. Marcela Mardones. Editorial Nunca Más
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