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Sexo, género y salud: Inequidades que atraviesan la vida social
Foto: Agencia Uno

Sexo, género y salud: Inequidades que atraviesan la vida social

Por: Andrea Muñoz Martínez | 19.03.2026
Avanzar en equidad sanitaria implica no solo ampliar el acceso a servicios, sino transformar las condiciones sociales que determinan quiénes enferman más, quiénes pueden cuidarse y quiénes acceden realmente a la atención. Comprender el sexo y el género como determinantes sociales permite precisamente eso: desplazar la mirada desde lo individual hacia lo estructural, sin perder de vista las experiencias concretas que marcan la vida cotidiana de las personas.

Las desigualdades de género no solo atraviesan la vida social: también se expresan en la salud. Cada 8 de marzo invita a reflexionar sobre estas brechas persistentes. En salud pública sabemos que no pueden explicarse únicamente por factores biológicos ni por el acceso a servicios. El estado de salud está profundamente influido por las condiciones en que las personas nacen, crecen, viven y trabajan: los determinantes sociales de la salud.

Entre ellos, sexo y género ocupan un lugar central. El sexo refiere a características biológicas; el género, a normas y relaciones sociales que organizan roles, expectativas y oportunidades. Ambos influyen en la salud mediante mecanismos distintos e interrelacionados (1).

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Las inequidades de género no se explican solo por biología. El género distribuye tiempo, trabajo, ingresos y exposición a riesgos, condicionando la posibilidad de enfermar y acceder a prevención y tratamiento (2). A nivel global, las mujeres reportan peor salud percibida que los hombres, incluso ajustando por edad y nivel socioeconómico (2).

Esta discusión no es nueva. Ya en el siglo XIX, Clara Zetkin y Rosa Luxemburg advirtieron que la subordinación de las mujeres no puede comprenderse separada de la organización social del trabajo. Hoy, la evidencia epidemiológica confirma que el género estructura desigualdades en salud y que estas no son un fenómeno individual, sino socialmente producido.

Estas desigualdades se profundizan al intersectarse con otros determinantes. Las mujeres en situación de pobreza enfrentan desventajas acumulativas: empleos más precarios, menor acceso histórico a educación e ingresos y una mayor carga de trabajo doméstico y de cuidados. Esto favorece procesos de autopostergación del cuidado, donde la salud propia queda subordinada a las demandas del entorno. No se trata de decisiones individuales aisladas, sino de trayectorias de vida condicionadas por estructuras sociales.

Pero las inequidades de género no desaparecen en contextos de mayor bienestar. Incluso mujeres de sectores acomodados enfrentan sesgos en investigación, diagnóstico y atención. Durante décadas, la medicina se construyó sobre evidencia basada mayoritariamente en hombres, lo que ha llevado a considerar las manifestaciones en mujeres como “atípicas”, afectando el diagnóstico oportuno y la calidad de la atención (1,3). A esto se suma la invisibilización histórica de ciertas condiciones de salud que afectan principalmente a mujeres o a personas con identidades de género diversas.

En el campo de la salud oral, estas dinámicas también son visibles. Los hombres presentan mayor prevalencia de periodontitis severa y cánceres de cabeza y cuello, asociados a mayor consumo de tabaco y alcohol y a menor utilización de servicios preventivos (4). A la vez, las mujeres pueden experimentar mayor pérdida dentaria, fenómeno que se explica en gran medida por desigualdades socioeconómicas acumuladas a lo largo del curso de vida (5). Estas diferencias reflejan tanto exposiciones diferenciadas como barreras estructurales de acceso.

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En Chile, políticas como el programa para mujeres jefas de hogar, posteriormente integrado en “Más Sonrisas para Chile”, han ampliado el acceso a la atención odontológica en grupos vulnerables. Han permitido resolver necesidades acumuladas de tratamiento y mejorar la cobertura en poblaciones históricamente postergadas. Sin embargo, su implementación también evidencia tensiones operativas y dificultades de acceso que reflejan las condiciones de vida de las propias usuarias.

Las políticas focalizadas pueden contener el daño en poblaciones prioritarias, pero no modifican por sí solas los determinantes sociales que distribuyen la enfermedad de manera desigual en la sociedad.

Estas políticas no deben entenderse como un punto de llegada, sino como parte de un proceso. Su valor radica en contener el daño y ampliar el acceso mientras se avanza hacia transformaciones estructurales más profundas. En ese sentido, la universalidad no es solo una meta sanitaria, sino también una herramienta para reducir brechas.

Avanzar en equidad sanitaria implica no solo ampliar el acceso a servicios, sino transformar las condiciones sociales que determinan quiénes enferman más, quiénes pueden cuidarse y quiénes acceden realmente a la atención. Comprender el sexo y el género como determinantes sociales permite precisamente eso: desplazar la mirada desde lo individual hacia lo estructural, sin perder de vista las experiencias concretas que marcan la vida cotidiana de las personas.

Referencias

  1. Mauvais-Jarvis F, et al. Lancet. 2020.

  2. Boerma T, et al. BMC Public Health. 2016.

  3. Tannenbaum C, et al. Nature. 2019.

  4. Vu H, et al. J Korean Med Sci. 2021.

  5. Borgeat M, et al. Community Dent Oral Epidemiol. 2023.

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