No soy economista, pero ya vimos esta película
No soy economista. Pero ya estuve lo suficientemente cerca de una promesa similar, la reforma tributaria de Estados Unidos en 2017, como para reconocer el libreto cuando vuelve a aparecer en Chile. No desde la teoría, sino desde observar cómo operan estas políticas en la práctica: se anuncian como motores de inversión y equilibrio fiscal, pero sus efectos reales suelen ser más acotados y, muchas veces, más desiguales de lo que el discurso anticipa.
La promesa es conocida: bajar impuestos para reactivar la inversión y, en el mismo movimiento, mejorar las cuentas fiscales. Es una idea eficaz en el plano político. Permite hablar de crecimiento sin hablar de costos, y de disciplina sin asumir decisiones difíciles. El problema es que no es lo que muestra la evidencia.
Sí: reducir impuestos, en particular a las empresas, puede tener algún efecto sobre la inversión. Pero ese efecto es acotado. No es un cambio estructural ni un salto de productividad. Y, sobre todo, no compensa la pérdida de recaudación inicial. Organismos como el FMI y la OCDE han sido consistentes en sus evaluaciones: los recortes tributarios pueden generar algo de crecimiento, pero rara vez, si es que alguna vez, se autofinancian.
El caso de Estados Unidos tras la reforma de 2017 es ilustrativo. Hubo cierto impulso a la inversión, pero también un aumento significativo del déficit. Evaluaciones posteriores del FMI muestran que el impacto en inversión fue menor al esperado y que una parte relevante de los recursos liberados se destinó a recompras de acciones y distribución de dividendos, más que a nueva capacidad productiva.
Dicho sin jerga: las empresas y sus accionistas quedaron en mejor posición financiera, más liquidez, menos deuda, mayores retornos, pero eso no se tradujo automáticamente en más empleo, mejores salarios o mayor dinamismo productivo. Es decir, hubo fortalecimiento de balances privados, pero no necesariamente de la economía real donde vive la mayoría.
Cuando se revisan experiencias de consolidación fiscal que sí han sido exitosas, Canadá en los noventa o Suecia tras su crisis, el patrón es consistente. No hay magia tributaria. Lo que hay es disciplina del gasto y reformas tributarias que amplían la base y reducen distorsiones. La OCDE ha sido clara en esto: las reformas pro-crecimiento más efectivas no son simples rebajas de impuestos, sino rediseños que mantienen la recaudación mientras mejoran incentivos.
En Chile, esta discusión ocurre en un contexto que hace aún más frágil esa promesa. Tenemos un déficit estructural persistente, presiones de gasto que no van a desaparecer como las pensiones, salud, seguridad, y una economía que necesita inversión, pero también certezas. Apostar a que una baja de impuestos resolverá simultáneamente estos tres frentes no es solo optimista. Es, francamente, una apuesta riesgosa con recursos públicos.
Además, no es una política neutra. Reducir impuestos, especialmente a quienes concentran mayores ingresos y patrimonio, tiene efectos distributivos claros. O se reduce la capacidad del Estado para financiar bienes públicos y políticas sociales, o se traslada la carga hacia otros mediante impuestos indirectos o endeudamiento. En ambos casos, el costo no desaparece: se redistribuye, y suele recaer con mayor fuerza en quienes menos se beneficiaron del recorte inicial.
Y eso importa. Porque en una economía que ha sido relativamente estable dentro de la región, debilitar la provisión pública o aumentar la desigualdad percibida tiene efectos sociales y políticos concretos. Erosiona confianza, tensiona el contrato social y, en última instancia, introduce nuevas fuentes de inestabilidad.
La evidencia internacional es consistente en esto: la desigualdad persistente no solo es un problema normativo; es también un factor que afecta el desempeño económico y la cohesión social.
Por eso, insistir en que bajar impuestos es una solución simple a problemas complejos no solo es un error técnico. Es también una forma de evitar el debate de fondo: quién se beneficia, quién paga y qué tipo de sociedad estamos sosteniendo con esas decisiones.
No soy economista. Pero esta película ya la vimos. Y lo que siguió no fue un milagro fiscal ni un círculo virtuoso, sino una combinación bastante más conocida: beneficios concentrados, costos diferidos y una corrección que llega más tarde, cuando ya es más difícil.