Baquedano vuelve: La disputa por la memoria
Las estatuas nunca son inocuas: son una decisión política sobre qué valores decide transmitir una sociedad. Cada pedestal habla. Cada monumento dice algo sobre lo que una comunidad considera digno de memoria.
Durante más de un siglo, muchas ciudades en el mundo, incluida Santiago, eligieron conmemorar en sus plazas a hombres asociados a la guerra, al poder militar y a la conquista territorial. Es por eso que el regreso del general Manuel Baquedano a la ex plaza Italia, por meses Plaza de la Dignidad, y hoy Plaza Baquedano, no es un gesto menor.
Luego del Estallido social de Chile de 2019 la estatua fue retirada tras múltiples intervenciones y daños. Durante 5 años permaneció guarecida en dependencias del Ejército mientras se discutía su destino. Un día antes del cambio de mando presidencial ha sido reinstalada en el mismo lugar donde estuvo durante casi un siglo, en el punto simbólico que desde hace ya varios años articula el centro político y social de la ciudad.
Esta vez, sin embargo, vuelve acompañada: junto a ella aparece una escultura de la poeta Gabriela Mistral. Esa convivencia abre inevitablemente una pregunta: ¿qué significa que el corazón simbólico de la capital esté presidido al mismo tiempo por un general y por una mujer poeta? (¿por una estatua y una escultura?).
Durante décadas, la figura de Baquedano fue presentada como la del “general invicto” de la Guerra del Pacífico. En la narrativa tradicional, su nombre quedó asociado al triunfo militar y al prestigio del Ejército chileno en el siglo XIX. Pero como ocurre con casi todos los héroes de guerra de la época, la memoria oficial dejó en segundo plano que Baquedano también participó en campañas militares que consolidaron la expansión del Estado chileno sobre territorios indígenas en el sur.
Para el pueblo mapuche la "Ocupación de la Araucanía" significó pérdida territorial, despojo de comunidades y violencia estatal prolongada. Entonces este general no representa sólo disciplina militar o estrategia bélica, sino también el momento en que el Estado impuso su soberanía mediante una invasión brutal.
Las estatuas no funcionan como libros de historia. No contextualizan, no debaten, son homenajes. Y cuando una sociedad, o derechamente un Estado, levanta un monumento en el centro de su capital, está diciendo silenciosamente qué tipo de coraje quiere ensalzar.
Las sociedades avanzan, a pesar de todo, y este tipo de monumentos están siendo reconsiderados en muchas partes del mundo. En los últimos años, numerosas ciudades han comenzado a cuestionar estatuas y monumentos que glorifican a hombres (99,9%) o gestas vinculadas al colonialismo, al racismo o a la violencia histórica.
En Sudáfrica, el movimiento Rhodes Must Fall impulsó el retiro de la estatua del colonizador británico Cecil Rhodes, denunciando que su presencia en una universidad pública legitimaba el legado imperial. En Bélgica, diversas ciudades retiraron o trasladaron monumentos dedicados al rey Leopold II tras las protestas que recordaron las atrocidades cometidas durante su dominio colonial en África.
Esta nueva mirada no se limita a retirar estatuas, a secas, sino que también implica transformar lo que se decide representar. En los últimos años han surgido monumentos que desplazan la mirada desde la glorificación de la guerra hacia la memoria de las víctimas o hacia figuras asociadas a la cultura, los derechos humanos o la educación. En Estados Unidos, por ejemplo, el San Francisco Comfort Women Memorial recuerda a niñas y mujeres obligadas a la esclavitud sexual por el ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial.
En Berlín, la Statue of Peace se ha convertido en un símbolo internacional contra la violencia sexual militarizada. En Armenia el cambio fue incluso más explícito, una descomunal estatua de Stalin fue retirada y reemplazada por el monumento conocido como Mother Armenia: una figura femenina que simboliza protección y cuidado, sustituyendo el culto al líder militar por una imagen de resguardo colectivo.
Estos ejemplos muestran que las sociedades sí pueden revisar los símbolos que ocupan sus plazas, universidades, espacios públicos. No se trata de borrar la historia, esta sigue viva y debatida en archivos, en libros, en investigaciones. Las estatuas pertenecen a otro registro: el del homenaje. Y es en esta trama que la presencia de Gabriela Mistral en la Plaza Baquedano adquiere una fuerza simbólica magnífica.
Frente al general a caballo aparece una mujer que encarna otro legado. Mistral fue mujer, maestra rural, poeta, diplomática y Premio Nobel de Literatura. Su obra estuvo profundamente ligada a las mujeres, a las infancias, a la educación pública, a la dignidad de todos los pueblos y al pensamiento latinoamericano. Ella representa un arrojo completamente distinto al militar. No el de las armas, sino el de la palabra.
Sin embargo hay un dato revelador que ayuda a entender cómo han funcionado históricamente nuestros homenajes públicos. En Chile existen numerosos bustos y esculturas dedicados a Gabriela Mistral: en su tierra natal del Valle del Elqui, en escuelas, en plazas secundarias y en espacios culturales. Hay bustos en Montegrande, en Puerto Montt, en Osorno, en Punta Arenas, en Iquique. Sin embargo, la mayoría de estas no ocuparon hasta hoy, un centro tan simbólico del poder ciudadano.
Desde una mirada feminista, la presencia de Gabriela Mistral en este punto medianero de Santiago tiene una dimensión más vasta que la de un homenaje literario a una poeta mundialmente reconocida, sino que significa introducir en el corazón de nuestra capital otra idea de grandeza: la de la voz de las mujeres, de la literatura, el arte, la cultura y el cultivo.
Sin duda, esta escena en la que hoy aparece un general militar junto a una mujer poeta, condensa una tensión profunda dentro de nuestra memoria colectiva. Entre una historia construida desde la invasión y otra que intenta pensarse desde la cultura.
Lo que levantamos en esta plaza nos habla, en el silencio de su materia, de un Chile dividido.