"Para atravesarla no es posible andar al modo de las personas; no hay caminos ni líneas rectas, la selva te hace su arcilla, te forma con forma de sí misma y ya vuelas insecto, ya saltas mono, y ya reptas serpiente." Así describe Gabriela Cabezón Cámara la relación con la naturaleza en Las niñas del naranjel (2023) —publicada por Penguin Random House y ganadora del National Book Award 2025 por su traducción al inglés—. Una novela que sigue la huida de Antonio —la Monja Alférez, vasca, novicia fugada de su convento en el siglo XVII que cruzó el Atlántico disfrazada de hombre para combatir en la conquista de América— a través de la selva del Paraná junto a dos niñas guaraníes famélicas. En ese territorio vivo y denso que se impone al cuerpo y lo transforma, la escritora argentina construye una historia donde la selva es un ecosistema con agencia propia, cuya destrucción es también la destrucción de quienes lo habitan.
Gabriela Cabezón Cámara, escritora: "El negacionismo climático es una postura política, no ignorancia"
La primera escritora argentina en ganar el National Book Award advierte que la reforma de la ley de glaciares y el dragado del Paraná no son negligencia: son una política de exterminio que los dueños del mundo "asumen como daño colateral".
La autora conoce ese río de cerca —remó por su lomo, vio a sus peces casi invisibles deslizarse sobre el lecho de basalto— y lo ve hoy amenazado por la misma lógica colonial que narra la novela. En Argentina lo llaman hidrovía y lo "dragan" —extraen el sedimento de su lecho para profundizarlo y permitir el paso de grandes embarcaciones comerciales— de manera salvaje, asegura.
En esa misma lógica, los glaciares corren la misma suerte: el gobierno de Javier Milei impulsó una reforma que abre paso a la actividad minera en zonas antes protegidas, amenazando las principales reservas de agua dulce del país. Al inaugurar la 50ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, donde leyó un texto propio ante el público, Cabezón Cámara advirtió que esa reforma implica "privar de agua no solo a esta generación sino a todas las que vienen". No es ignorancia de los que gobiernan: es necropolítica, el mismo hilo que corre sin interrupción desde la conquista del siglo XVII hasta el presente extractivista que denuncia.
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Las niñas del naranjel es también el punto de partida del episodio que Cabezón Cámara grabó para el podcast de MUBI, donde indagó junto al director mexicano Alonso Ruizpalacios en los vínculos entre literatura y cine. Desde Cataluña, donde reside actualmente, conversó con El Desconcierto sobre el extractivismo en el Cono Sur, la resistencia de los pueblos originarios, la literatura latinoamericana como acto de libertad y los ataques del gobierno de Milei a la educación pública y la clase trabajadora.
La ofensiva neocolonial y la necropolítica
-En Las niñas del naranjel la selva no es escenario sino protagonista. En el presente, esos mismos territorios son objeto de una ofensiva feroz: el río Paraná drenado como hidrovía, los glaciares andinos desprotegidos para abrirlos a la minería. ¿Cómo lees esa continuidad entre la lógica colonial que narra la novela y el extractivismo del presente?
Nosotros somos parte de eso que se llama ecosistemas naturales. Somos carne de la carne de la tierra; no existimos solos, somos solo un nodo en la red de la vida, un puntito dañino. Y en cuanto a lo que se está haciendo como ofensiva neocolonial, es atroz. No solo en Argentina: es atroz a nivel global. Me parece que los dueños del mundo están pensando que por lo menos el 70% de la humanidad puede morir sin ningún problema, y ellos seguirían con lo poco que quede. Están pensando en el exterminio y saben cuál es el riesgo. El negacionismo es una postura política, no es que no saben.
-Hay algo en esos liderazgos que parece haber calculado que cierto nivel de destrucción es un daño asumible. ¿Cómo nombrás esa lógica?
Son necropolíticos y realmente cuentan con exterminarnos. No deliberadamente —no es su principal objetivo—, pero es un daño colateral que parecen estar dispuestos a asumir. Por supuesto, no nos preguntan: nos mienten.
El río Paraná y las niñas guaraníes
-Tu relación con el Paraná es también física, corporal. ¿Qué tiene ese río y esa selva específica que los convirtió en el territorio de la novela?
Es amor, es por amor. Amo al río Paraná: es un río bellísimo, lleno de vida, en el que descubrí la alegría de moverme sobre su lomo, entre las islas, entre todos los pequeños arroyos de su desembocadura. Remé mucho ahí y conocí su lomo de animal nocturno. El río tiene lecho de basalto, entonces es transparente, y pude ver a sus peces nadando: casi invisibles, con rayitas o puntitos. Es una cuenca que amo, y también está siendo objeto de un ataque feroz. En Argentina lo llaman hidrovía y lo dragan de manera salvaje. Lo están matando, o intentando matar.
-Escribir sobre la conquista es también escribir desde el presente. ¿Qué te interesaba de la cultura guaraní y de las niñas como centro de esa historia?
La cultura guaraní es maravillosa. No sé cómo hizo, cómo hace para sobrevivir al exterminio constante. Siempre hablamos del exterminio de los pueblos originarios en referencia a la colonización española, pero los estados nación latinoamericanos no tienen mucho que presumir: hacen lo mismo, lo siguen haciendo. Es una cultura con una cosmovisión —y cuando digo cosmovisión quiero decir una filosofía y una praxis—, un modo de vida hermoso, que es un ejemplo viviente de que se puede vivir sin ser parásitos que terminan con la vida, incluyendo la propia.
Las niñas aparecen también por la ternura. Cuando pensás estas cosas del pasado —la novela habla de la conquista—, estás escribiendo desde el presente, quieras o no. Y cuando te preguntás cómo podría cambiar esto, mi idea es que habría que escuchar a los pueblos originarios y recordar esa ternura infinita, ese amor sin el cual los seres humanos no sobrevivimos ni un día cuando nacemos. Todos los que tenemos una edad y estamos vivos recibimos mucho amor. Es una herramienta que vamos a necesitar.
La ternura y el cuidado como alternativa política
-En este presente que describís como distópico, donde los poderes dominantes solo ofrecen imágenes apocalípticas, ¿qué puntos de escape ves? La novela propone la ternura, los cuidados. ¿Es posible pensar eso como una alternativa real?
Necesitamos imágenes de futuros posibles que no sean apocalípticos, que no sean eso que nos venden los dueños del mundo. Ellos tienen las redes sociales, la inteligencia artificial, los grandes medios: todo es de su poder, de muy poca gente que sabe perfectamente que nos lleva al exterminio. Y nos venden que el único futuro posible es un apocalipsis. La verdad es que no es el único posible.
Me parece importante generar otras imágenes: como escritora, como ciudadana, como ser humano. Todos podemos hacerlo; no hay que ser escritor. Mi humilde aporte de otras relaciones posibles con el mundo está en los libros. No sé cuál es la salida, pero sí sé que tenemos esa herramienta.
Todos hemos recibido un amor generosísimo de personas que se postergaron para que nosotros viviéramos. Somos capaces de eso. En la naturaleza humana no está solamente la destrucción y la avaricia y la crueldad: también está el amor.
Literatura latinoamericana y resistencia
-¿Qué rol puede cumplir la literatura latinoamericana en este ciclo político y social que estamos viviendo, con la inteligencia artificial homogenizando los gustos y la algoritmización prácticamente de la vida?
La literatura latinoamericana es la más maravillosa que hay en este momento. Es una literatura viva, diversa, plural: una belleza. El rol es seguir haciéndola tal y como nos gusta hacerla.
La literatura es el trabajo de los seres humanos. Para leer tenés que salirte de las redes, adaptarte a un tiempo más lento y pasarlo en el cuerpo: ese mero hecho es liberador. Y escribir, lo mismo: es un proceso muy largo, algo que va aconteciendo en capas geológicas de la inconsciencia y la conciencia, algo que te atraviesa. El mero hecho de leer y escribir, en este momento, es un acto de afirmación del ser humano y de afirmación de la libertad. Y eso nos hace sentir bien.
-En tu obra aparece siempre lo que se llama lo abigarrado: esa densidad de registros, de lenguas, de voces que se entremezclan. ¿Hay una decisión política en eso, además de una estética?
Creo en el trabajo con la prosa como trabajo con una especie de musiquita. Me gusta cultivar esa música de muchas voces diferentes. Políticamente también me parece más interesante mezclar registros, incluso de lenguas distintas: rompe esa cosa monolítica que nos quieren enseñar.
Nadie es dueño de un idioma, y lo vamos a usar como mejor se nos dé la gana. Y más en estos tiempos de estandarización loca con la inteligencia artificial: no podemos dejar que eso nos corte el juego. ¿Para qué querés escribir una novela con inteligencia artificial? Entonces no te gusta escribirlo, quieres publicar libros. Las grandes compañías van a hacer un montón de libros sin mediación humana. Que se encarguen ellos.
Milei, educación pública y la clase trabajadora
-Al recibir el National Book Award dedicaste el premio a la educación pública argentina. Desde Chile la mirábamos casi como un faro: universidades gratuitas, abiertas, entre las mejores del mundo. Ahora eso está siendo desfinanciado. ¿Qué se pierde, y qué le está haciendo Milei a la clase trabajadora en ese mismo movimiento?
El gobierno de Javier Milei está atracando a la clase trabajadora por todas partes. Acaba de sacar una ley laboral que habilita a los patrones a hacerte trabajar 12 horas por día; las horas extra no se pagan, se acumulan en un banco de horas que luego hay que reclamar. Doce horas con salarios que no alcanzan para vivir no te dejan ni tiempo para hacer tu propia vida. Y por otro lado, atacan a las mujeres: quieren que no podamos abortar, quieren que tengamos más hijos. ¿Cómo, si trabajamos 12 horas y nuestras parejas trabajan 12 horas y no nos alcanza para vivir? ¿Qué pensás, que los pibes se crían solos en la casa viendo una pantalla? Es criminal la política que están haciendo.
Y vaciar la universidad es parte de lo mismo: te quieren dejar sin tiempo para vivir y sin cabeza. La posibilidad de pensar te la quitan quitándote el tiempo y privándote de educación. Te quieren esclavo. Obediente, sumiso y contento como una idiota con un teléfono.
-La educación pública argentina fue una conquista del siglo XX que tardó décadas en consolidarse. ¿Puede recuperarse lo que se destruye en un gobierno?
De un día para otro, no. Pero podría recuperarse. Los profesores siguen existiendo, las ganas de estudiar, la gente sigue estando. Lo que se necesita es el presupuesto que está sancionado por ley y que el gobierno no cumple. Porque algunas de nuestras universidades están entre las mejores del mundo. Son gratis y puede estudiar cualquiera. Hasta hace poco, alguien llegaba al país desde afuera y podía estudiar acá. Y así debe ser.