La guerra es una invención de la civilización y del patriarcado
En una nueva conmemoración del Día Internacional de la Mujer, este domingo 8 de marzo recién pasado, y en medio de una escalada de invasiones, represión, guerras y genocidios en distintos lugares del mundo, se hace pertinente reflexionar sobre la necesidad y urgencia de problematizar estos fenómenos bélicos, ya que pareciera que para buena parte de los analistas se dieran por sentados.
Lo señalo porque en un mundo que normaliza el conflicto armado como inevitable —casi como un rasgo “natural” de la humanidad—, cualquier mirada alternativa y de paz al respecto parece ser tildada de mero pacifismo idealista o de ingenuidad voluntarista.
Sin embargo, afirmar que la guerra es una invención de la civilización y del patriarcado no es mera retórica, ya que encuentra eco profundo en la arqueología de género y feminista, que desde hace décadas viene cuestionando la narrativa androcéntrica de la historia humana, la cual convierte la guerra en algo que vendría en nuestro ADN.
De ahí su cuestionamiento a la arqueología tradicional, que ha tenido un fuerte sesgo patriarcal al ver el pasado de manera lineal y como una continuidad de cazadores, guerreros y conquistadores masculinos, haciendo que la guerra, la conquista y la acumulación de poder se presentaran como motores “naturales” e incuestionables del progreso humano, desde las armas de piedra hasta los imperios estatales.
Pero aquello no tiene ninguna evidencia histórica, como han planteado las investigadoras y arqueólogas Gerda Lerner, Almudena Hernando, Margarita Sánchez Romero y Paloma González Marcén, quienes argumentan que la arqueología tradicional ha construido un discurso que es solo una proyección retroactiva del orden actual.
Es lo señalado por Gerda Lerner, quien nos muestra que el patriarcado no es eterno ni biológico: surge como proceso histórico, consolidándose entre el 3100 y el 600 a. C. en los estados arcaicos del Oriente Próximo. Antes, en muchas sociedades neolíticas, las evidencias apuntan a relaciones más igualitarias o al menos no jerárquicas rígidas por género.
Asimismo, la aparición de élites militares y religiosas masculinas coincide con la institucionalización de la guerra organizada, la esclavitud (a menudo comenzando con mujeres capturadas) y el control estatal sobre la reproducción y la sexualidad femenina. La guerra no “nace” con la humanidad; se inventa —o se sistematiza— cuando el patriarcado necesita mecanismos para reproducirse.
En consecuencia, desde la arqueología de género y feminista se cuestiona la asociación automática entre masculinidad y violencia bélica. Estudios sobre iconografía, enterramientos y divisiones del trabajo muestran que las mujeres no eran meras “víctimas pasivas” ni relegadas al hogar: participaban en la producción, los rituales y, en algunos casos, en la defensa comunitaria.
Pero el patriarcado reconfigura estas realidades: la guerra se convierte en un espacio privilegiado de masculinidad hegemónica, donde el hombre debe demostrar “fuerza”, “arriesgo” e “invulnerabilidad”. Ser guerrero no es solo una ocupación; es un mandato identitario que sostiene jerarquías de género, clase y raza.
Esta estructura requiere hombres dispuestos a matar y morir, no por instinto natural, sino por un sistema que premia la obediencia ciega, la desconexión emocional y la glorificación de la muerte heroica. Como señala el feminismo, el militarismo y el patriarcado son interdependientes: la guerra profundiza las divisiones sexuales, refuerza el control masculino sobre las mujeres y naturaliza la desigualdad como “ley de la supervivencia”.
En el contexto actual —con guerras que podrían generar una amenaza nuclear sin precedentes—, recuperar esta mirada arqueológica de género y feminista es urgente. No se trata de romantizar ni de volver al pasado, sino de desnaturalizar la guerra como destino humano. Si el patriarcado inventó la guerra organizada para sostenerse, entonces abolirla —o al menos desmantelarla radicalmente— pasa por desmantelar el patriarcado mismo.
Además, desde los estudios de masculinidades sabemos que este sistema también daña a los varones: nos exige ser “fuertes” hasta la autodestrucción, silencia nuestras vulnerabilidades y nos convierte en engranajes de una maquinaria bélica. Imaginar otros “buenos vivires” implica rechazar esa masculinidad de la muerte y construir vínculos basados en la empatía y en el cuidado mutuo, no en la dominación.
Dicho todo lo anterior, afirmar que la guerra es una invención de la civilización y del patriarcado es una invitación a releer nuestra historia —y nuestro presente— con ojos feministas y desde las masculinidades. Porque si la guerra es una invención patriarcal, también puede ser desinventada. Y esa desinvención empieza por nombrar el sistema que la sostiene.